Opción Obrera es la sección venezolana de la CRCI (Coordinadora por la Refundación de la IV Internacional)

Propulsamos el desarrollo de una política proletaria al seno de los trabajadores tras su independencia de clase y una organización de lucha para su liberación de la explotación e instaurar El Gobierno de los Trabajadores, primer paso hacia el socialismo.

Ante la bancarrota capitalista mundial nuestra propuesta es que:


¡¡LOS CAPITALISTAS DEBEN PAGAR LA CRISIS!
¡LOS TRABAJADORES DEBEN TOMAR EL PODER!



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jueves, 7 de marzo de 2013

Hugo Chávez


Hugo Chávez

La muerte de Hugo Chávez ha provocado, como era previsible, una emoción popular enorme en Venezuela. También ha conmovido a la opinión pública internacional. Es la consecuencia natural de la atención que suscitó en la política mundial durante la mayor parte de su gestión política. Lo mismo ya ha ocurrido en el pasado con otros líderes de naciones de mediano desarrollo, desde el indio Ghandi, Perón, el egipcio Nasser o el indonesio Sukarno, así como también por Fidel Castro durante la segunda mitad del siglo pasado. Este lugar excepcional se explica por la naturaleza universal de los problemas históricos que han dejado al descubierto. Es la expresión del carácter mundial de los conflictos nacionales.

El parto del chavismo se produjo a finales de febrero de 1989, cuando una rebelión popular -el Caracazo- contra el programa fondomonetarista del gobierno que acababa de asumir, bajo la presidencia de Carlos Andrés Pérez, fue masacrada por una represión ejecutada por el ejército. Fue el final del ciclo histórico del nacionalismo civil pequeño burgués, que encarnó durante cincuenta años el partido Acción Democrática. Tres años más tarde, desde las propias fuerzas armadas emergió una reacción contra los represores del Caracazo, bajo la sublevación de oficiales de menor rango, conducidos por Hugo Chávez, quienes esgrimieron un planteo nacionalista. La sublevación sacó de nuevo al pueblo a las calles -aunque de un modo incipiente- y convirtió a ese golpe militar peculiar (contra el gobierno y los mandos de las fuerzas armadas) en una semi-sublevación popular. En la conciencia del pueblo se alojó la idea de que podría contar a su favor con las armas del país. El chavismo no nace de una combinación parlamentaria ni de un enjuague entre camarillas de partido, sino de una conjunción del nacionalismo uniformado con una parte de las masas. El Caracazo y la sublevación del ’92 son el repique de campanas que anticipa el derrumbe del proceso de privatizaciones y endeudamiento que han caracterizado a la etapa neoliberal. Curiosamente, el menemismo habría de debutar cuando en Venezuela se ponía de manifiesto que éste estaba condenado a acabar en crisis semi-revolucionarias.

Nacionalismo
El nacionalismo militar chavista entronca con la historia de su propio país y de toda América Latina. Es el caso de Perón y de los nacionalismos militares, por ejemplo, en Perú (Velazco Alvarado) y en Bolivia (Juan José Torres), a finales de los ’60, los que nacionalizaron a las compañías petroleras extranjeras y las haciendas azucareras -en algunos casos sin indemnización. Todos estos movimientos, como luego el chavismo, hicieron alarde de alguna particularidad de alcance excepcional, en especial en lo relativo a su líder. El caudillismo refleja la escasa diferenciación social del movimiento de masas y el empeño del nacionalismo de presentar al pueblo como un bloque unido por intereses exclusivamente nacionales. Distorsionan, con este procedimiento, las razones históricas de su emergencia: el protagonismo de las masas, que con acciones y sacrificios repetidos, pusieron en evidencia el callejón sin salida de las relaciones sociales vigentes; por último, la conexión de la crisis social y política en un país con la declinación histórica del conjunto del sistema nacional dominante. La pretensión de representar a la nación o el slogan de la unidad nacional apuntan a justificar el sometimiento político de la clase obrera a lo que se bautizaría “la comunidad organizada”. Es la justificación ideológica del maniatamiento de los sindicatos por parte de una burocracia integrada al Estado.

