Opción Obrera es la sección venezolana de la CRCI (Coordinadora por la Refundación de la IV Internacional)

Propulsamos el desarrollo de una política proletaria al seno de los trabajadores tras su independencia de clase y una organización de lucha para su liberación de la explotación e instaurar El Gobierno de los Trabajadores, primer paso hacia el socialismo.

Ante la bancarrota capitalista mundial nuestra propuesta es que:


¡¡LOS CAPITALISTAS DEBEN PAGAR LA CRISIS!
¡LOS TRABAJADORES DEBEN TOMAR EL PODER!



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martes, 25 de octubre de 2016

Venezuela: Una “mediación” tardía y reaccionaria


Venezuela: Una “mediación” tardía y reaccionaria

Contra lo que sostiene una opinión difundida, ni el Vaticano ni Bergoglio han sido muy afortunados en sus “mediaciones” internacionales. El último fiasco lo constituyó el rechazo, por medio de un referendo, al “plan de paz” en Colombia, que habían avalado nada menos que Obama, Raúl Castro, el Vaticano y hasta Nicolás Maduro. Las “mediaciones”, en el caso de Venezuela, han fracasado en varios formatos, unas tras otras. Tampoco dio resultado la injerencia del Papa en el conflicto entre Israel y la Autoridad Palestina. Sin pretensiones supersticiosas, habría que tocar madera en lo relativo a la reanudación de relaciones diplomáticas entre EEUU y Cuba, donde se adjudica a Francisco un papel eminente, porque el bloqueo aún no ha sido levantado, ni hay señales de que ocurra en lo inmediato, mientras la prensa internacional está ventilando un negociación en curso de Cuba con China y por sobre todo con Rusia para instalar bases militares en la Isla Grande del Caribe. Después que el presidente de Filipinas anunciara una “separación” de su país de EEUU, el tablero diplomático es proclive a cambiar en cualquier dirección. Que lo digan, si no, Rusia-Turquía-EEUU, con sus blancos móviles en el Medio Oriente.

Con estos antecedentes precarios, Bergoglio se ha lanzado a una mediación final en la crisis de Venezuela, aunque no haya puesto la cara para sellar el trámite. Lo que para Página 12 culminaría una gestión de un par de días, para The Wall Street Journal fue un anuncio improvisado en un par de horas. Lo fundamental no lo ha dicho nadie, a saber, si es una mediación para contener un desenlace inminente del enfrentamiento político en Venezuela –o para precipitarlo. Por de pronto, la nueva negociación tendrá lugar lejos de Caracas, aunque tampoco la Isla Margarita asegura un ambiente sosegado. La mayoría de los representantes de peso de la oposición de derecha ha calificado al intento de tardío y carente de contenido, pues parte de una decisión del gobierno de anular cualquier posibilidad de ejercicio de referendo revocatorio del mandato de Maduro, que ha incluido, en los últimos días, el desconocimiento de la Asamblea Nacional controlada por la oposición. Maduro acaba de aprobar el Presupuesto 2017 por decreto. La llamada “ala dura” del chavismo tampoco lo bendice –simplemente porque no tiene contemplada ninguna concesión a los reclamos de esa oposición, y recela de los conciliábulos entre los mediadores a sus espaldas. Si la división del oficialismo se ratifica, la “mediación” podría acabar pariendo un cambio de gobierno. El aislamiento del chavismo es completo en todos los planos –político, social y financiero.

Ningún comentarista especializado destaca la ausencia de la mesa de uno de los protagonistas de mayor peso en esta crisis: los acreedores internacionales de Venezuela. La negociación deberá, sin embargo, satisfacer la posición de estos acreedores –antes que nada. En las últimas semanas, la estatal de petróleo, PDVSA, ha intentado en vano obtener un canje de deuda, que vence en noviembre –del orden de los US$ 5.500 millones, sobre una deuda de conjunto con acreedores privados de US$ 45.000 millones. Ha contratado para desarrollar el canje al Crédit Suisse, sin éxito. El chavismo ha pagado escrupulosamente, hasta ahora, los vencimientos de capital e intereses a los fondos internacionales, a costa de un freno al gasto de mantenimiento y a las inversiones de PDVSA. Algún comentarista recordó que esto ya lo había hecho Ceaucescu, en Rumania, en la década del 80 del siglo pasado: tuvo un éxito memorable, porque logró, a costa de una hambruna, reducir a cero la deuda externa, para acabar ante un pelotón de fusilamiento en medio de una revolución popular. 

