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Ante la bancarrota capitalista mundial nuestra propuesta es que:


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jueves, 21 de julio de 2016

Tesis de la conferencia sobre América Latina convocada por el PO de Argentina y el PT de Uruguay



Tesis de la conferencia sobre América Latina convocada por el PO de Argentina y el PT de Uruguay

El 15, 16 y 17 de julio sesionó en Montevideo la Conferencia Latinoamericana de la izquierda y el movimiento obrero, convocada por el Partido de los Trabajadores (PT) de Uruguay y el Partido Obrero (PO) de Argentina. Más de 300 compañeros participaron en las tres jornadas. Hubo delegaciones del POR de Chile, Tribuna Clasista de Brasil, Opción Obrera de Venezuela, compañeros del Paraguay, del Partido Obrero de Argentina y, por supuesto militantes y simpatizantes uruguayos. El viernes 15 se realizó el acto de apertura en la Asociación de Periodistas del Uruguay, donde hicieron uso de la palabra las delegaciones internacionales presentes. Cerraron el acto Néstor Pitrola (ver video en la página de Prensa Obrera) y Rafael Fernández. El sábado 16 hubo tres mesas redondas públicas en la Facultad de Humanidades. El domingo 17 la Conferencia culminó con un plenario –en la sede del sindicato de trabajadores estatales– con todas las representaciones latinoamericanas e invitados especiales. Se aprobó un documento programático que tomó de base las Tesis enviadas por Jorge Altamira (verlas en https://www.facebook.com/jorge.altamira.ok/posts/590352607812271).

Como resultado del debate, en  el que hubo más de treinta intervenciones, se incorporaron aportes y agregados. El documento final fue votado por unanimidad. Se aprobó, asimismo, un plan de acción y difusión. A continuación reproducimos el texto completo  de ese documento.

El aspecto político más destacado que confronta la izquierda de América Latina es el derrumbe de los gobiernos nacionalistas o de centroizquierda, desde el chavismo en Venezuela hasta el petismo, el kirchnerismo y el ‘luguismo’, en Brasil, Argentina y Paraguay. Dentro de esta tendencia asoman en el radar el ‘frente ciudadano’ en Ecuador, el indigenismo boliviano y el Frente Amplio en Uruguay. El otro aspecto decisivo es el destino de la Revolución Cubana.

La situación política en que se encuentra la izquierda en la nueva etapa está determinada, en gran parte, por su política durante la experiencia nacionalista. Por eso, para afrontar el nuevo período es necesario un balance riguroso de la actuación política en la etapa precedente. El conjunto de las fuerzas políticas en presencia, sean burguesas y por sobre todo la izquierda, no ingresan en esta etapa como un papel en blanco, que estaría abierto abstractamente a todas las posibilidades que ofrece el nuevo período. Por el contrario, están condicionadas por sus programas y por sus políticas precedentes, e incluso por los compromisos anudados en la etapa que ahora se agota.

Nacionalismo burgués

El derrumbe de las experiencias nacionalistas en cuestión es, antes que nada, un resultado político concreto de la bancarrota capitalista mundial, que asumió un carácter de conjunto a partir de la crisis bancario-hipotecaria de mediados de 2007. Es una consecuencia política objetiva de la quiebra capitalista. En grado diverso, la bancarrota capitalista ha afectado a todos los regímenes en el mundo entero, desde, por ejemplo, las revoluciones árabes hasta el reciente referendo de separación de Gran Bretaña de la Unión Europea. En América latina se manifiesta desde Puerto Rico y Cuba hasta Colombia. Ha devuelto actualidad a la cuestión de la independencia nacional de Puerto Rico. Es necesario el análisis materialista de este derrumbe político.