El movimiento nacional -civil o militar- es una expresión del cepo que la dependencia del capital financiero internacional pone al desarrollo de las fuerzas productivas en los países de la periferia capitalista. Es la expresión de una lucha por defender la parte del ingreso nacional en los recursos que genera el conjunto de la economía mundial. El chavismo no se limitó a utilizar la renta petrolera de Venezuela para el desarrollo de programas sociales de gran alcance; antes de esto, chocó en forma abierta con el capital internacional y sus agentes internos para evitar la internacionalización de PDVSA, la empresa estatal de petróleo, a manos de las bolsas extranjeras. Esta crisis fue la razón que impulsó el golpe militar que volteó a Chávez, en abril de 2002, y el sabotaje petrolero a finales de ese año. En esas fechas, el precio del barril de petróleo todavía se encontraba apenas por encima de los diez dólares, de modo que no es cierto que en la crisis jugara un papel determinante la captura de la renta minera extraordinaria que surgiría luego, debido al alza internacional de precios. La movilización popular que derrotó al golpe de abril y luego al sabotaje petrolero fueron los ’17 de Octubre’ del chavismo, el cual ya se esbozó con el levantamiento de 1992. Una ironía: Hugo Chávez despidió a las masas que se habían movilizado para liberarlo del golpe fascistoide con una llamada a “volver a casa”.

Chavismo y relaciones de propiedad
La derrota del golpe ‘cívico-militar’ convirtió a las fuerzas armadas en chavistas, una consistencia que atravesó la prueba del sabotaje petrolero. El arbitraje político de Chávez encontró en la chavización de las fuerzas armadas un asiento sólido. Este maridaje se fortaleció cuando Chávez resolvió a su favor un enfrentamiento con el general Baduel, el paracaidista que lo rescató en 2002 y que luego se convirtió en la autoridad máxima del ejército. Otra cosa importante es que, incluso en el momento más recio del sabotaje petrolero, la banca internacional no interrumpió el financiamiento a Venezuela, ni Chávez dejó de pagar la deuda externa. Por eso, la nacionalización de algunos bancos -una medida fundamental para cualquier transformación social y para la industrialización- no se produciría hasta muy recientemente, cuando -irónicamente- el Banco Santander consiguió ser comprado por el Estado para hacer frente a la crisis bancaria internacional con el dinero de la jugosa indemnización. En los momentos más duros de sus enfrentamientos recíprocos, el capital financiero internacional tuvo muy claro que el chavismo no tenía interés en romper con las Bolsas, ni era -mucho menos- enemigo de la propiedad privada. Las nacionalizaciones generosamente indemnizadas pierden su contenido anticapitalista, donde el Estado canjea dinero fiscal por capital, y el capital se canjea en dinero privado.

La propaganda antichavista, en especial la del sionismo, imputa a Chávez intereses siniestros a su alianza con Irán. Se trata de otra cosa: el eje Venezuela-Irán es fundamental para contrarrestar la presión de Arabia Saudita y los emiratos del Golfo, instigados por las petroleras anglo-franco-yanquis para que la Opep reduzca los precios del petróleo. Chávez y los ayatollahs defienden la parte de sus países en el ingreso económico mundial -incluso si esto perjudica a naciones no petroleras de la periferia. En compensación, Chávez ha otorgado a varias de ellas precios preferenciales, por lo que ha fortalecido con ello la autoridad de Venezuela en la disputa energética.