El pago de la deuda en Venezuela ha redundado en una caída de la producción y en un “defol” con los acreedores locales. Las empresas extranjeras de servicios tecnológicos han salido del país. Las operaciones comunes con empresas extranjeras están paralizadas. Un fallo del estado de Delaware acaba de condenar a Venezuela a pagar US$ 3.000 millones por la nacionalización de la minera Cristalex, anticipando lo que ocurrirá en caso de “defaultear” la deuda externa. La prioridad otorgada al pago de la deuda externa ha redundado en la caída de un 60% de la importación de alimentos y de componentes para la producción industrial. The Wall Street Journal “admite” que una razón para rechazar el canje de deuda propuesta por el gobierno (que reconoce como muy “generosa”) es la expectativa de los acreedores en “un cambio de gobierno”. La suma de la deuda externa de PDVSA y de la administración nacional es de alrededor de US$ 80.000 millones, sin considerar la deuda con China, que es pagada con exportación de crudo, y que por lo tanto no reporta ingreso de divisas. Venezuela se encuentra negociando la deuda contraída con China.

El ajuste forzado impuesto por la carga de la deuda externa es acompañado por otro más “clásico”. Los “tour” de compras a los estados fronterizos con Colombia han dado paso a la liberalización de las importaciones en seis de esos estados, y por lo tanto a la liquidación de los controles de precios y de los precios máximos. Las góndolas han dejado de estar vacías, aunque a precios siderales respecto al salario. El propósito sería extender el proceso en forma paulatina a todo el país; el BCV intenta acompañar con un ritmo menor de emisión monetaria. Como ha ocurrido con el kirchnerismo, en Argentina, el perfil macrista del ajuste empieza a cobrar forma bajo el chavismo.

Es posible describir los términos de un acuerdo hipotético en Margarita. De menor a mayor, el chavismo reconocería, por lo menos, la soberanía de la Asamblea Nacional, con la cual debería acordar el Presupuesto. Nada menos que definir la política económica de un país quebrado y una inflación del 600% anual –con los hermanos caribeños de Macri, Temer, Duarte, Santos y el ‘peruano’ Kusinsky. La viabilidad de un acuerdo que levante los “cepos” dependería de la obtención de financiamiento internacional y de los condicionamientos políticos de esta financiación. La derecha concedería reportar el revocatorio al año que viene, pero a cambio de modificaciones en el poder judicial electoral. Incluso aceptaría la anulación sin más del revocatorio a cambio de un adelantamiento de elecciones presidenciales para fines de 2017. Un paquete de estas características implicaría, por lo menos, la sustitución de Maduro por su propio vice. El pacto establecería la intangibilidad de las FFAA y el alto mando chavista.

Como sea, incluso un acuerdo básico de estas características haría saltar las costuras tanto del chavismo como de la oposición de derecha. Colombia sirve de ejemplo, porque la derrota del Sí al plan de paz tuvo poco que ver con las críticas o rechazos a la llamada “justicia transicional” que se había concebido para las FARC, y mucho más con la disputa de poder dentro de la oligarquía de Colombia, entre los representantes del capital financiero, en la figura de Santos, de un lado, y de la maffia de acaparadores de tierras, en cabeza de Uribe, por el otro.

