Opción Obrera es la sección venezolana de la CRCI (Coordinadora por la Refundación de la IV Internacional)

Propulsamos el desarrollo de una política proletaria al seno de los trabajadores tras su independencia de clase y una organización de lucha para su liberación de la explotación e instaurar El Gobierno de los Trabajadores, primer paso hacia el socialismo.

Ante la bancarrota capitalista mundial nuestra propuesta es que:


¡¡LOS CAPITALISTAS DEBEN PAGAR LA CRISIS!
¡LOS TRABAJADORES DEBEN TOMAR EL PODER!



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domingo, 27 de noviembre de 2016

La muerte de Fidel Castro y la encrucijada cubana


La muerte de Fidel Castro y la encrucijada cubana

Ha muerto el líder del acontecimiento político más importante del siglo XX latinoamericano: la Revolución Cubana, por la cual toda una generación de jóvenes siguió las banderas del socialismo. El fallecimiento de Fidel Castro se produce en un momento crucial de la revolución en Cuba y en América Latina

Cuando fue juzgado después del asalto al cuartel Moncada en 1953, Fidel Castro transformó ese estrado judicial en una tribuna política para producir su famoso alegato: “La historia me absolverá”, todo un programa político que tenía su eje en la convocatoria a elecciones libres y en la vigencia de la Constitución demo-burguesa de 1940, que abrió el periodo de los gobiernos llamados “legítimos” (Ramón Grau San Martín y Carlos Prío Socarrás) hasta el golpe de Fulgencio Batista en marzo de 1952.

Consumada la revolución el 1° de enero de 1959, la jefatura guerrillera en el poder intentó ejecutar aquel programa: estableció un acuerdo con partidos burgueses opositores a la dictadura de Batista y nombró presidente a Manuel Urrutia, representante de aquella coalición. El 8 de enero una maniobra política quiso imponer en el gobierno a una junta militar, pero Castro y su Movimiento 26 de julio convocaron a la huelga general para derrotarla.

Más tarde, cuando Urrutia expulsó a Fidel del mando militar, una movilización obrera y campesina lo repuso en el cargo y el presidente debió renunciar. Se quebró la coalición con la burguesía y se decretó la expropiación de los emporios azucareros, muchos en manos de pulpos norteamericanos. Esto es: cuando los objetivos democrático burgueses que perseguía el movimiento revolucionario se demostraron de cumplimiento imposible si no se les quitaba a la burguesía y a los latifundistas su poder económico y político, la dirección cubana tuvo el mérito histórico de avanzar audazmente por ese camino, el de barrer a todo el antiguo poder estatal. En enero de 1961, después de que Castro personalmente comandara las milicias que rechazaron la invasión de exiliados (financiados, entrenados y armados por la CIA) en Bahía de los Cochinos, el gobierno cubano proclamó públicamente el carácter “socialista” de la revolución.

Así, los aliados democráticos del M26 se van del gobierno o son expulsados, terminan en el exilio. La revolución entra en crisis con sus postulados originales y, mientras echa del gobierno a los partidos burgueses y expropia a los latifundistas, prohíbe elecciones libres en los sindicatos e impide cualquier desarrollo independiente de las organizaciones obreras y del proletariado mismo. El poder exclusivo del M26 deriva en el poder personal de Castro y se instaura así un bonapartismo sui generis. Poco después, los reveses económicos (el fracaso de campañas agrícolas y sobre todo la derrota de las tendencias industrializadoras, impulsadas por el Che Guevara y el ala izquierda del M26) empujarían a Castro a refugiarse en la burocracia contrarrevolucionaria del Kremlin; es más: el Partido Comunista, que se había opuesto a la revolución porque se contradecía con el equilibrio político acordado por Moscú con las potencias imperialistas, pasó a formar parte decisiva del gobierno y el Movimiento 26 de Julio tomó el nombre del partido estalinista.

Desde entonces, y particularmente a partir del fracaso de la experiencia foquista de Guevara, Castro se empeñaría en evitar que otros siguieran el camino cubano. Respaldó la “vía pacífica” al socialismo propugnada por Salvador Allende en Chile (1970-1973) y luego, producida la revolución nicaragüense en 1979, señaló con énfasis que Nicaragua no tenía por qué hacer como él mismo había hecho en Cuba, de modo que el sandinismo no expropió a burgueses ni a terratenientes y reconstituyó el ejército regular destruido por la revolución.

En sus últimos años de gobierno efectivo, Castro respaldó a gobiernos nacionalistas como los de Hugo Chávez y Evo Morales, e incluso al de los Kirchner. Una manera de desandar el camino de Cuba en 1959-61.

La encrucijada

Fidel Castro acompañó los acuerdos del gobierno cubano con Barack Obama, si bien en algún momento dejó caer alguna observación crítica (“no necesitamos que el imperio nos regale nada”), acuerdos que ahora entran en nueva crisis por la victoria de Donald Trump. Debe subrayarse, en ese punto, que Obama no levantó el bloqueo; apenas lo moderó, y con cuentagotas.

Este proceso se desenvuelve, además, cuando la bancarrota capitalista empeora en extremo las condiciones económicas de Cuba. Una reconversión capitalista en la isla revolucionaria produciría una situación explosiva por el grado de miseria que acarrearía. Por otra parte, la economía cubana está deteriorada gravemente en sus centros neurálgicos: la producción azucarera, por citar un caso, se ha derrumbado de 8 millones de toneladas en la década de 1990 a poco más de 1 millón en la actualidad. La entrega de tierras en propiedad a campesinos y cooperativas encuentra también obstáculos severos en el atraso agrario del país.

En términos políticos, la autoridad de Fidel, perdida en la práctica desde que su salud lo obligó a retirarse del gobierno, se pierde ahora hasta en su sentido simbólico. La crisis del Estado cubano deberá necesariamente apurar la transición política, que finalmente se decidirá en el terreno de la lucha de clases dentro del país y, sobre todo, en el plano internacional.

En definitiva, el de Cuba es un proceso abierto. Junto a las tendencias restauradoras se desenvuelve otra, opuesta al régimen burocrático y favorable a la democracia obrera, a la defensa de las conquistas de la revolución, a la libertad de organización con ese fin. Las masas cubanas son conscientes de que se aproxima el momento del desenlace: Fidel ha muerto y Raúl está también ante el límite intraspasable de la naturaleza. La crisis mundial pone a los trabajadores cubanos ante ajustes similares a los que sufren sus compañeros de todo el mundo. La revolución latinoamericana bien puede recomenzar por la gloriosa Cuba.

Por último, se debe subrayar lo obvio: es un momento de congoja. Los revolucionarios nunca han sido indiferentes al dolor de un pueblo ante la pérdida de sus grandes líderes, y más aún cuando se trata del jefe de una revolución que cambió la historia latinoamericana.

Alejandro Guerrero


jueves, 10 de noviembre de 2016

“La democracia en América”: de Tocqueville a Trump


“La democracia en América”: de Tocqueville a Trump

La victoria electoral de Donald Trump marca un giro político hacia el bonapartismo, o sea hacia un régimen de poder personal de contenido reaccionario. Se trata de algo que va más allá de la concentración de poder que otorga el sistema presidencial norteamericano.