Empujado al poder político por bancarrotas económicas extraordinarias desde los años 90, el nacionalismo de contenido burgués se viene abajo ahora como resultado de la acentuación y profundización de aquellas bancarrotas. El chavismo y el nacionalismo militar venezolano han sido un emergente del ajuste criminal del gobierno de Acción Democrática en 1989, y del Caracazo; el kirchnerismo, una metamorfosis del menemismo como consecuencia del Argentinazo; el largo proceso de desarrollo del PT culmina en el gobierno del Frente Popular, en 2003, luego de la bancarrota brasileña que siguió a la crisis asiática, al derrumbe financiero de Rusia y al estallido, con alcance sistémico, del fondo LTCM de Estados Unidos. Los ascensos de Evo Morales y Rafael Correa, en ese mismo período, 2000/4, fueron el resultado demorado y distorsionado de grandes insurrecciones de masas, detonadas por las crisis de las privatizaciones precedentes.

Respuesta defensiva a la crisis mundial, el nacionalismo burgués encuentra sus límites insalvables en esta misma crisis mundial y en la declinación histórica del capitalismo.

El proceso nacionalista burgués de las últimas dos décadas se caracteriza, asimismo, por un planteo de desarrollo capitalista fuertemente parasitario. En los entresijos de la crisis mundial, América latina asistió a dos ciclos de grandes subas en los precios internacionales de las materias primas. Fueron descriptos como el final de la tendencia al deterioro de los términos negativos del intercambio comercial. Los superávits comerciales originados por esos aumentos dieron lugar, a su vez, a un nuevo ciclo de endeudamiento internacional (público y privado), promovido por el respaldo que ofrecía el crecimiento de las reservas internacionales. El pago de la deuda externa heredada se hizo  con la emisión de deuda interna y el vaciamiento de esas reservas. La abundancia de liquidez fue aplicada a la expansión sin precedentes del crédito al consumo, a tasas de interés excepcionales o subsidiadas por el Estado.

Se desarrolló, de este modo, un ‘populismo bancario’, que engordó los beneficios financieros a costa de una creciente hipoteca de las familias. Fue una versión latinoamericana de los créditos ‘subprime’, que detonaron la crisis en Estados Unidos. Los llamados planes sociales, en muchos casos financiados por el Banco Mundial, embellecidos por el ‘relato’ del fomento del consumo, encubrieron la falta de creación de empleo y la casi nula industrialización, y ahora se encuentran amenazados por déficits fiscales descomunales (que obedecen, por supuesto, a otras razones, en primer lugar el pago de intereses usurarios de la deuda pública y el financiamiento público subsidiado para los capitalistas). El mito de la creación de una clase media se derrite ahora a la vista de todos como la nieve en vísperas del verano.

Lejos de haber esquivado la bancarrota capitalista mundial, la gestión política nacionalista (a veces tildada de progresista) operó para convertir a las naciones de Latinoamérica en un vaciadero del capital financiero internacional – que encontró en estas gestiones el mercado para su producción excedente, la rentabilidad para sus inversiones financieras y la recuperación de sus créditos incobrables. Las contratistas de obras públicas ‘nacionales’ tuvieron una expansión sin precedentes en Brasil (¡por supuesto!), en Centroamérica, Venezuela, Cuba, Perú y Argentina, acompañadas de un alto endeudamiento internacional y un festival de sobreprecios.

El derrumbe de las experiencias nacionalistas viene acompañada por las quiebras de empresas estatales y privadas (desde Odebrecht y el complejo en torno a Petrobras hasta las Telecom o la siderurgia en Brasil, o YPF y el sistema energético en Argentina, y Pdvsa; déficit fiscales extraordinarios, y por último el defol de hecho de la deuda externa, que solamente es honrada con nueva deuda a tasas usurarias y la venta de activos industriales).

Las experiencias nacionalistas de las dos décadas recientes han estado muy por detrás de las realizaciones de la precedentes –como el primer peronismo, el varguismo, el nacionalismo boliviano desde la guerra del Chaco o el velazquismo ecuatoriano. Rafael Correa sigue empeñado aún en conciliar el planteo nacionalista con la dolarización y la autonomía económica con el rentismo petrolero. Para ello ha contraído, al igual que Venezuela, una deuda impagable con la República China, contra la garantía de la entrega del petróleo. Al “eterno retorno” del nacionalismo se le aplica aquella frase de Marx acerca de la repetición de la historia. El sujeto histórico del nacionalismo –la burguesía nacional–, que además se hace sustituir por movimientos pequeño burgueses, militares o incluso de ‘trabajadores’ (PT), es más impotente que nunca para encarar una iniciativa nacional autónoma, en el marco de la decadencia del capitalismo mundial. Las segundas partes no han sido, entonces, mejores; el nacionalismo es un planteo históricamente en retroceso, incluso cuando asume posiciones nacionales progresivas de carácter parcial. El chavismo se ha destacado como una tentativa de ir más lejos que los precedentes deslucidos de los adecos, y el reparto corrupto del aparato del estado por el Pacto del Punto Fijo.