Es difícil asegurar si el apresuramiento mediador de la curia vaticana responde al temor de que la convocatoria de la derecha a una “ocupación de ciudades”, para el miércoles 25, se convierta en una rebelión popular que sea reprimida por las fuerzas armadas, pero si ello ocurre la propia mediación saltará por los aires. En Venezuela hay una crisis de poder irreversible: el destino del revocatorio, la salida al derrumbe económico, la defensa de los derechos laborales, sociales y democráticos ya no se juegan en el terreno preexistente sino que dependen de una salida de poder. El reconocimiento de una crisis de poder significa que el poder oficial del chavismo es un espectro, cuyo recurso último de defensa no es la movilización popular, que no quiere ni podría realizar, sino un golpe aventurero de las fuerzas armadas. Es, desde hace tiempo, un gobierno de facto en rápida declinación. La oposición de derecha, por su lado, ya se encuentra llamando a un golpe militar para implantar su salida “democrática”. Es necesario explicar este cuadro político a los trabajadores para explotar este momento de la crisis y las etapas subsiguientes de ella para desarrollar una alternativa socialista de la clase obrera. En oposición a mediaciones, regímenes de facto y salidas democráticas de derecha y golpistas, planteamos la convocatoria de una Asamblea Constituyente por parte de un gobierno de trabajadores.

La clase obrera, las masas y la izquierda de Venezuela están pagando ahora las consecuencias de no haber sido las líderes de la oposición popular al chavismo, ni de haber intentado crear las condiciones para serlo –en resumen, de haber cedido, por esa incapacidad, el liderazgo a la derecha. Fenómeno plebiscitario por excelencia, que oponía los votos a las conspiraciones de la derecha, el chavismo acaba entregando ese recurso plebiscitario a sus enemigos y repudiando el recurso al voto popular. Hijo histórico del caracazo, el chavismo se ve amenazado ahora por un caracazo dirigido por los represores de aquel. La catástrofe del chavismo ha sido un factor de primer orden en el desprestigio político que llevó al desplazamiento de los gobiernos “nac & pop” en el resto de América Latina. El seguidismo de la izquierda a los representantes del “mal menor”, acaba, por la misma lógica capitalista de ese “mal menor”, a la recuperación política y a la eventual victoria política del ala derecha del frente patronal.

En cualquier caso, sin embargo, las alternativas que se barajan en el campo de la burguesía para salir de esta catástrofe, no hacen sino abrir nuevos escenarios de crisis, seguramente más agudos. En primer lugar por un ajuste de características sociales muy violentas. En segundo lugar por la probable disgregación de los bloques capitalistas en presencia. En este cuadro, la llamada izquierda del chavismo ha entrado en un impasse irreparable al apoyar el revocatorio, o sea a respaldar la salida de la derecha, mientras el otro encabeza la salida “mediadora”. Es la oportunidad para que la izquierda revolucionaria de Venezuela juegue su papel histórico.

Jorge Altamira

miércoles, 25 de mayo de 2016

Trump, la fractura americana


Trump, la fractura americana

Hace un par de días, Donald Trump, el candidato virtual del partido Republicano, a la presidencia de Estados Unidos, volvió a mover los titulares, pero esta vez ‘a la Rodriguez Saa’ : dijo que tenía la intención de reestructurar la deuda pública del país. Añadió que aprovecharía una caida en la cotización de la deuda en los mercados, para efectuar una re-compra parcial. Como antecedente de una maniobra semejante citó sus propios negocios - que ha consistido en forzar a sus acreedores a aceptar descuentos o quitas. Colocó, así, como a la distraida, una bomba de tiempo en los mercados financieros, aunque sin poner en marcha el mecanismo del reloj. ¿Trump es, como dicen sus adversarios, un “political troll”?