El chavismo proclama un “socialismo de siglo XXI”, pero es un socialismo de reparto parcial de la riqueza social, no de la transformación del capital en propiedad pública, ni del Estado en dirección colectiva de las masas. La llamada “redistribución del ingreso” ha mejorado considerablemente, a partir de niveles miserables, pero ese ingreso sigue siendo el de la renta petrolera. Chávez ha procedido a numerosas nacionalizaciones, las principales a cambio de indemnizaciones generosas para los grandes capitales: Verizon, la norteamericana de telecomunicaciones; Sidor, la siderúrgica de Techint, pagada con extrema generosidad; lo mismo las cementeras del mexicano Slim. En el campo no ocurrió lo mismo, porque se comprobó que los títulos de propiedad de los expropiados eran fraudulentos. Estas nacionalizaciones no respondieron a un plan; fueron improvisadas por la propia crisis. La planificación requiere el concurso consciente del proletariado, su independencia política de clase. Por ejemplo, cuando faltó cemento para los planes de vivienda o cuando el gobierno no logró conciliar el choque de Techint con los obreros de Sidor, se nacionalizaron las cementeras y las siderúrgicas -pero no cambió, por eso, en forma sustancial la producción de unas y otras, sino la importación. Los grandes capitales hicieron los petates cuando concluyeron que no les interesaba el escenario económico prevaleciente. Pero Venezuela no se transformó en país industrial; sigue siendo monoproductor de combustible. La redistribución de ingresos se hizo con la caja de PDVSA, la cual se encuentra muy endeudada y con un fuerte desequilibrio económico debido al congelamiento del valor del bolívar en un contexto inflacionario. Los límites de PDVSA se manifiestan en el lugar protagónico del capital extranjero (con la única exclusión de Exxon) en la explotación de la Franja del Orinoco. La crisis de PDVSA es la razón principal de la decisión reciente de devaluar el bolívar fuerte (darle más moneda nacional por dólar exportado).

Al igual que las experiencias nacionalistas del pasado, la de Venezuela ha fracasado en el objetivo de asegurar un desarrollo nacional autónomo. Esto no es posible en el estadio de declinación del capitalismo mundial. Pero del mismo modo, Venezuela emerge de esta experiencia con un Estado más centralizado, con el retroceso relativo de los sectores más parasitarios del capital nacional y, por sobre todo, con una presencia más activa de las masas. Cualquier cambio de frente del proceso económico contará con estos factores como herramientas de trabajo.

Perspectivas
El chavismo ha combatido el desarrollo de un sindicalismo independiente. El Código de Trabajo introduce conquistas importantes para trabajadores tercerizados, pero impone el arbitraje obligatorio y la facultad del Presidente para decidir la legalidad de cualquier huelga. Las paritarias no se convocan cuando vencen los convenios; los salarios en la gran industria no han mejorado. Hay una estatización de los sindicatos.

La muerte de Chávez bloquea la posibilidad de que las masas de Venezuela agoten la experiencia política con su tentativa nacionalista. Las críticas o decepciones que pueda provocar la nueva gestión dejarán a salvo a esta experiencia histórica tomada en su conjunto. Desde el punto de vista del desarrollo de la conciencia de clase, la muerte de Chávez representa un bloqueo.

La muerte de Chávez crea, objetivamente, una crisis de régimen político, el del poder personal. Los sucesores deberán encontrar una salida alternativa. Gran parte del círculo que gobierna representa lo que el mismo pueblo chavista llama la “derecha endógena”. Una alternativa es que, luego de las próximas elecciones, el sistema político se ‘kirchnerice’ (algo irónico cuando se acusa a los K de ‘chavizarse’). Consistiría en una cierta parlamentarización del sistema en detrimento del verticalismo actual y de las organizaciones paralelas a las oficiales -como es el caso de los consejos comunales. El chavismo no está unido por un programa ni es homogéneo en términos sociales; aunque bullen las críticas en su seno, funciona como un aparato de Estado e incluso paraestatal. El nuevo gobierno deberá hacer frente, sin la autoridad de Chávez, a la desestabilización económica que crece y a devaluaciones aún mayores de las monedas. Sería un ajuste sin anestesia, en medio de un cambio de régimen. La última devaluación fue presentada por el equipo actual como una decisión que Chávez habría tomado en La Habana. Existe una fuerte crítica interna a la gestión distorsionada de la información sobre la enfermedad de Chávez, la que se ha interpretado como funcional al equipo que está al mando.