Socialismo del Siglo XXI

El esfuerzo del chavismo por fundar su experiencia en términos bolivarianos (unidad continental), no ha tenido destino –ni siquiera las iniciativas del Gasoducto del Sur o del Banco del Sur. Estos planteos no fueron tenidos en cuenta cuando se aprobó el ingreso de Venezuela en el Mercosur o cuando se creó la Unasur (un vehículo de exportación de las contratistas brasileñas y de Embraer), ni menos aún en ocasión de la creación del Banco de Desarrollo propuesto por China. El planteo bolivariano quedó reducido a una invocación nacionalista romántica, con la finalidad reaccionaria de realzar a las fuerzas armadas. Fue utilizada como instrumento de propaganda política contra el uribismo colombiano, el cual era señalado como descendiente directo  general Santander –que dividió la entonces Gran Colombia.

Por otro lado, se ha pasado por alto  el contenido contrarrevolucionario que encierra la etiqueta del Socialismo del Siglo XXI –inventada, por otra parte, no por Chávez sino por un diletante académico, Heinz Dietrich, que ya hace rato dio marcha atrás y ha pasado a pregonar la conciliación con los escuálidos. Dietrich no fue el único consejero que consiguió la atención superficial de Chávez; otros le aconsejaron impulsar la creación de la V Internacional, que no tuvo la menor trascendencia. La etiqueta del Siglo XXI es una réplica negativa, no ya a la revolución bolchevique de 1917, sino a la Revolución Cubana –el estadio más alto que alcanzó la revolución latinoamericana. La Revolución Cubana (siglo XX) arrancó con un planteo democrático y llegó a la expropiación masiva del capital extranjero y nacional. Los simpatizantes más politizados del chavismo pasan por alto el significado estratégico del recule programático y estratégico que encierra esta preferencia por el siglo XXI.

La actualidad de la revolución socialista emana del ingreso del capitalismo en la época de la decadencia o declinación histórica, de la época en que el desarrollo de las fuerzas productivas asume un carácter cada vez más parasitario  y destructivo, cuando la colisión de ellas con las relaciones de producción y las estructurales estatales y nacionales se hace más violenta. La etiqueta de Siglo XXI, que no se utiliza solamente para banalizar al socialismo sino que es invocada a cuento de cualquier cosa, no pasa de ser un recurso publicitario o de ‘marketing’ político.

El punto de partida de este despegue político lo inició, en realidad, el sandinismo, el cual, a la inversa de la Revolución Cubana, empantanó la revolución victoriosa de mayor protagonismo de masas en la historia de América latina (una guerra civil de masas que dejó 50 mil muertos en pocos meses), mediante una política de conciliación política con la burguesía democrática. Lo hizo en total acuerdo con la burocracia de la ex URSS y el castrismo, que para esa época ya había abandonado el foquismo y buscaba esa misma conciliación con las burguesías latinoamericanas y EE.UU. Años más tarde, el sandinismo retornó al gobierno como un gendarme del orden capitalista, piloteado por Daniel Ortega. El socialismo del siglo XXI postula un cambio social en los marcos capitalistas), sin revolución, o sea sin la destrucción del aparato de Estado existente, y sin gobierno de trabajadores (dictadura del proletariado). El ropaje militar y el apoyo popular no convierten al chavismo en socialismo de ningún tipo, sino en un ‘replay’ de la demagogia socialista que ha caracterizado a todos los movimientos nacionalistas en el mundo. Esto ha sido así desde la declinación de la Revolución Francesa y, en especial, desde Napoleón III y Bismarck –los ‘populistas’ por antonomasia (se caracterizaron por impulsar la mayor acumulación de capital de todo el siglo XIX).