Defol

La deuda del gobierno de EEUU está arriba de los u$s 14billones y la del conjunto de la Unión de u$s20 billones; representa casi un 90% y más de un 120%, respectivamente, de un PBI calculado en u$s16billones. Este nivel hipotecamiento no ha servido para mover a la economía y nunca fue concebido para emprender un rescate de la infraestructura pública en ruinas. Para atacar estas ‘materias pendientes’ Trump pretende recortar impuestos e impulsar un plan de obras públicas que redundarían en un déficit fiscal de u$s10 billones en la próximas década. El acreedor principal del estado es, como ocurre en Argentina, el Banco Central, pero le siguen China, Japón y Arabia Saudita, y una enorme tropa de fondos financieros. La sola victoria electoral de Trump desataría una ola de ventas de la deuda norteamericana y una caida fuerte de su cotización - además de la devaluación del dólar y el encarecimiento financiero. Convertiría a la crisis fiscal en financiera. Sería en ese escenario que Trump haría efectiva su maniobra de recompra de la deuda a precios de saldo, sin esperar, como ocurrió en Argentina, la invasión de los ‘fondos buitres’. Trump tendría la ventaja adicional, por supuesto, de que re-compraría la deuda mediante la emisión de la propia moneda.

Esta breve descripción pone en evidencia que en EEUU se ha impuesto una candidatura electoral alternativa de carácter proteccionista y nacionalista. Trump ha ganado, sin embargo, las primarias del partido que representa, por el contrario, el ala extrema del liberalismo económico y de la ‘globalización’. Plantea poner fin a la tercerización a otros países de la producción norteamericana, a la que incluso pretende ‘castigar’ con barreras arancelarias. Citó el caso de la fábrica Carrier, que anunció el traslado de la mayor parte de sus plantas a México. Como sacado de un libreto K-K, el hombre es un ‘mercado-internista’. Aseguró que reitraría a EEUU del Nafta (el acuerdo comercial con Mexico y Canadá). Con esta estrategia política, Trump asegura que EEUU pasaría de un crecimiento menor al 2% anual a otro del 6%, y que por esta vía solucionaría la recesión industrial, la baja calidad del empleo, los problemas fiscales y el peso elevado de la deuda pública. Ha anunciado que penalizaría las importaciones de China, lo cual explica su posición ‘defolteadora’ con la deuda pública que tiene a China entre los principales acreedores. Con estos supuestos económicos, Trump ha insinuado, en forma repetida, que revisaría las alianzas internacionales de EEUU, y que incluso entraría en una pseudo alianza con Rusia frente a la Unión Europea. Ha amenazado a esta última con un desmantelamiento de la OTAN, si no contribuye en mucha mayor medida a los gastos de esa alianza militar. No está pensando en dejar a Europa a la deriva sino a convertirla en un protectorado; lo prueba la penetración norteamericana en Europa del este, el Báltico y Ucrania. Ha amenazado a Japón con discontinuar la alianza militar si no abre en mayor medida su economía.

Los planteos de Trump dejan al desnudo, antes que nada, el impasse del capitalismo norteamericano y del conjunto de la economía mundial. Trump se atreve a atacar el tejido económico internacional por la simple razón de que ese tejido se encuentra en proceso de fragmentación. La economía mundial es demasiado chica para absorber la enorme sobreproducción de China, que está llevando al cierre de la siderurgia en Gran Bretaña, Francia y España. Lo mismo ocurre con la posibilidad de que la economía y los Tesoros nacionales puedan seguir valorizando un capital financiero internacional (ficticio) que supera holgadamente los mil billones de dólares.

Trump surge en la línea del antiguo Tea Party, pero no se queda en los límites de una ‘filosofía’ neo-liberal unida a la violencia. La OTAN se ha convertido en un simple paraguas norteamericano. El mundo asiste a una gigantesca intervención norteamericana enteramente unilateral, que tampoco se limita a las invasiones u ocupaciones militares tradicionales, puesto que se vale de la cibernética, el manejo de ejércitos extranjeros, un sistema de asesinatos por medio de drones y una parnefalia de medios de intervención, como el golpe en Brasil, que fue preparado luego de un largo periodo de espionaje de la administración y empresas brasileñas. La confrontación con China tampoco es un invento de Trump: las sanciones contra las importaciones chinas están en vigencia en Estados Unidos; se ha firmado un tratado con las naciones del Pacífico (en especial Japón) para presionar a China a abrir sus puertas financieras y comerciales; hay escaramuzas militares en el mar de China. La llamada ‘comunidad internacional’ resiste ahora el otorgamiento a China del status de economía de mercado, para que no se acoja a los beneficios comerciales de la Organización Mundial de Comercio.