Después de las nuevas presidenciales, deberán tener lugar las elecciones municipales, las cuales han sido postergadas varias veces. Aquí, la oposición de derecha podría incrementar su representación. La división de la derecha, como lo observó hace poco Diosdado Cabello -presidente de la Asamblea nacional y presumible líder de la ‘derecha endógena’- “ustedes están más divididos que nosotros”. Es cierto. Acicateada por el uribismo colombiano, por los republicanos de Estados Unidos y por financieros venezolanos, una minoría activa impulsa la desestabilización. Parece encabezarla el alcalde de Caracas, Ledezma. Capriles sería la cabeza de la fracción conciliadora. En esta crisis de conjunto, las fuerzas armadas constituyen la carta de reserva para bloquear una disgregación política.

Se ha hablado hasta el hartazgo del liderazgo continental de Chávez. Cuando se mira con más cuidado es ese liderazgo el que operó, al menos en los últimos años, a la sombra del empuje de las mineras y contratistas brasileñas, las que han impuesto su agenda a través del ‘gobierno de los trabajadores’ de Lula y Dilma Roussef. La Unasur es un satélite de la diplomacia brasileña. Desde las ‘reformas’ en Cuba a las negociaciones con las Farc o los acuerdos con Irán, el operador fundamental ha sido Brasil, no Chávez -o sea la Bolsa de San Pablo (un santuario de los grandes bancos de inversión). No es casual que el Banco del Sur haya muerto a manos de los intereses del BNDES -el banco de desarrollo de Brasil (el cual financiará las obras hidroeléctricas de las contratistas brasileñas en la patria chica de CFK).

Se ha creado una situación nueva en América Latina. El desafío principal que ella representa es para la izquierda, la que es marginal a todo este proceso. Sin embargo, debería ser la protagonista histórica principal. Debería abrirse un debate continental para caracterizar esta nueva situación y sacar de ella todas las conclusiones revolucionarias.

Jorge Altamira

jueves, 10 de enero de 2013

LA RESPUESTA PARA IMPEDIR CUALQUIER GOLPE DE ESTADO ES EL GOBIERNO OBRERO Y POPULAR


LA RESPUESTA PARA IMPEDIR CUALQUIER GOLPE DE ESTADO ES EL GOBIERNO OBRERO Y POPULAR

Las bases chavistas han sido convocadas a las calles ante un supuesto golpe de estado que daría la derecha en la fecha en que la CRBV establece debería juramentarse Chavez como presidente ante la Asamblea Nacional. El vicepresidente Maduro ha informado que Chavez le ha indicado que por su delicada condición de salud no podrá hacer acto de presencia. Como resultado la derecha le exige a Diosdado Cabello que asuma él porque por la CRBV le correspondería ser el presidente de la república al ser presidente de la Asamblea Nacional.

En las calles también estarán la GNB y la PNB. "Nosotros desde el Comando Estratégico Operacional hemos tomado medidas y estamos dando un reforzamiento a los puestos fronterizos, implementando patrullaje intensivo con la Policía Nacional Bolivariana y la Guardia, para llevar esa sensación de paz que requiere el pueblo venezolano", según palabras del mayor general Wilmer Barrientos, jefe del Comando Estratégico Operacional de la FANB (AVN 09/01/2013).

Con ese despliegue de fuerzas civiles y militares en las calles a favor del chavismo en el gobierno y sin alguna convocatoria a éstas por parte de la derecha o de quienes la apoyan a menos que sea a modo de guarimbas a través de las redes sociales que tienen su origen en Miami, la posibilidad de un golpe de estado se traduce en ruido donde los herederos del chavismo en el gobierno enfrentan así su primera crisis política empantanados entre la defensa a ultranza que hacen al Estado de los capitalistas y la espera a una recuperación definitiva, aunque improbable, que le devuelva a Chavez el poder político presencial del gobierno y por tanto de ese mismo Estado. Tanto las propuestas del chavismo como las de la derecha lo que pretenden es sostener la viabilidad del Estado de los capitalistas aún en presencia de la crisis política que toma cuerpo.