La caracterización de Estados Unidos como una democracia de oligarquías agrarias, acompañada por un Ejecutivo simbólico, no es correcta históricamente y menos aún para su desarrollo ulterior. La guerra con México, la Guerra de Secesión, la anexión de hecho de Cuba, una seguidilla de crisis financieras a fines del siglo XIX y principios del XX y dos guerras mundiales propiciaron una fuerte centralización estatal; los organismos “reguladores” en todos los campos, y en especial en la seguridad nacional, se encuentran, a todos los fines prácticos, por encima del Congreso. Este fenómeno no hizo más que acentuarse a partir de un sostenido armamentismo nuclear, un nuevo ciclo de guerras a partir de la desintegración de Yugoslavia y, finalmente (si se puede decir así), la bancarrota capitalista que va por su octavo año (y cuyo epicentro fue, precisamente, Estados Unidos) –o desde mucho antes, si arrancamos de la crisis asiática de 1997, y ni qué decir de la crisis industrial y financiera de la década del ’70.

No es casual que Clinton advirtiera en su campaña contra el peligro de que Trump manejara el gatillo nuclear. Esa simple posibilidad es un epitafio para cualquier democracia política y, por supuesto, para el conjunto del régimen social vigente.

Campaña golpista

Ahora culmina una campaña electoral que se caracterizó desde el inicio por poner en evidencia una crisis política de magnitud excepcional: tanto en el Partido Demócrata, con la victoria sin precedentes de un “izquierdista”, Bernie Sanders, sobre Clinton, en veintidós Estados, y en especial por el “nocaut” técnico al aparato del Partido Republicano por parte de quien se exhibía como un “clown” mediático, un millonario de negocios turbios. Un resultado diferente al que se conoció finalmente habría tenido por consecuencia, por lo tanto, sólo un cambio en la hoja de ruta de esta crisis política, de ningún modo una cancelación.

También a esta crisis hay que ponerla en perspectiva histórica, pues ha sido precedida por el asesinato de John Kennedy y su hermano Robert; el desmoronamiento de la gestión Carter; la derrota en Vietnam y la destitución de Nixon; el fraude electoral que impuso a George Bush (h) sobre Al Gore. La demolición a la que asiste el Partido Republicano tiene una década de desarrollo, con la aparición del fascistoide Tea Party.

La campaña electoral que acaba de finalizar tuvo un definido carácter golpista, pues se caracterizó por las “filtraciones” del aparato de seguridad acerca de los candidatos y una lucha interna dentro de ellos, que el “trumpista” Robert Giuliani, el inventor de la “tolerancia cero” en su gestión en Nueva York, calificó de “rebelión”. La “limpieza” que hará Trump en el FBI dejará para el recuerdo a Stiuso, al Grupo Halcón, a Lagomarsino y a Nisman.

Es el inmovilismo, “estúpida”

Una victoria de Clinton no habría representado un tránsito en “la continuidad” sino el inmovilismo, y esto ante una crisis mundial que no cesa de crecer. Es decir, habría encabezado una administración sin certeza de fin de mandato.

La deuda pública, en la actualidad de 14 billones de dólares (que sumada a la de los Estados y municipios supera cómoda los 20 billones de dólares, un 120% del PBI, se proyecta a 22 billones de dólares para el año 2025 y a un total federal de 30 billones de dólares -sin contar los “entiltelments” –o sea los pagos futuros de seguridad social. El servicio de intereses pasaría, en el mismo período, de 250 mil millones a 800 mil millones de dólares. China, Japón, Rusia y Arabia Saudita tienen en su poder más de la mitad de la deuda pública norteamericana, y los cuatro asisten a crisis financieras severas. Las consecuencias catastróficas que tendría la venta de esa deuda para la economía mundial es un tema recurrente en los mentideros financieros internacionales.

La “recuperación económica” a la que se alude para reivindicar a Obama, no solamente tiene mucho de dibujo, ya que no hace referencia al decrecimiento de la población activa (que busca trabajo) ni al empeoramiento de la calidad del empleo y la remuneración de la fuerza de trabajo. El crecimiento del PBI es bajo –2 por ciento anual–, inferior al potencial, y tampoco registra el desgaste acelerado de la infraestructura y su más acelerada obsolescencia. ¡La productividad del trabajo está en retroceso! La deuda por estudios universitarios se encuentra en niveles de quebranto –es de un impagable billón y medio de dólares. Un Estado entero, Puerto Rico, fue declarado insolvente. El déficit de inversión es de tal magnitud que los bancos privados tienen atesorados casi tres billones de dólares. La emisión de dinero de la Reserva Federal, sea para rescatar bancos o financiar a tasa cero a las corporaciones, ha agotado todas sus posibilidades. La caída del comercio se verifica en el retroceso de la velocidad de circulación del dinero que se emite.

Cuando Obama anunció un aumento del 25% en las contribuciones a la salud, apenas dos semanas antes de los comicios, la intención de votos para Trump dio un salto y también dejó al desnudo la desfinanciación del seguro universal –entre otras cosas por la suba imparable de los medicamentos y de los tratamientos privados. De este modo, Trump recibió un empuje incluso con anterioridad a que el FBI informara que volvería a investigar a Clinton por su manejo de servidores privados para asuntos públicos.

Contra la clase obrera

Es así que, en el debate político de la crisis económica, la iniciativa la llevó el “clown”, no la que hacía gala de “experiencia”. Clinton desarrolló una agenda “cultural” vacía en torno del clima, al género y el racismo –lo que no impidió que la votaran menos afroamericanos que a Obama y que una mayoría de mujeres “blancas” (una curiosa distinción estadística) votara a su rival. Contra las previsiones de todas las encuestas, que preveían una menor participación electoral, por la alta “imagen negativa” de los dos candidatos, se registró un récord de concurrencia. Trump hizo eje en el “empleo” (la clave para su victoria), en forma engañosa. Planteó una política proteccionista y una desvalorización de la deuda pública como instrumentos de una re-industrialización de Estados Unidos –en realidad, una política de guerra comercial y financiera. Se valió del slogan “crear empleos” para disimular el pasaje de la guerra comercial “normal” a la devaluación y a los aranceles. El especulador inmobiliario, que aprovecha la valorización ficticia del terreno urbano, dejó al desnudo el carácter crecientemente rentístico de la economía norteamericana. Es precisamente esto lo que también puso en evidencia el Brexit.

Como buen representante de la reacción capitalista, se opuso al aumento del salario mínimo y a la defensa del derecho al trabajo por medio de los sindicatos. Se comprometió a bajar el impuesto a los réditos del 35 al 15 por ciento. Llegó a plantear la derogación de las normas de regulación bancaria (piso de capital) que cuestionan los bancos, y hasta nombraría, anunció el muy leído Político, a un agente de Goldman Sachs secretario del Tesoro –como ocurre con el Banco de Inglaterra y el Banco Central Europeo.

Estamos ante un amasijo de medidas contradictorias, pero con un hilo conductor: guerra comercial y financiera y ataque a los derechos laborales; es decir, lo que, con menos estridencia, ha venido ejecutando la administración Obama. Lo mismo ocurre con el reforzamiento del Estado policial, que ya se encuentra militarizado. En el cierre de campaña, Trump puso mayor énfasis que nunca en que incrementaría en forma sustancial el gasto militar, como si las guerras de Obama-Clinton fueran un juego de niños.

Queda por ver si el capital norteamericano tiene la misma caracterización de Trump y si comparte la oportunidad de operar un salto cualitativo en la puja comercial y financiera para acaparar una mayor parte de la plusvalía mundial. En Gran Bretaña ya hay una reacción contra el Brexit y se perfila una crisis política; podría ocurrir algo similar en Estados Unidos. La política de extorsiones que Trump plantea contra los rivales de Estados Unidos en el mercado mundial, supone una mayor militarización y guerras. La sola noticia de la victoria de Trump ha acelerado el derrumbe de monedas como la lira turca o la libra egipcia; la salida de capitales podría producir una devaluación del peso argentino y afectaría el blanqueo.