Las contradicciones de los planteos de Trump son, sin embargo, flagrantes y no se limitan a la fantasía de pretender que el capital se repliegue sobre sus fronteras nacionales. Los capitales norteamericanos e internacionales del gas y petróleo no van a poner en peligro la posibilidad de exportar el ‘shale gas’ a Europa y Asia, ni el gas natural a México. Apple no va a dejar de subcontratar con Foxcom en China el armado de sus ‘phones’. Antes que ir a una guerra por el comercio del acero, el capital internacional preferirá redimensionar el comercio internacional (como ya lo hizo con calzados y textiles) y dejar la siderurgia a China (una industria madura) y escalar la tecnología de última generación. Incluso la industria automotriz tradicional podría convertirse en chatarra con la emergencia del auto a batería y la conducción automatizada. El matrimonio de Ford con Apple está consumado. La agenda proteccionista de Trump es limitada: en el caso de los bancos es claramente ‘internacionalista’: rechaza la regulación (Frank-Dodds) que exige un reforzamiento de sus capitales con relación a sus negocios (porque son “muy grandes para quebrar”), para librarlos de cualquier cadena en la disputa del mercado financiero internacional - ¡como ya viene ocurriendo!

El antagonismo entre la economía mundial, por un lado, y los estados nacionales, por el otro, vuelve a cobrar una agudeza colosal; es lo que refleja la metrópoli propia del imperialismo. En numerosos países, la política burguesa tradicional es sustituida por los Trumps, con éxito variado. Citemos a casi todos los países de Europa, donde el ‘trumpismo’ proclama un más fantasioso retorno a las fronteras nacionales. El europeísmo ha perdido varios referendos y esto ocurre al interior de los estados como Gran Bretaña y España. Asistimos a la desintegración del orden posterior a la disolución de la Unión Soviética.

La economía política de Trump supone una política nacionalista y por lo tanto, en última instancia, una movilización de masas. Al asunto de la vigencia del fascismo se añade el de la polarización política, que en general es precursora de los fenómenos fascistas. La cuestión migratoria o la racial no puede sustituir, para la gestación de un fenómeno fascista, a la polarización entre capital y trabajo. El aumento de las privaciones y la miseria de las masas tampoco es lo mismo que la polarización política - para ello aquella miseria debe convertirse en lucha de clases. En Estados Unidos ha avanzado en forma implacable la represión en todas sus formas y la militarización de la policía. Trump representa una reacción defensiva del aparato de represión, incluida la justicia, ante la elección de autoridades municipales progresistas, migrantes o negras, y ante la movilización creciente de estos sectores. Esta pelea fundamental ha ocupado parte de la campaña electoral, que se manifestó en los choques entre miitantes del campo de los ‘indignados’ y los guardias del magnate. El fenomenal ascenso de Bernie Sanders prefigura una tendencia a la polarización política, pero para que ésta domine el escenario será necesaria la intervención en la lucha de la clase obrera norteamericana en todos sus componentes.

Las primarias han dejado al desnudo la desintegración de los partidos capitalistas históricos de EEUU. La crisis del partido republicano podría ser terminal e incluso plantea una crisis de régimen político del país. Trump representa la victoria de una camarilla y de un caudillo - de un candidato al bonapartismo. Esto plantea un derrocamiento del ‘establishment’ del partido y, más allá, una confrontación de la base parlamentaria de este partido con Trump en el caso de una victoria republicana. Una contradicción, en suma, entre un ejecutivo con tendencias bonapartistas, por un lado, y un parlamento (incluidos los representantes demócratas) que sigue representando al conjunto de la burguesía norteamericana. Una victoria de Hillary Clinton alteraría este escenario en términos de grado. Estados Unidos podería ingresar en un sistema de cuatro partidos, como ocurre en la actualidad en España. Esta situación convertiría al parlamentarismo norteamericano en un campo de disputas diseminado.