El TSJ ha venido a convalidar constitucionalmente el derecho a los herederos del chavismo en el gobierno de ejercer ellos el poder político con una continuidad administrativa que no les transfiere el apoyo casi plebiscitario de las grandes mayorías pobres y explotadas que éstas les han dado a Chavez con el voto el pasado 7 de octubre.

Una encuesta de reciente data de ICS revela que 73,3% de la población tiene sus dudas con la información oficial suministrada respecto a la salud de Chavez y las perspectivas de su recuperación definitiva (30,5% de la población estaría poco o nada satisfecho, otro 12,8% estaría algo satisfecho mientras 30% lo estaría medianamente). Sin embargo “el informe de la encuestadora señala que 68,5% de los encuestados expresó estar de acuerdo con que se le permita al presidente Chávez cumplir con su recuperación y juramentarse después del 10 de enero” (AVN 10/01/2013).

Las grandes mayorías explotadas y oprimidas se encuentran ante la incertidumbre de la espera del retorno de Chavez al poder político o el aceptar que otros en su nombre lo asuman. Mayor complicación ante la discrepancia entre dos tendencias del chavismo en el gobierno representadas por Maduro y una buena parte del sector civil, y la otra por Cabello y el sector militar, este último favorecido con los resultados electorales a las gobernaciones del pasado 16 de diciembre.

Esta incertidumbre tiene una importancia excepcional en Venezuela, debido al carácter único del poder ejercido por Chávez. Más allá de la obsesiva exhibición que el chavismo hace de la CRBV, el régimen chavista se caracteriza por el poder personal, asentado en un apoyo plebiscitario de las grandes mayorías explotadas y oprimidas a Chávez. Se trata de una capacidad de arbitraje excepcional ante los conflictos de clases en el país. Un gobierno que se asiente en una referencia al chavismo, sin obtener para él una demostración de apoyo plebiscitario, no podría sustituir esa capacidad de arbitraje. Chávez entendió esto perfectamente cuando designó a Maduro como candidato en una nueva elección, que debía operar como un referendo popular hacia un chavismo sin Chávez. La dirección chavista ha vacilado, sin embargo, en seguir ese rumbo y se refugia en la expectativa de una rehabilitación, al menos parcial, de Chávez, como consecuencia de la competencia entre Maduro y Cabello.

Hay que aprovechar los deseos de movilización de las masas para que asuman ellos el gobierno en vez de que sirva de catarsis colectiva pero nada cambie. La izquierda clasista debe actuar para aclararle a las bases chavistas –que hoy en las calles se asumen de presidentes asumiendo el legado de Chavez– que el poder político puede ser asumido en los hechos en forma colectiva por ellos, más cuando a las condiciones de crisis política observadas se perfilan la de la crisis económica –consecuencia de los efectos de la bancarrota mundial del capital en el país–, que conduciría a una indetenible devaluación del bolívar y el uso de abundantes recursos monetarios, más de 18.000 millones de dólares para pagar deuda a los pulpos financieros capitalistas imperiales y una cantidad tres veces mayor para que la burguesía importe el 80% de lo que se consume en el país y la banca otra vez obtenga mayores beneficios, en vez de ser aplicadas en desarrollo productivo nacional o en un reforzamiento a las misiones ante el desabastecimiento y la especulación que organiza la burguesía de los artículos de primera necesidad como el pollo, el azúcar, el arroz y las harinas de trigo y de maíz ante la indiferencia de los funcionarios del gobierno bolivariano.

Es el gobierno obrero y popular la salida a las tentativas golpistas de la derecha pero también a la vacilación de la dirección chavista en el gobierno en asumir el legado dejado por Chávez. Es el gobierno obrero y popular la salida para poner presos a los especuladores y acaparadores. La salida es por la izquierda pero se requiere de su unificación tras un partido de los trabajadores para ser alternativa de poder en función de la clase social de las mayorías explotadas y oprimidas.

QUE LA CRISIS LA RESUELVA LA UNIÓN DE LOS EXPLOTADOS Y LOS OPRIMIDOS CON EL GOBIERNO OBRERO Y POPULAR.