De estas contradicciones y antagonismos emerge el carácter potencialmente bonapartista del magnate; Marx había observado que el lumpenaje puede representar una forma adecuada de gestión del Estado capitalista, sólo si antes ese Estado se apropia de la sociedad civil de un modo tan intenso como para viabilizar o instrumentalizar una gestión de lúmpenes. No es el caso de Estados Unidos por ahora, sacudido por las fuerzas centrífugas de la bancarrota capitalista mundial y una fuerte división de la burocracia del Estado y de sus partidos, y una potencial polarización política.

Lucha de clases

Para cerrar este análisis hay que volver al principio. Durante las primarias de esta campaña y enseguida después, los sondeos de opinión mostraron algo más que interesante: solamente Bernie Sanders podía ganarle un “tête à tête” a Trump, e incluso a Clinton en una partida “à trois”. Sanders prefirió ir a la cola de la opción liberal frente a la fascista, luego de haber denunciado el carácter capitalista y proimperialista de Clinton (“representante de las corporaciones”) e incluso su “corrupción” y el manejo “fraudulento” de la interna que los había enfrentado en el Partido Demócrata. Desmovilizó de este modo a quienes lo habían votado en masa y abandonó el trabajo de llevar al campo de la izquierda que representaba, a los trabajadores afectados por la crisis más despolitizados. La posibilidad de una polarización política fue entregada a lo que termina siendo una victoria de la reacción política. Una responsabilidad mayúscula en todo esto corresponde a la burocracia de los sindicatos, que bloqueó una candidatura opuesta al bipartidismo y puso a su aparato al servicio de una probada camarilla antiobrera –como lo ha sido la familia Clinton.

En el lapso breve de unos meses quedó expuesta la inconsistencia política del centroizquierdismo pero, al mismo tiempo, la volatilidad de la crisis política del Estado burgués. Entre una candidata de la “lucha cultural” y uno de la “guerra (reaccionaria) de clases” y ganó este último. La historia se repite.

Jorge Altamira


jueves, 3 de noviembre de 2016

Venezuela marcha a un desenlace


Venezuela marcha a un desenlace

El arco “dialoguista” que participa de la mediación se extiende desde los “hijos de Chávez” hasta los funcionarios de Barack Obama. Las negociaciones en curso están dictadas por el temor a la creciente posibilidad de un estallido de consecuencias impredecibles. De este modo se explica una suerte de “tregua” que acaba de darse a conocer entre el chavismo y la oposición. Luego de que tanto el gobierno como la MUD (oposición derechista) tuvieran respectivas reuniones con Thomas Shannon (Departamento de Estado norteamericano), sobrevinieron los "gestos". El gobierno de Maduro liberó cinco presos políticos y, en contraparte, la coalición derechista decidió postergar la movilización hacia el palacio presidencial prevista para el 3, "a pedido del Vaticano".

Límites

Esta distensión no pasa de ser, sin embargo, un episodio efímero, porque la mediación llega tardíamente. Reconociendo este escenario extremo de confrontación, el arzobispo de Caracas había declarado antes de la suspensión que “ir a Miraflores el jueves no conviene” (El Nacional, 31/10). La jornada del 3 había sido presentada por numerosos comentaristas como la de un choque callejero decisivo, que podría incluso precipitar una intervención militar. Istúriz, el vicepresidente, había anticipado que recibiría la marcha “con caballos de hierro” (bandas parapoliciales), evidenciando que la pretensión de valerse de él como carta “moderada” para una transición consensuada entre oficialismo y oposición quedó en la nada. La suspensión de la marcha no cancela administrativamente el polvorín que hay detrás; la derecha emplazó públicamente al gobierno a resolver sus demandas el próximo 11. "Si no hay resultados tangibles en las próximas horas, esto no va para ningún lado" declaró Capriles.

Las fuerzas que intervienen en el arbitraje manifiestan severas debilidades para encauzar la situación. El imperialismo, que promueve la mediación, ha cosechado por esta orientación varios reveses en América Latina: entre ellos, la derrota del “sí” en Colombia y el inmovilismo tras los rimbombantes anuncios sobre Cuba. La Casa Blanca atraviesa numerosos frentes de conflicto en Siria y Medio Oriente, y transita la recta final de unas elecciones explosivas y con final incierto. El Vaticano, de su lado, acompañó al imperialismo en casi todas estas empresas. Maduro y su camarilla, por su parte, se encuentran en el máximo aislamiento posible; la oposición, a su turno, afronta la mediación profundamente dividida. Más de 10 partidos de la MUD rechazaron la participación en ella, y destacaron que carecía de sentido sin cambios radicales y efectivos inmediatos –por ejemplo, liberación de sus presos. La fractura alimenta el escepticismo de un sector del imperialismo respecto de la viabilidad de esta experiencia (“El gobierno de Venezuela comienza diálogo con una oposición dividida”, The Wall Street Journal, 31/10) El único “acuerdo” es que las masas paguen los costos de la crisis, lo cual ya está en marcha.

Todo parece indicar que marchamos a un desenlace, que se dirimirá en las calles y no en el marco de un acuerdo palaciego; están en gestación salidas de fuerza. El revocatorio o el adelantamiento electoral son, bajo una pantalla institucional, golpes de estado. La respuesta del chavismo es promover un “autogolpe”, lo cual apunta a consagrar un régimen de facto. Ambos bandos procuran atraer el respaldo de las fuerzas armadas, acrecentando su rol de árbitros en la situación política

Es importante destacar que la hoja de ruta surgida del primer encuentro plantea objetivamente el problema del cambio de régimen. Así, se han constituido “cuatro mesas”, que serán dirigidas por el enviado del Papa, el titular de UNASUR Samper, y los ex presidentes Fernández, Torrijos y Rodríguez Zapatero. Entre ellas, se destacan los temas “cronograma e institucionalidad electoral”. Por tanto, la mediación incluye en su agenda el relevo del gobierno.

Por una intervención independiente de la clase obrera

Venezuela atraviesa una crisis de poder: ha caducado la forma previa de gobernar, y en medio de enormes desequilibrios y luchas se dirime la nueva. La clase obrera, sin embargo, está ausente como tal. La responsabilidad de la izquierda, que se anuló como factor independiente, oscilando entre el seguidismo al chavismo, primero, y a la derecha, después, es inocultable. La falta de preparación para superar la declinación de la principal expresión de nacionalismo burgués latinoamericano en la última década debe ser revertida partiendo, en primer lugar, de una intensa agitación política. Más allá de las consignas elementales antiajuste, debe plantear el reclamo de una asamblea constituyente y soberana, para reorganizar el país sobre nuevas bases sociales, y la convocatoria a un congreso obrero, que parta del enorme activismo existente en el país, y delibere para contraponer un plan político y económico de los trabajadores a las variantes patronales en disputa.

Ale Lipco


lunes, 24 de octubre de 2016

DE LA TRAGEDIA DE ABRIL DE 2002 A LA FARSA DEL 23/10/2016


DE LA TRAGEDIA DE ABRIL DE 2002 A LA FARSA DEL 23/10/2016

Los "revolucionarios" toman la Asamblea Nacional para impedir el golpe de la derecha, pero al ratito le dejan el recinto a los "golpistas" para que en una declaración política acuerden que estamos en "dictadura".¡Qué grotesca la democracia burguesa venezolana!

PRECIOS DOLARIZADOS Y SALARIOS INSUFICIENTES

Tanto el PSUV como la MUD se reclaman respaldados por millones de venezolanos, pero con tal respaldo, lo que les interesa es quedarse con el coroto para seguir robando impunemente en condiciones del capital en bancarrota. Mientras, los millones de venezolanos lo que están es sobreviviendo a su crisis porque ambos partidos burgueses tienen como política de salvataje al capital, hacérsela pagar a los explotados y no a los capitalistas.