Nacionalizaciones

Donde más se observa la decadencia del nacionalismo de contenido burgués es en el campo de   las nacionalizaciones. De un modo general, la estatización de parte del capital extranjero obedece al propósito de impulsar el desarrollo de las fuerzas productivas que la burguesía nacional se muestra incapaz de hacer por la presión del capital financiero internacional. En este sentido, las nacionalizaciones procuran potenciar el campo de explotación social de la burguesía nacional y ofrecer una base más sólida al Estado capitalista. En el momento oportuno esas estatizaciones pueden revertirse en privatizaciones en beneficio de esa misma burguesía nativa en la medida que se haya desarrollado en forma suficiente para ello. Las nacionalizaciones más avanzadas del nacionalismo latinoamericano han sido la del petróleo mexicano por Lázaro Cárdenas; la de la United Fruit, en Guatemala; la minería en la Revolución Boliviana de 1952 y la del petróleo en 1970; y las del petróleo y las haciendas de la Costa por parte de gobierno militar peruano.  Es frecuente que la izquierda confunda las nacionalizaciones burguesas con la expropiación del capital que tiene por sujeto al proletariado y al gobierno de los trabajadores. La expropiación sin pago del capital por parte de la Revolución Cubana constituye una transición histórica entre las nacionalizaciones burguesas más avanzadas y las nacionalizaciones que realizan los gobiernos de trabajadores que emergen de las revoluciones proletarias. El contenido histórico de ellas queda condicionado al curso ulterior de la lucha de clases, nacional e internacional. La izquierda tiene la responsabilidad de abrir una discusión de este proceso, sobre la base de una investigación, en lugar de sustituirlo por simples etiquetas.

En numerosos casos, las nacionalizaciones burguesas operan como un rescate del capital extranjero con cargo a las finanzas públicas. Este vaciamiento fiscal conspira contra el ulterior desarrollo de las fuerzas productivas planteado por la nacionalización. Los casos más conocidos son las ejecutadas por el primer peronismo respecto al capital británico que necesitaba una retirada. El caso de los ferrocarriles es paradigmático, porque acentuaron un deterioro que se aproxima a casi un siglo. Para lograr sus propósitos, el imperialismo británico bloqueó los créditos de Argentina depositados en Londres. Lo mismo se puede decir de la nacionalización del petróleo de Venezuela, en los 70, que sirvió para financiar una enorme especulación inmobiliaria y una mayor corrupción.

En contexto diferente, el gobierno de Chávez realizó lo mismo con la estatización de las telecomunicaciones (Verizon) y la siderurgia (Sidor), o sea a cuenta de los enormes ingresos petroleros. En un caso las indemnizó a un precio elevado de Bolsa (que se establece, especulativamente, por la rentabilidad esperada, en lugar del valor de los activos), es decir, con un premio sobre el capital. La nacionalización benefició a Verizon en otro aspecto, porque enseguida su cotización cayó en forma acentuada como consecuencia de la crisis financiera internacional. El otro, Sidor, el Estado tomó a su cargo toda la deuda oculta (pasivos laborales) del grupo Techint, lo cual resultó en una indemnización colosal.  Las estatizaciones de este tipo constituyen una transferencia de ingresos de los trabajadores hacia los capitalistas extranjeros, por medio del gasto fiscal. Representan una descapitalización, y por lo tanto una hipoteca para el desarrollo de las fuerzas productivas. El derrumbe de las empresas nacionalizadas, en Venezuela, ha provocado un retroceso de las expectativas estatizantes en la conciencia de las masas, algo que aprovecha la derecha para devolver vigencia al programa privatizador.