QUE LA CRISIS LA PAGUEN LOS CAPITALISTAS QUIENES HAN SIDO LOS CAUSANTES. NO A LA DEVALUACIÓN NI AL PAGO DE LA DEUDA.

CÁRCEL A LOS ESPECULADORES Y A LOS ACAPARADORES.

POR UN FRENTE DE IZQUIERDA Y DE LOS TRABAJADORES QUE ORGANICE Y MOVILICE A LAS MASAS EN POS DE SU PROPIO GOBIERNO.

EL GOBIERNO DE LOS TRABAJADORES ES EL PASO CONCRETO PARA CONSTRUIR EL SOCIALISMO.

Opción Obrera
10/01/2013

Venezuela en una encrucijada


Venezuela en una encrucijada

La grave dolencia que aqueja a Hugo Chávez ha creado una situación política delicada en Venezuela. Chávez se encuentra impedido, en forma absoluta, de asumir su tercer mandato de gobierno en la fecha prevista por la Constitución.

La información sobre su estado de salud no es transmitida en forma directa por el equipo médico que lo atiende. La versión oficial, por su lado, no permite conocer de un modo incuestionable el grado de su impedimento ni las perspectivas y plazos de su recuperación. En previsión de una situación de este tipo, Hugo Chávez había designado al vicepresidente, Nicolás Maduro, como el candidato que debía representar su legado político a partir de la convocatoria a nuevas elecciones. No es éste, sin embargo, el rumbo que ha decidido tomar el oficialismo, el cual ahora busca refrendar el tercer mandato de Chávez con una movilización popular e incluso con la asistencia de algunos mandatarios latinoamericanos. El gobierno efectivo pasaría, entonces, a manos del vicepresidente Maduro, sin el requisito de un juramento previo.

De acuerdo con un analista político, Jorge Gómez Barata, en circunstancias “imprevistas” como lo es la actual, la Constitución de Venezuela “no establece lugar, fecha ni plazos” para la jura presidencial, lo que deja la facultad de aplicar el procedimiento de asunción del nuevo gobierno a la Asamblea Nacional o al Tribunal Supremo de Justicia. En la sesión parlamentaria del martes 8, la mayoría chavista estableció que no era necesaria la formalidad del juramento de Chávez, porque se trataría de una continuidad, sin interrupción legal, del mandato precedente. Como consecuencia de esta situación, se han establecido en Venezuela tres poderes. Por un lado, el del presidente Chávez, electo en forma plebiscitaria, quien, sin embargo, no puede ejercer su mandato, pero tampoco lo ha transferido a otra persona; por otro lado, la Asamblea Nacional, que legitima el ejercicio efectivo del gobierno en el vicepresidente electo, Nicolás Maduro; finalmente, Nicolás Maduro, que pasa a ser un presidente provisional sin término de mandato. Este esquema podría cambiar si una mejoría en su salud le permitiera a Chávez prestar juramento ante el Tribunal Superior de Justicia, incluso en La Habana, y el gobierno pasara al vice por impedimento temporal del titular.

La oposición al chavismo se ha trazado, en estas circunstancias, una política diferente al planteo oficial. Entiende que el impedimento de Chávez para asumir un mandato nuevo ha creado una acefalía de poder, la que debe ser superada por la asunción interina del presidente de la Asamblea Nacional y la convocatoria a elecciones en un plazo determinado. Si la salida decidida por el oficialismo equivale al establecimiento de un ‘gobierno de facto’, respaldado por la Asamblea Nacional; la que impulsa la oposición constituye, en principio, una tentativa de golpe de Estado -esto porque privaría a Hugo Chávez del mandato electoral que lo ratificó como Presidente, con independencia de la posibilidad de que se recupere físicamente en un tiempo previsible. La oposición se encuentra en el peor momento político desde que se unificó en un frente hace dos años, luego de haber perdido las elecciones presidenciales en octubre pasado, y después de la derrota severa que sufrió en las de gobernadores en diciembre. En este último evento, una parte considerable del electorado opositor boicoteó la asistencia a las urnas, en un claro síntoma de desmoralización política. Con la ofensiva por la convocatoria a nuevas elecciones, estaría pretendiendo explotar el desconcierto que ha provocado en el chavismo la incapacidad física de Chávez. Un sector de la oposición, por su parte, ha decidido apretar el acelerador: desde redes sociales, con sede en Miami, se ha convocado a manifestaciones de protesta contra la decisión de la Asamblea de legalizar el nuevo gobierno sin juramento previo de Chávez. La crisis agarra a la oposición en el peor estado desde el fracaso del sabotaje petrolero de 2002/3. Incluso es mayor su aislamiento internacional, como lo demuestra el respaldo de los gobiernos de Unasur a la salida provisional a la acefalía de gobierno decidida por el oficialismo.