¿Alguien dijo algo ayer de la necesidad urgente de un aumento general de sueldos y salarios que recupere el poder adquisitivo de los venezolanos? ¿Acaso fue incluido en la declaración final aprobada por la AN? Ninguno y ni pendiente, ni los de la MUD ni los "revolucionarios", todos apoyan el PAC de precios súper dolarizados de los alimentos y bienes de primera necesidad como alternativa de recuperar la desfondada tasa de ganancia del capital como consecuencia de su bancarrota.

BANCARROTA DEL CAPITAL Y DEFOL FORZADO EN PDVSA

Quienes se alegran de un "pueblo" alzado tomando la AN, a espaldas de millones indiferentes a los devaneos por el poder del PSUV y la MUD, deberán esperar al verdadero pueblo alzao llevándose en los cachos tanto a la AN como al Palacio de Miraflores, a la par que cualquier híper mercado o negocio de chinos. Sólo hay que esperar que las condiciones económicas del país se pongan más duras con las declaraciones de defol por parte de PDVSA y el propio Estado soberano, que prefirieron pagar deuda a realazos al sistema financiero internacional hasta agotar la hucha antes que preocuparse por las necesidad de producción agrícola e industrial del país que impidiera la hambruna que se avecina.

PDVSA se ha bajado los pantalones ofreciendo canjear parte de su deuda porque le es imposible pagar la que se vence en lo que resta de este año y en el próximo, trasladándolos con más deuda y más intereses al 2020. ¿Quién de los acreedores de PDVSA verá con optimismo ahora esa posibilidad? Con las señales dadas desde el jueves hasta el domingo, tanto por el gobierno como por la derecha, es “olvídense del canje y vengan de una vez a exigir el pago”. Si hasta el viernes pasado no se había logrado canjear el 50% de los 5.050 millones de dólares en bonos a vencerse, con el show grotesco del domingo se terminan esfumando sus posibilidades, y peor aun, cualquier chance de conseguir fondos por parte de Maduro en la arena internacional de los países "amigos", para pagar la deuda por vencerse, se hace aun más cuesta arriba, en peores condiciones y con más ventajas para los acreedores de la deuda externa venezolana, en perjuicio del país.

NI MADURO NI RAMOS ALLUP
CONSTITUYENTE SOBERANA, DEMOCRÁTICA Y REPRESENTATIVA
EL GOBIERNO DE LOS TRABAJADORES

Necesitamos un gobierno ajeno a los intereses del capital. Necesitamos el GOBIERNO DE LOS TRABAJADORES. El gobierno que no le tiemble el pulso en declarar ya la moratoria de todos los pagos de deuda externa e interna, el gobierno que respalde a los explotados con un salario igual a la cesta básica, el gobierno que le haga pagar su crisis a los capitalistas. Necesitamos organización para encausar las movilizaciones por venir para que vean de iguales a Maduro y a Ramos Allup, al PSUV y a la MUD, para desplazarlos definitivamente del poder político y derrumbar las estructuras del Estado que le garantizan a los capitalistas y a los arribistas políticos de los partidos burgueses sus privilegios.

Movilicémonos por una Asamblea Constituyente soberana, democrática y representativa de las grandes mayorías sociales explotadas y oprimidas para que nos conduzca al Gobierno de los Trabajadores. No basta sacar a Maduro del gobierno y a Ramos Allup de la AN para cambiar las cosas a favor de las mayorías, es al Estado al que hay que derrumbar y el Gobierno de los Trabajadores es la puntilla para concretarlo en los hechos y el primer paso concreto hacia el socialismo.

24/10/2016

jueves, 30 de junio de 2016

Por la ruptura de la UE, por gobiernos de trabajadores


LUEGO DEL BREXIT Y LAS ELECCIONES ESPAÑOLAS
Por la ruptura de la UE, por gobiernos de trabajadores

El Brexit ha puesto a la orden del día la amenaza de disolución de la Unión Europea (UE). Es cierto que las tendencias a la disgregación ya estaban fuertemente instaladas en el escenario europeo. Pero la salida de Gran Bretaña representa un salto en este proceso.

El Brexit ha puesto a la orden del día la amenaza de disolución de la Unión Europea (UE). Es cierto que las tendencias a la disgregación ya estaban fuertemente instaladas en el escenario europeo. Pero la salida de Gran Bretaña representa un salto en este proceso.

En contraste con el escenario idílico de “armonía” y “cooperación” que pintaron sus promotores y apologistas, la Unión Europea ha emergido con su verdadero rostro. La UE no constituye una superación histórica de las fronteras nacionales. Su creación ha apuntado al rescate de Estados nacionales devaluados y desacreditados, y ha procurado restablecer la dominación política de la burguesía europea, comprometida por crisis políticas recurrentes y por la descomposición capitalista. Mucho antes que el Brexit, la crisis que estalló en Grecia fue la expresión más concentrada del grado de explotación y humillación a que fueron sometidos los pueblos de Europa, en especial los periféricos, bajo los dictados despóticos de la troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y el FMI), un órgano supranacional comandado por las grandes potencias y el gran capital.

No se puede colocar, obviamente, un signo igual entre el Grexit de un país oprimido y el Brexit de un país opresor. Pero hay una cuestión que debe ser apreciada en toda su dimensión. El voto de la clase obrera inglesa, afincada en el norte industrial, fue a favor del Brexit, siendo determinante para el resultado final que arrojó el referéndum. Los trabajadores, ya no de la castigada Grecia, sino de de una de las principales potencias, ven a la Unión Europea como una fuente de privaciones, en sacrificios sin precedentes, y de retroceso en sus condiciones de vida y laborales.

Polarización falsa

Los trabajadores ingleses, pero lo mismo vale para el resto de los de Europa, están atrapados en una polarización ficticia, alrededor de la disputa entre dos bloques capitalistas. Se los llama a optar entre permanecer o retirarse de la UE, cuando ambas salidas están unidas a una política de ataque en regla a los trabajadores.

Quienes abogan por la salida de la UE plantean una devaluación de la libra y lograr una mayor “competitividad” del Reino Unido, un eufemismo para abogar por una desvalorización de la fuerza de trabajo.

Un resultado semejante, por otras vías, es el que depara la permanencia en la UE, a través de la imposición de ajustes y recortes de conquistas sociales y laborales. Las ilusiones en que la Unión Europea podía ser una vía de progreso se ha desvanecido. Esta tendencia se extiende también a la clase obrera de las otras potencias europeas. Es el caso de Francia, donde asistimos a una rebelión contra la reforma laboral. En la base de este fenómeno, está la bancarrota capitalista, que transita su noveno año y que hace su trabajo implacable de topo. La crisis de sobreproducción y la amenaza de una depresión económica han acentuado las tendencias a una guerra comercial y financiera entre los Estados.

La atomización nacional del capital monopolista en Europa no ha sido superada ni por la creación de un Banco Central ni por una moneda única. Las “ventajas“ que prometía la política de libre comercio se ha transformado en su contrario, en un factor de agravamiento de la crisis. Los estados nacionales son más que nunca las herramientas de los monopolios en la lucha por la supremacía en el mercado mundial. Esta disputa, a su turno, alienta la competencia ruinosa entre los trabajadores, que los Estados imponen a través de ajustes en regla.