La estatización del 51% del capital de YPF-Repsol, por parte del kirchnerismo, se hizo a costa una cuantiosa indemnización por una empresa que había agotado las reservas de gas y petróleo. El ‘relato’ nacionalizador encubrió una reprivatización del petróleo en Argentina, pues YPF se ha convertido en empresa mixta que cotiza en las bolsas internacionales El relato ‘nacional y popular’ del kirchnerismo es, además, particularmente ‘curioso’, porque su principal empeño estuvo dirigido a preservar, con subsidios, a las empresas privatizadas del menemismo. El resultado ha sido, de un modo general, un enorme vaciamiento productivo e industrial en el área energética. En plena ola de demagogia estatizante el Frente de Izquierda, en Argentina, desarrolló una firme denuncia contra la reprivatización petrolera, que luego quedó confirmada por la asociación sigilosa de YPF con la norteamericana Chevron.

El Manifiesto Político presentado por el Partido Obrero al FIT, para la campaña electoral de 2013, se centró en una crítica marxista de las nacionalizaciones capitalistas, sus contradicciones y limitaciones.

Otro tema que debe ser objeto de debate es la nacionalización del petróleo en Bolivia, que no es tal. Consiste en un cambio importante en la tributación por parte del capital petrolero internacional, que sacó a las finanzas públicas del déficit crónico. El indigenismo oficial logró, por esta vía, desviar el reclamo de nacionalización integral que hizo la insurrección de octubre 2003. Lo mismo ocurrió con la cuestión agraria, que culminó con un compromiso con la burguesía sojera cruceña y del oriente boliviano, que se materializó en una nueva carta constitucional. El compromiso con las petroleras fue posible debido a la suba enorme del precio internacional de los combustibles.

Numerosos agrupamientos de izquierda y sociales que apoyan al FIT en Argentina, apoyan al indigenismo pequeño burgués del Altiplano sin fijar una posición programática sobre este pseudo nacionalismo de contenido capitalista. La doctrina estratégica del indigenismo boliviano es el desarrollo del “capitalismo andino” (había sido bautizado como “socialismo andino”), definido como una alianza entre el capital extranjero, el Estado boliviano y el precapitalismo agrario. El planteo comete la ‘gaffe’ teórica de señalar al Estado como una categoría social y de clase, al lado de otras clases, o sea que no está por encima de las clases, pues se trata de una superestructura política, y que refleja y protege, como tal, la estructura social dominante (es el “marxismo del Siglo XXI”). Bolivia ha sido, durante el periodo reciente, un campo próspero de los negocios de las contratistas brasileñas incursas en el ‘lava jato’.

Brasil

Las limitaciones colosales de este nacionalismo explican, de un lado, el escaso desarrollo de las fuerzas productivas en la década y media pasada, así como el impacto que ha causado la bancarrota capitalista mundial, en los dos episodios principales –la caída de precios internacionales y salida de capitales de 2009 y, con más severidad, la actual. El siempre esgrimido crecimiento del PBI no capta ese desarrollo. El desarrollo de las fuerzas productivas es medido por la calidad de la inversión reproductiva, la aplicación de tecnologías, el nivel de capacidad de la fuerza de trabajo, el desarrollo de la educación, la salud y el progreso habitacional y la infraestructura urbana. Una centralización productiva de los recursos económicos existentes debería operar como una palanca industrializadora potente.

El gobierno PT-PMDB de Brasil intentó convertir a Petrobras, compañía mixta de mayoría estatal, en esa palanca industrial: mediante la inversión de la mayor parte de las utilidades; el monopolio operativo de las asociaciones con capital extranjero; una importante labor de tecnología; y el desarrollo de un entorno de servicios tecnológicos, contratistas y constructoras nacionales. Sin proceder a nacionalizaciones desarrolló, hasta cierto punto, un nacionalismo burgués y gran burgués. Utilizó los aportes obreros a los fondos de pensiones e impulsó el aporte fiscal al banco público de Desarrollo, con esa misma finalidad. Intentó, incluso, impulsar la creación de una burguesía petrolera nacional, a través del apoyo al aventurero Eike Batista.  El derrumbe fenomenal de este intento establece una conclusión lapidaria, porque ha terminado en la quiebra de todos los sectores involucrados y, golpe de Estado mediante, desde el propio oficialismo, en la venta apresurada de activos industriales y en la derogación de las principales limitaciones impuestas al capital extranjero. La caída vertical de los precios internacionales del petróleo, las presiones provocadas por un elevado endeudamiento internacional, la desvalorización del capital cotizante y, no menos importante, la difusión de la enorme corrupción de todo este entramado político y económico (por parte de los sectores interesados en derribarlo); todo esto ha sumido a Brasil en una crisis de mayor alcance que la de los años 30. El ataque al movimiento obrero es devastador.