La incertidumbre acerca de la sede del poder y de las personas que lo detentan tiene una importancia excepcional en Venezuela, debido al carácter único del poder ejercido por Chávez. Más allá de la obsesiva exhibición que el chavismo hace del libro de la Constitución bolivariana, el régimen chavista se caracteriza por el poder personal, asentado en un apoyo plebiscitario de la población pobre a Chávez. Se trata de una capacidad de arbitraje excepcional ante los conflictos de clases en el país. Un gobierno que se asiente en una referencia al chavismo, sin obtener para él una demostración de apoyo plebiscitario, no podría sustituir esa capacidad de arbitraje. Chávez entendió esto perfectamente cuando designó a Maduro como candidato en una nueva elección, que debía operar como un referendo popular hacia un chavismo sin Chávez. La dirección chavista ha vacilado, sin embargo, en seguir ese rumbo y se refugia en la expectativa de una rehabilitación, al menos parcial, de Chávez.

El asunto es álgido, porque Venezuela enfrenta desequilibrios económicos importantes que se manifiestan en la inflación, en un mercado de divisas paralelo que se cotiza tres veces por encima del oficial, en la falta de divisas para importar, en la expectativa de una nueva maxidevaluación. Un gobierno sin mandato popular propio, que solamente se asiente en el legado de Chávez, tendría, en principio, una enorme dificultad para tomar decisiones drásticas y una dificultad aún mayor para hacer frente a las protestas populares que no dejarían de generar. Es claro que si adoptara el reclamo de la oposición de llamar a elecciones, aparecería ante el pueblo como cómplice de una prematura decapitación de Chávez. Visto desde esta perspectiva, un gobierno interino del presidente de la Asamblea Nacional podría servir de cultivo a una enorme crisis política.

En los términos de las fuerzas en presencia, la situación creada en Venezuela parece empantanarse en un impasse, agravado por el cerco informativo sobre el estado de salud de Chávez. Es necesario, entonces, encarar esta crisis desde una perspectiva más amplia, que permita convertirla en preludio de desarrollos revolucionarios. En primer lugar, es obvia la necesidad de exigir una información médica directa de lo que está ocurriendo en La Habana, para que los trabajadores puedan evaluar la situación con un conocimiento cabal. El propósito de sustituir un poder plebiscitario personal por el de una camarilla que pretende recoger ese poder como una herencia, sólo puede conducir a nuevas crisis y a salidas anti-populares. Lo que sería realmente un avance es que las masas se reapropien del poder que cedieron a Chávez en forma plebiscitaria, esto por medio de un régimen asambleario -o sea formando consejos obreros, populares, comunas- con la finalidad de establecer un programa propio frente a la crisis social y económica, y de convertir a esos organismos en instrumentos de lucha social y política.

En Venezuela existe un árbitro potencial, frente a una crisis política, que no es otro que la cúpula de las fuerzas armadas, que controla la mayor parte del aparato de gobierno. Pero no sería un arbitraje popular y, por el contrario, podría convertirse en el punto de partida para revertir un ciclo histórico que comenzó con el caracazo de 1989; siguió con el levantamiento militar y popular de 1992, y tuvo su apogeo en la derrota del golpe de abril de 2002 y del lockout patronal de 2002/3.

Jorge Altamira

http://po.org.ar/po1254/2013/01/10/venezuela-en-una-encrucijada/