La izquierda entrampada

La izquierda ha quedado atenazada entre estas dos variantes capitalistas, y como furgón de cola de los bloques en disputa. Una franja mayoritaria de la izquierda democratizante rechaza plantear la ruptura de la UE. Considera que la unificación continental, aún en los términos actuales, es un eslabón y estadio progresivo en la batalla por una Europa socialista.

Esta negativa a pelear por la ruptura de la UE en términos de independencia de clase, favoreció el accionar de la derecha, la cual comandó la campaña en Reino Unido, con un eje chovinista y reaccionario, que procuraba disimular el tema económico de la separación. Uno de los principales heridos por esta elección es el ala izquierda del laborismo, que apoyó el Remain, pero prefirió hacer una campaña de bajo perfil y terminó siendo ignorada por su electorado.

La derecha logró explotar a su favor la corriente "anti-Brexit". Es lo que ocurrió en España, cuando –después del Brexit– se agitó el carácter chovinista y reaccionario de los aislacionistas, volcando a una fracción del electorado al voto al PP. La principal víctima de este proceso fue Podemos, aún cuando aboga por permanecer en la UE y ha ido adaptándose a las imposiciones de la troika. A la hora de permanecer en el campo de los ajustadores europeístas, el electorado eligió a su versión original, no a una copia desteñida.

Los trabajadores están pagando muy caro esta bancarrota política y teórica de la izquierda. Las tendencias a la disolución de la Unión Europa, que van de la mano de derrumbe de los regímenes políticos y de grandes convulsiones sociales, ponen a la orden del día la lucha por gobiernos obreros que rompan con la UE. El eventual retorno a las fronteras nacionales, bajo la emergencia de gobiernos de trabajadores, lejos de consagrar una involución histórica, representaría un progreso político y un salto en la perspectiva de los Estados Unidos Socialistas de Europa.

Pablo Heller


lunes, 27 de junio de 2016

DESPUÉS DEL BREXIT


DESPUÉS DEL BREXIT

Como dicen los angloparlantes, el Brexit ha sido “an accident waiting to happen” –un accidente a la caza de su oportunidad. David Cameron, el primer ministro de Gran Bretaña, contrarió la advertencia que le fue hecha desde varios sectores acerca del peligro de un referendo para determinar la permanencia o el retiro de la Unión Europea. Su obstinación obedecía a que sin un apoyo plebiscitario no podría hacer frente a los problemas crecientes que enfrenta la economía británica y la City de Londres –y a la crisis que ella ya había generado en el partido conservador. Recordemos que “Las deudas de corto plazo de los bancos y entidades basadas en GB llegan al 755% del PBI, según informa la calificadora S&P, el porcentaje más alto a escala mundial. La mayor parte de esta deuda está denominada en dólares o euros –que el Banco de Inglaterra no puede imprimir, y depende de los mercados de capitales mayoristas”. Este escenario se nubla aún más debido a un déficit de cuenta corriente del 7%, lo que redunda en un incremento de la deuda externa de 130 mil millones de libras esterlinas, a lo que se suma una deuda pública del 86% del PBI.

Estos datos ponen de manifiesto una contradicción sencillamente terminal: la economía británica tiene la plaza financiera internacional más importante del mundo, o sea superior al Wall Street en colocaciones externas, con activos cinco veces el valor del PBI, unos u$s 10 billones, pero carece de una moneda de reserva que pueda operar como seguro para el conjunto del sistema financiero. La City de Londres es una ficción financiera, de carácter completamente parasitario. Con un agravante: que tampoco podría recurrir a una devaluación de la moneda, porque desataría una guerra comercial, en primer lugar con su principal mercado, la Unión Europea, y agravaría la hipoteca financiera externa en moneda doméstica. El viernes último, la libra y las acciones de los bancos ingleses o con fuertes negocios en Europa fueron hundidas por una fuga de capitales, a pesar de la inyección de fondos del Bank of England y de los canjes de monedas activados con la Federal Reserve de Estados Unidos.

Londres vs Inglaterra y Gran Bretaña

Este cuadro crítico explica el reiterado intento del canciller del Tesoro, John Osborne, de producir un violento ajuste presupuestario en medio de un crecimiento nulo; el PBI, además, había sido sobrevalorado en 18 mil millones de libras (Financial Times, 14.3.16). La tentativa ajustadora enfrentó una resistencia de la bancada conservadora, y sólo sirvió para acentuar la división del partido gobernante. Puso de relieve la contradicción de los intereses de la City, por un lado, con Inglaterra y el conjunto de Gran Bretaña, por el otro. La mayor siderúrgica radicada en GB fue sacrificada al mercado de valores londinense, completamente indispuesto a bloquear la competencia del acero de China. Esto y las quiebras de las grandes cadenas minoristas operaron como la última gota de agua contra un ajuste que acicateaba la caldera social.

Por estas razones la ratificación de la permanencia en la UE, por medio del voto popular, se presentaba como un fórceps plebiscitario a ser aplicado contra la democracia parlamentaria radicada en Westminster. La división del propio gabinete sobre el asunto ponía en cuestión el régimen de gobierno de Comité, el ejecutivo del parlamento. La victoria del Brexit representa entonces una crisis colosal de carácter político. El electorado rechazó el maridaje del ajuste entre la City y la UE. Es un revés para los dos lados de la mesa. La zona euro atraviesa una crisis monumental, con la mayor parte de su sistema bancario plagado de activos incobrables (Aristóbulo de Juan, ex director del Banco de España, El País, 15.4.16), una deflación irresistible y el fracaso de todas las políticas de incentivo monetario del Banco Central Europeo. El Brexit anticipa la desintegración de la zona euro.

Vacío y lucha de clases

La espectacularidad de la crisis se manifiesta en la renuencia de Camerón, ahora, a aplicar la decisión del referendo, que ha dejado para octubre. Se habla incluso de la convocatoria a otro referendo. Boris Johnson, ex alcalde de Londres y líder del brexismo, salió también a pedir, paradojalmente, evitar el “apresuramiento”, en coincidencia con Cameron. La dilación de la renuncia de Camerón (que haría efectiva en octubre), resulta insostenible, en especial porque la UE exige iniciar enseguida el proceso separación. El vacío gubernamental se advierte también en la decisión de Escocia de convocar a un nuevo referendo para separarse de Inglaterra. Todo esto ya lo habíamos advertido el 15 de junio. El Brexit ha reabierto la cuestión de una unidad Irlanda, que podría ser apadrinada por la UE.

Nadie disputa que la derecha comandó la campaña, con un eje chovinista que procuraba disimular la crisis de la City de Londres –con la excepción quizás del Telegraph, un diario de derecha que no dejó de lado el tema económico de la separación. La derecha de la UE aplaudió naturalmente el resultado, e incluso Trump y Putin. El desarrollo ulterior de la crisis despejará este espejismo de ascenso derechista, en especial por el incremento de luchas obreras en los últimos años. En Francia, por ejemplo, el progreso del Frente Nacional enfrenta ahora una gran movilización obrera contra la contra reforma laboral. El recule de Johnson respecto a un retiro inmediato es una muestra que la derecha no puede gestionar la crisis. Los que dicen que una victoria de la permanencia habría sido un "mal menor", ejercen el subjetivismo. Sobre llovido, mojado, el derrumbe ha afectado al partido Laborista, que apoyó oficialmente el Brexit, aunque con divisiones, y fue ignorado por su electorado. No hay que confundir el Grexit de una nación oprimida con el Brexit de una nación imperialista, aunque lo más importante sea la dirección política que encabece aquel retiro. Una podría ser progresiva, la otra es reaccionaria.