No debería sorprender que USA encare la crisis a lo búfalo.

Jorge Altamira 24 05 2016 Partido Obrero Argentina

viernes, 4 de octubre de 2013

Un buitre en “defol”


El impasse presupuestario en Estados Unidos
Un buitre en “defol”

El impasse presupuestario de Estados Unidos ocupa la plana principal de la información en todo el mundo. Las divergencias entre el Senado (con mayoría demócrata) y Diputados (republicano) bloquean la aprobación de las cuentas públicas desde mayo pasado, cuando el gobierno de Obama se vio obligado a aplicar un “sequester” –en referencia a la suspensión de los gastos por parte de las agencias estatales–, para no violar los topes de deuda pública que autoriza la legislación norteamericana. La crisis fue esquivada por el hilo más delgado: los desembolsos destinados a numerosos programas sociales. Numerosos artículos, incluso en la prensa financiera, han dado cuenta del impacto de estas medidas en la acentuación de la pobreza de Estados Unidos. Los recortes afectaron el programa de “food stamps” (bonos alimentarios [Nota de Opción Obrera: realmente “vales o cupones para adquirir alimentos”]), que tenía un presupuesto de 40 mil millones de dólares. La deuda pública norteamericana es del orden del 120% del PBI –cerca de los 16 billones de dólares– solamente superada por las de Grecia (160%), Italia (135%) y Japón (240%). Hay una diferencia, sin embargo, porque en el caso de Europa la tasa sube, principalmente, por la caída del PBI, en tanto que en Estados Unidos, el incremento obedece al crecimiento de la deuda bruta.

El párate de estos últimos días está relacionado con nuevos factores. Ocurre que el Partido Republicano se niega a aprobar los gastos que contempla la reforma de la salud aprobada el año pasado, a la cual califica de “estatista” y “socialista”. La reforma, en realidad, no modifica un ápice el carácter privado de la provisión de salud en Estados Unidos, simplemente subsidia una parte de la atención para 48 millones de personas que se encuentran fuera de cualquier servicio médico. Bien mirada, representa una ampliación gigantesca del mercado de salud más caro del mundo, financiado por los usuarios, por un lado, y los contribuyentes, por el otro. Un intento del ex presidente Clinton, en 1995, para establecer un control de los costos de servicios médicos (gigantescamente inflados), acabó en una vergonzosa derrota. El objetivo de Clinton era abaratar los costos de las contribuciones a la salud que corresponden a las empresas y al Estado, y con esto mejorar la capacidad de competencia del capital norteamericano en el mercado mundial.

El impasse sobre este tema ha obligado a cerrar en forma temporaria parte de la administración pública, pero no ha alterado, hasta el momento, a los mercados financieros: las bolsas han registrado subas y la cotización del dólar se ha mantenido estable. Para algunos, la verdadera crisis tendrá lugar el 17 de octubre próximo, cuando la deuda pública norteamericana supere el tope de 16 billones de dólares [Nota de Opción Obrera: 16 millones de millardos o 16 con doce ceros] establecido por ley. En Estados Unidos existe, desde 1912, esta norma de endeudamiento, con independencia de las necesidades de deuda que genere el cálculo de gastos y recursos que establezca el presupuesto. En este caso, la casa matriz de los fondos buitres caería en el “defol técnico” [Nota de Opción Obrera: suspensión o moratoria en el pago de la deuda externa] que viene amenazando a Argentina como consecuencia de las sentencias dictadas por los tribunales de Nueva York. Objetivamente, sin embargo, ya se encuentra en “defol”, porque el 20% de ella es financiada por el Banco Central norteamericano. Los tenedores de bonos nacionales son apenas el 25%, en tanto que la mitad de esta deuda colosal está en manos extranjeras, en primer lugar China y Japón. Un retiro de fondos de estos países, cuyas propias finanzas están en ruinas y no podrían aceptar un derrumbe de la deuda de Estados Unidos, pondría un punto final a la deuda norteamericana y al dólar.