Bye, bye Macri

La economía estadounidense será muy afectada por esta crisis. El ascenso del dólar, que ocurrirá por la fuga de capitales de otros centros financieros y de las naciones más débiles, debilitará el comercio exterior norteamericano y acentuará las tendencias recesivas. La banca central norteamericana ha agotado el empleo de recursos para reactivar la economía.

De un modo general, todo esto afectará negativamente el comercio y las finanzas de los países de América Latina. Macri y Prat Gay han decido poner buena cara, pero solamente para la tribuna. La colocación de deuda externa no podrá proseguir, mientras el déficit fiscal, por otro lado, supera cómodo el dejado por Kicillof. La versión de que el gobierno Macri ofrece seguridad para atraer inversores en este cuadro, es una fantasía. Ha quedado demostrada nuestra tesis, expuesta en forma reiterada, de que el macrismo no ha reunido las condiciones o recursos, sean financieros, económicos y políticos, para su política de ajuste y desguace de derechos sociales. La crisis capitalista mundial pone un límite infranqueable al pastiche económico macrista, que está sumiendo en la miseria a sectores crecientes de los trabajadores.

Jorge Altamira



viernes, 15 de enero de 2016

A las organizaciones participantes del Foro de Caracas del Partido Obrero de Argentina


A las organizaciones participantes del Foro de Caracas (organizado por el EQUIPO PROMOTOR POR UNA PLATAFORMA DE IZQUIERDA el 16/01/2016):

Los desafíos y responsabilidades que tenemos por delante la izquierda revolucionaria son muy importantes cuando asistimos en América Latina a un proceso político marcado por una gran crisis económica y social en el marco de una nueva fase de la bancarrota capitalista mundial, por un lado, y un agotamiento de los movimientos nacionalistas y el progresismo que venían conduciendo los destinos de nuestros países, por el otro.

En el caso de Argentina, la transición planteada por la derrota electoral del kirchnerismo y la asunción de un gobierno de cuño derechista expresa una aguda fractura económica, social y política. El rescate capitalista de la bancarrota que deja el gobierno anterior deberá conducir a graves convulsiones sociales y enfrentamientos de fondo entre las clases. El colapso del kirchnerismo traduce un agotamiento más general del peronismo, el movimiento histórico que logró acaparar la atención popular durante décadas y que ha entrado en una descomposición irrevocable. Al mismo tiempo pone de relieve el fracaso de la tentativa nacionalista del kirchnerismo en el marco de la crisis capitalista mundial, en la que su papel ha sido el repago “serial” de la deuda pública con la banca acreedora y el rescate de las privatizaciones. La derecha que asume la conducción del Estado tendrá que probar su capacidad de pilotear la crisis económica y poner en marcha un rescate que exige una confiscación social de gran alcance. La condición para ello será disciplinar y doblegar a los trabajadores. Vamos por lo tanto, a una gran pulseada. El Partido Obrero se plantea el desafío de que esta transición de alcances revolucionarios culmine con un desenlace favorable a los explotados. Esto plantea una gran iniciativa en el campo del programa y la acción, pero al mismo tiempo, como condición sine qua non, una delimitación implacable respecto del nacionalismo en descomposición. Lo cual constituye ya mismo un terreno de lucha política con la izquierda centrista que mediante planteos de “frente antimacrista” con el kirchnerismo, se propone contribuir como furgón de cola a una recomposición del nacionalismo fracasado.

Venezuela es quizás la expresión más aguda de esta transición, dominada por el fracaso y el agotamiento del chavismo y el ascenso de la derecha. Estamos frente a una suerte de doble poder entre el Ejecutivo y la Asamblea Nacional en el marco de una crisis económica de características catastróficas. El sector mayoritario de la oposición, sin embargo, tiene conciencia de que este panorama podría desembocar en una explosión social y está actuando con pies de plomo para evitar que la situación se desmadre.

El problema que enfrenta el gobierno bolivariano, no es la derrota electoral sino su carencia de una salida superadora a la política responsable del actual colapso. Este inmovilismo conduce a un auto-golpe –o sea, a la disolución de la Asamblea Nacional por parte del Ejército.

Alternativamente, podría conducir a otro golpe, pactado entre un sector del oficialismo y uno de la oposición.

El oficialismo y buena parte de la izquierda latinoamericana han atribuido a la “guerra económica” la derrota electoral, encubriendo la responsabilidad de la camarilla gobernante en la desorganización económica. El boicot económico que se desenvuelve contra el gobierno es consecuencia directa del fracaso del intervencionismo estatal, que nunca alteró la base de la gestión capitalista de la economía.

El movimiento obrero venezolano, a pesar del creciente desencanto con el régimen, sigue atenazado políticamente al chavismo. La izquierda ha contribuido a reforzar esa tendencia, llamando a cerrar filas con el gobierno en nombre de la lucha contra la derecha.

La expectativa de reformar al chavismo con la consigna del retorno a los orígenes, es un callejón sin salida. Los que siguen invocando a la “masa chavista” para seguir medrando con la reforma del chavismo, ni siquiera toman nota de que una parte importante de la masa del chavismo acaba de pronunciarse con un voto a la oposición y con la abstención.

El impasse que se ha creado pone más al rojo vivo la necesidad imperiosa de una acción política independiente de la clase obrera. Los explotados deberían terciar en la crisis política. Pero, para que ello suceda, es necesario que conquisten su independencia política, romper sus ataduras al chavismo y formar un partido obrero independiente. La unidad de la izquierda no es un fin en sí mismo: será útil y progresiva si es una herramienta en esta perspectiva. Un agrupamiento político clasista debería evaluar la oportunidad de la consigna de Asamblea Constituyente libre y soberana que desarrolle un programa de control obrero generalizado, en oposición al gobierno y a la oposición.

Les deseamos éxito en vuestro debate y que las conclusiones políticas sean un paso adelante en la batalla por poner en pie una alternativa obrera y socialista en Venezuela.

Partido Obrero (Comisión internacional del Comité Nacional)

Buenos Aires, 15 de enero de 2016



lunes, 26 de octubre de 2015

¿Intifada?


¿Intifada?

Imagen: Ezz Zanoun/Al Jazeera
Las provocaciones constantes del Estado sionista contra el pueblo palestino han desatado una reacción de represalias que tiene como protagonistas a muchachos, incluso de poca edad, que actúan en forma solitaria contra ciudadanos israelíes. Es una suerte de guerrilla de tipo singular, que nace de la desesperación ante la opresión sionista, que escala en sus proporciones como si no tuviera límites.

No es una Intifada (rebelión popular), ni indica que sea precursora de una. Se trata de una ilusión fomentada por un progresismo occidental desorientado, que está siempre al acecho de un acontecimiento redentor. La región se encuentra dominada en la actualidad por una guerra contrarrevolucionaria de alcance internacional. El gobierno sionista ha acordado con Putin un reparto de tareas, como lo señala la visita de Netanyahu a Moscú; lo mismo ha hecho Obama. En su gran mayoría, las fuerzas populares o de centroizquierda son apéndices de alguno de los Estados en disputa. Las que procuran mantenerse al margen de estas fuerzas, buscan consuelo en que esta guerrilla adolescente no respondería a ninguna dirección política establecida; deducen entonces la inminencia de un retorno a la Intifada. Pero la ausencia de una dirección propia es testimonio del impasse en que se encuentra cualquier resistencia popular en un cuadro político tan denso. En este escenario, participa con mayor fuerza en la resistencia al sionismo la población palestina dentro de Israel, un 20% del total, pero por eso mismo la mera espontaneidad popular tiene menores posibilidades de progreso o victoria.

Luego de las dos Intifadas del siglo pasado, una nueva Intifada debe estar dirigida contra los gobiernos de Hamas, en Gaza, y de la Autoridad Palestina, en Cisjordania, para construir un verdadero poder revolucionario contra la dominación sionista. Hamas se encuentra bajo la dependencia de un bloque de Estados del Golfo y la AP es una dependencia de Estados Unidos. A pesar del antagonismo irreconciliable entre el sionismo, de un lado, y la autonomía nacional palestina, del otro, los representantes de la burguesía palestina se encuentran sometidos en lo económico y político al imperialismo mundial. No se puede esperar nada de estos regímenes. El acuerdo de Oslo, firmado por Arafat, que nunca entró en vigencia, fue una muestra de ello, pues su único objetivo fue acabar con las Intifadas. La opresión sionista se acentúa de día en día, hasta lograr la ocupación de todo el espacio histórico de Palestina, como consecuencia del desarrollo de la crisis capitalista mundial y de la guerra en el Medio Oriente.

La tarea de los socialistas es, por supuesto, en primer lugar, defender la causa nacional palestina y la lucha desesperada de los niños y adolescentes de Palestina. Pero su orientación debe consistir en desenmascarar el 'kerenskismo' nacional, en referencia a los sectores cuya política es la conciliación con el imperialismo y el combate contra toda forma de independencia política de las masas oprimidas.

Jorge Altamira


jueves, 1 de octubre de 2015

Dos formas de explicar la crisis política abierta en España tras los resultados electorales en Cataluña


Dos formas de explicar la crisis política abierta en España tras los resultados electorales en Cataluña

Traemos dos artículos publicados en Prensa Obrera de Argentina con días de diferencia. El primero de ellos, de Pablo Heller, explica con minuciosidad cómo desde la izquierda revolucionaria se analiza un resultado electoral que si bien no fue adverso a la causa de la soberanía catalana respecto al Estado español, prefigura el desarrollo de muchas contradicciones para conquistarla donde la Unión Europea y las burguesías española y catalana no son mirones de palo, todo lo contrario, defensores a ultranza del centralismo español, mientras las tendencias centristas –Convergencia Democrática (CD) y Esquerra Republicana– autonómicas y soberanistas mantienen la propuesta de independencia en el marco de sostener su integración al interior de la UE, todo bajo el aderezo de la crisis mundial del capital que al interior de ésta se presenta aumentada.

El segundo artículo, de Jorge Altamira, amplía y profundiza lo escrito por Heller, resaltando el papel de la UE, o más concretamente, del imperialismo europeo con la extraordinaria ayuda del imperialismo yanqui. Además propone lo que una izquierda revolucionaria en España y en el mundo debería plantear respecto a la cuestión nacional española: apoyar resueltamente el derecho a la autodeterminación nacional, con un programa de unión republicana y socialista de los pueblos de la península ibérica.

A continuación, y por orden de aparición, ambos artículos.

Cataluña, luego de las elecciones

Las dos formaciones políticas que defienden abiertamente la secesión de Cataluña, Junts pel Sí y la CUP, conquistaron una mayoría absoluta de escaños en el Parlamento autonómico, cosechando 72 lugares de un total de 135.

De todos modos, ambas fuerzas no superaron la barrera del 50% de los sufragios –suman poco más del 47%–, una cuestión relevante si tenemos en cuenta que las elecciones constituían una suerte de plebiscito por la autonomía. La discrepancia entre proporción de escaños y de votos se explica por las particularidades del régimen electoral vigente, que establece pisos y le otorga una mayor representación a las jurisdicciones con menor densidad poblacional.

Campaña intimidatoria
Las elecciones de Cataluña tuvieron lugar en medio de una campaña feroz, que intentó amedrentar al pueblo sobre las consecuencias de la independencia. Esta campaña fue sostenida por un abanico de fuerzas que va desde la burguesía española, pasando por la gran burguesía catalana y que se extiende a la Unión Europea y a la Casa Blanca. Obama en persona, apenas días antes, en una reunión mantenida con el monarca español, destacó la necesidad de una "España unida". Los representantes de la Unión Europea advirtieron de que no iban a admitir la incorporación de Cataluña en su seno. La propaganda oficial, impulsada por el gobierno de Rajoy, señalaba que Cataluña, fuera de la zona del euro, estaría condenada a un desmadre financiero y a la amenaza de un corralito. Las asociaciones bancarias y las principales instituciones financieras amenazaron con retirar los fondos y cerrar sus filiales si ganaba el Sí.

Semejante cruzada tiene su explicación. La independencia catalana echaría más leña al fuego a las tendencias a la desintegración ya existentes en la UE y representarla un golpe letal a la integridad de España y al Estado español, que ha asumido sobre sus hombros el rescate del capital en quiebra y aplica una política de austeridad. Por otro lado, la independencia implica el fin de la monarquía en el nuevo Estado.

El movimiento independentista
Tomado en su conjunto, la suma de escaños de los partidarios del secesionismo supone un retroceso respecto de lo que esas formaciones obtuvieron en 2012, cuando lograron un total de 74 escaños.

El retroceso, sin embargo, se concentra en la actual coalición gobernante, liderada por el actual jefe de gobierno, Artur Mas. Se constata, en cambio, un ascenso de la CUP que constituye el ala izquierda del movimiento independentista.

La CUP denuncia al actual gobierno de Cataluña por su política de ajuste, por su ataque a las condiciones de vida de la población y por sus tendencias al compromiso con el Estado español. Mientras la CUP plantea una declaración unilateral de independencia, la hoja de ruta de Junt por el Sí consiste en un proceso tortuoso de apertura de negociaciones con el Estado español. Su proyecto independentista pasa por sustituir la dependencia del odiado centralismo español por la dependencia de Berlín y Bruselas. Una Cataluña independiente en estos términos, sería un protectorado y un colonia financiera de la troika y, como tal, condenada a llevar adelante una rigurosa política de ajuste.

El gobierno catalán de Artur Mas ha presentado la independencia como el gran pasaporte para una mejora sustancial en las condiciones de vida de la población. Pero la agenda del oficialismo gobernante excluye echar atrás la reforma laboral o la de las pensiones. En este punto, no hay diferencias entre Mas y Rajoy. La autonomía fiscal que pregona el oficialismo catalán tiene como destino pagar la deuda, mayores subsidios al capital, menos impuestos a los beneficios y no las necesidades populares.

La oposición
Como principal partido de la oposición en el Parlamento autonómico catalán se sitúa la formación derechista Ciudadanos, con casi el 18 por ciento de los votos y 25 diputados, casi el triple de los que obtuvo en las elecciones de 2012. A continuación, se ubica el socialismo y, después, fuertemente relegada, la coalición encabezada por Podemos con apenas el 9% de los votos. Podemos está casi empatada con el partido de Rajoy que está absolutamente desprestigiado.

La formación de Pablo Iglesias ha pagado muy caro su ambigüedad respecto a la causa de la independencia y es, por lo tanto, una de las grandes derrotadas de las elecciones.

Salida
El resultado electoral abre un escenario complejo y convulsivo. El presidente de Cataluña y la coalición que lo apoya, Juntos por el Sí, plantearon previamente que si lograban mayoría absoluta de escaños, se considerarían habilitados para poner en marcha un proceso que culminaría el año que viene con la aprobación de una nueva Constitución. Este proceso se pondría en marcha, aunque la causa independentista no haya logrado reunir el 50 por ciento de los votos.

Dentro de la mayoría incluyen a los escaños de la CUP, pero dicha fuerza cuestiona que Artur Mas pueda seguir siendo presidente.