La deuda pública norteamericana no es, por varias razones más, una deuda cualquiera. Domina, por medio de diversos canales, el financiamiento internacional. Marca, por de pronto, la tendencia de la tasa de interés internacional. El flujo del dinero extranjero ha permitido a los capitales norteamericanos financiar sus inversiones en China, donde obtienen una tasa de beneficio anual del orden del 30 al 50%, frente a un 2% promedio de rendimiento de un bono estadounidense. Cuando se mira el carácter dual o contradictorio de este flujo de capitales, se observa que la deuda potencial de China con Estados Unidos es mayor que la que surge de la diferencia de stock de deuda bruta acumulada en cada uno de ellos.

La compra de deuda pública desata un proceso especulativo que va más allá del acto inicial. Los bonos del Tesoro son usados como colateral o garantía para comprar más bonos por medio de préstamos, en forma sucesiva, o para financiar la inversión de capital dinero en el exterior. Cuando lo hace la Reserva Federal, el mecanismo se desarrolla a partir del incremento de liquidez que produce en los bancos privados. A través de entidades financieras conectadas, ese dinero va a activos ya existentes, a la Bolsa y a los llamados mercados emergentes. La crisis mundial no ha atenuado la especulación financiera –la ha acentuado. La banca internacional tiene en sus cajas alrededor de tres billones de dólares, que sin embargo no se canaliza al crédito ni se invierte en la industria (un síntoma de que no se ha recuperado la tasa de beneficio del capital). Ese dinero financia la deuda pública mundial y se aplica todo tipo de instrumentos financieros y a la compra de capitales rivales (mayor centralización del capital), como ocurre ahora con las telecomunicaciones (Verizon-Vodafone, Telefónica-Telecom). Se ha desarrollado de esta manera una contradicción explosiva: la abundancia de dinero, por un lado, y la escasez de oportunidades de inversión, por el otro, ha creado una burbuja especulativa gigantesca, cuya explosión inevitable impondrá el destino definitivo a la bancarrota capitalista en curso.

Es curioso, al respecto, lo siguiente: la perspectiva de un “defol técnico” no ha afectado a las tasas de interés de la deuda norteamericana. Se ha producido una cancelación anticipada de deudas contraídas en Estados Unidos, que se encontraban aplicadas en el exterior, por la perspectiva de que pudieran aumentar las tasas de interés en caso de que ese “defol” se concrete. Es lo que explica, en gran parte, la ola de devaluaciones en los llamados países emergentes. Una caída de la cotización de la deuda norteamericana podría provocar también una nueva escalada del oro, como consecuencia de la pérdida de confianza en las deudas estatales y en el dólar, por parte de los especuladores.

En el plano fiscal, el ataque a los gastos del Estado, con el pretexto de solventar el pago de la deuda, ha reducido la demanda interna en Estados Unidos y afectado una recuperación de la economía. El último pronóstico de la Reserva Federal apunta a una mayor desaceleración del PBI. Se refuerza la tendencia a la depresión de la economía, en forma combinada con la inflación de las deudas y las emisiones de moneda. La emisión monetaria, acompañada por el ajuste fiscal, sin contrapartida de un aumento en gran escala de los gastos públicos (salvo los de amortización e intereses de la deuda), produce una “rotación” del dinero entre aplicaciones especulativas, que en última instancia se retira de la circulación al atesoramiento (oro).

La deuda pública norteamericana, cuyo tope debería ampliarse en las semanas que vienen, porque no existe otra forma de abordarla si no es por medio de postergar su pago, es el punto de partida de un mecanismo de especulación financiera cada vez mayor, cuyo (nuevo) estallido solamente espera un (nuevo) detonante. La mecha circula por Grecia, Italia, España, India, Indonesia y Brasil –y la crisis de deuda de Estados Unidos.

Jorge Altamira*
03/10/2013

*Jorge Altamira es candidato a diputado por el FIT a las elecciones generales de octubre de este año.