Entretanto, la escalada de la monarquía española no se detiene. El parlamento español acaba de ampliar las facultades del máximo tribunal de España para destituir autoridades regionales, una disposición que apunta a voltear al nuevo presidente catalán electo. El gobierno de Rajoy ya tiene en la gatera la intervención del Estado catalán, si hiciera falta.

Estamos frente a una crisis política excepcional que pone en jaque el conjunto del régimen político. Frente a las aprietes y amenazas del Estado español, Artur Mas y su partido ya han capitulado en el pasado, con lo cual, todo indica que lo harán nuevamente. Pero la última palabra va a estar en las calles y no se puede descartar que esta escalada –y con más razón una intervención– podría encender un estallido popular.

La movilización independentista, que se acrecienta en Cataluña, constituye un golpe al Estado español, vasallo de la Unión Europea imperialista y en esa medida es un acicate y aliento a los lucha de los explotados no sólo de Cataluña sino de toda la nación española que están enfrentando el ajuste y que empalma, asimismo, con la oposición creciente contra la monarquía.

La CUP, con el 10% de los votos, une el reclamo de la independencia a una agenda que plantea poner fin a la política de austeridad, derogar la reforma laboral y revertir los recortes salariales y sociales, y privilegiar las necesidades populares mediante el no pago de la deuda. Llamamos a apoyar y defender el derecho a la independencia de Cataluña como un aspecto de una reorganización integral del país sobre nuevas bases sociales, mediante gobiernos de trabajadores en Cataluña y en toda España y para abrir paso a una Unión Republicana y Socialista de los Pueblos Ibéricos.

Pablo Heller

Cataluña, una crisis de conjunto del Estado español

Las elecciones en Cataluña, el domingo pasado, habían despertado expectativas en el campo internacional por su relación con una eventual separación de Cataluña de España. Los llamados partidos soberanistas Convergencia Democrática (CD) y Esquerra Republicana– han dado a conocer una hoja de ruta con ese destino en un plazo de dieciocho meses. La separación de Cataluña constituiría un acontecimiento de envergadura para el conjunto de la Unión Europea, azotada por la bancarrota capitalista y las crisis de Grecia y de los refugiados. Sería una declaración de inviabilidad para el estado español; en las gateras se encontrarían las autonomías afines de Valencia y Navarra y en definitiva el País Vasco.

La votación ha desatado una crisis dentro de esta crisis, esto porque los soberanistas no reunieron los votos suficientes para formar gobierno y por lo tanto implementar sus planes; necesitan para ello el concurso de la CUP, una lista soberanista de izquierda, que se opone a que ese gobierno lo encabece CD y su jefe, Artur Mas. Al mismo tiempo, el partido que gobierna España, el PP, sufrió un durísimo revés, lo cual representa un golpe para el centralismo estatal. Los plazos de la crisis se desplazan entonces hacia noviembre próximo, cuando tendrán lugar las elecciones para el parlamento español.

El recrudecimiento del independentismo catalán está asociado directamente a la crisis mundial, cuya repercusión en España ha sido catastrófica. Durante la mayor parte del tiempo que siguió a la transición del franquismo, la cuestión nacional estuvo ocupada por el País Vasco y por ETA –no por Cataluña o por el soberanismo catalán. Los gobiernos nacionalistas, en Cataluña, se sumaron, a partir de la crisis, a la brutal política de ajuste que aplicaron tanto el PP como el PSOE, en el conjunto del Estado, y encararon la crisis, ellos mismos, con una política de fuertes recortes a los gastos sociales y a los salarios. El recrudecimiento soberanista es, claramente, una expresión del agotamiento de esta política. En un período de quiebras, la pretensión de una redistribución de los ingresos fiscales del conjunto de España a favor de Cataluña, simplemente acicatea la crisis para el conjunto del Estado. La deuda pública de España es de cerca del 120% del PBI y se convierte en casi un 250% si se suma la deuda externa privada.

La gran banca de Cataluña ha estado entre las grandes beneficiadas por el rescate del Estado –la Caixa, BBVA y Sabadell. Se opone, obviamente, a una separación. El soberanismo, sin embargo, expresa a un fuerte sector patronal, el Círculo catalán de Negocios, que reúne a 800 empresas, incluidas las de mayor tamaño (Le Monde, 27/9). Es precisamente este sector el que reclama con toda nitidez esa redistribución, denunciando una pérdida fiscal de 300 mil millones de euros en treinta años. Reclama, asimismo, una reorientación de los negocios hacia afuera de España, al que considera un mercado agotado, con la mirada puesta en Asia y en la asociación con capitales de China –en especial en infraestructura.

Los problemas asociados con la distribución del presupuesto público son, sin embargo, comunes a todos los estados, no por eso plantean una cuestión nacional. Cataluña no hubiera podido, por sí sola, salir al rescate de las numerosas cajas bancarias que fueron absorbidas por la Caixa, o sea sin el concurso del estado español y el Banco Central Europeo. Por eso, el nacionalismo catalán reivindica el sometimiento nacional de una Cataluña soberana a la Unión Europea y a la Otan. Por encima del tema fiscal, lo que decide la cuestión nacional, para la burguesía, es la solidez del Estado como protector de las relaciones sociales existentes.

Estas limitaciones explican la cobardía del nacionalismo catalán, que ha aceptado las restricciones de la Corte Constitucional del estado español a convocar a un referendo. Ahora propone una hoja de ruta para desarrollar un estado nacional autónomo desde arriba, donde el gobierno que asuma crearía las instituciones necesarias –como un banco central, una cancillería e incluso fuerzas armadas. El estado que emergería de la hoja de ruta tendría el control de una Asamblea Constituyente, que sería convocada con posterioridad. Los resultados electorales del domingo pasado no alcanzan, sin embargo, para avalar este proyecto artificial. Tanto Cataluña como España se encuentran en un impasse.

Las elecciones estatales de noviembre podrían llevar esta crisis a nuevos niveles. La piedra de toque de ellas es la cuestión del separatismo y la modificación del régimen político establecido luego de la dictadura franquista. El Psoe, por ejemplo, propone que una Convención Constituyente reforme el sistema actual y que permita, en ciertas condiciones, el derecho de autodeterminación. Es un recurso para salvar al Estado actual, en primer lugar la monarquía y las fuerzas armadas al servicio de la monarquía. Las elecciones catalanas del domingo pasado forman parte de una negociación que se desarrolla en el conjunto del estado español; los soberanistas buscan concesiones de otro interlocutor a la cabeza de España. En resumen, se asiste a una crisis de conjunto del estado español. Es un desarrollo político de gran importancia del periodo de bancarrota capitalista internacional.

Las elecciones del domingo pasado pusieron en evidencia un retroceso de la izquierda tipo Podemos y de Izquierda Unida, y el avance de una nueva formación de características macristas –Ciudadanos– que oficia de sustituto del PP. El elemento ‘juvenil’ ha oficiado como ‘renovación’ tanto para la izquierda como para la derecha. El bipartidismo ha sido enterrado por una decena de fracciones.

¿Cómo deber plantarse la izquierda revolucionaria frente a la cuestión nacional en España? Debe apoyar resueltamente el derecho a la autodeterminación nacional, con un programa de unión republicana y socialista de los pueblos de la península ibérica. O sea que debe sostener, en las condiciones de la España monárquica, la independencia republicana de Cataluña, como consecuencia del ejercicio del derecho a la autodeterminación, al mismo tiempo que impulsa la unidad de los trabajadores del conjunto del Estado español por el establecimiento de una República federativa y socialista Ibérica. Con este programa debe combatir al nacionalismo catalán (soberanista o independentista) de contenido burgués. La tarea histórica no es crear nuevos estados nacionales, ni menos camuflarlos con la UE y la Otan.

Jorge Altamira