La izquierda brasileña, ante esta crisis de conjunto del capitalismo, enfrenta la obligación de desarrollar un planteo obrero y socialista –o sea, un gobierno de trabajadores, la nacionalización sin pago de la banca y los monopolios petroleros, lo mismo con toda empresa que cierre, la escala móvil de salarios y horas de trabajo, la apertura de los libros de todos los monopolios capitalistas y el control obrero y la convocatoria a un plan de acción a toda la izquierda y sectores combativos de América latina. Ocurre sin embargo lo contrario: plantea la fórmula de la democracia con justicia social o el socialismo en democracia, o sea sin travesía revolucionaria ni gobierno de trabajadores  Cuando aún no se ha cerrado la etapa del golpe de Estado que destituyó a Dilma Rousseff (lejos de eso el gobierno golpista reúne una base parlamentaria precaria) la agenda dominante en la izquierda brasileña son las elecciones municipales de octubre próximo y la posibilidad de consagrar intendenta de San Pablo a una candidata patronal, Luiza Erundina, que ya gestionó esa ciudad en términos puramente capitalistas. Erundina es una ex petista, oriunda del ala clerical, ministra del gobierno de Itamar Franco y hasta hace muy poco miembro del partido de derecha PSB y sostenedora  en del candidato del PSDB que murió en un accidente en la campaña electoral del año pasado.  La candidatura ha sido lanzada por el PSOL, un frente de izquierda y de las comunidades de base que se escindieron del PT hace más de una década. El grupo ligado al PTS de Argentina pidió su ingreso en el PSOL –en tanto, en su casa central reivindica la independencia política de la clase obrera y la hostilidad a las candidaturas patronales. Esta duplicidad entre el principismo y el oportunismo es característica de todas las corrientes centristas. El PSOL, en contraste con el FIT de Argentina, que llamó al voto en blanco contra Scioli y Macri en Argentina, apoyó en el segundo turno electoral de las elecciones pasadas la candidatura de Dilma Rousseff.

En oposición al juicio político contra Dilma Rousseff, el PT y gran parte de la izquierda se han refugiado en el reclamo de un plebiscito que autorice el adelanto de las elecciones para la Presidencia (que debería tener lugar en 2018), el cual debería ser votado por el mismo parlamento golpista y de ladrones. El planteo cuenta, hasta cierto punto, con la simpatía de una parte de la prensa golpista, que visualiza la imposibilidad de un ajuste a fondo de la economía sin un gobierno electo desvinculado del personal político sometido a los procesos judiciales contra la corrupción. En Brasil hay una desintegración manifiesta de la burguesía contratista y el desarrollo de una reconfiguración capitalista acompañada por quiebras, rescates y concentraciones de capital. El planteo de elecciones presidenciales o generales de parte de la izquierda, no hace referencia al derrocamiento del gobierno de Temer por medio de una acción directa de masas, que ligue la lucha contra los despidos, la carestía y las privatizaciones a los métodos de la huelga y de la huelga general. Los observadores políticos prevén que la realización de nuevas elecciones daría la victoria a una de las diversas coaliciones derechistas en presencia. La consigna electoral no educa a los trabajadores en una política de lucha de clases. Se busca una salida inmediata a la crisis política, o sea un compromiso, en lugar de la preparación sistemática de la clase obrera para luchar por un gobierno de trabajadores.

En Brasil, la izquierda, integrada en el PT, impulsó la llegada del PT al gobierno, en coalición con el PMDB. Esto ocurrió incluso después de que Lula firmara el acuerdo con el FMI, en la campaña electoral de 2002, y nombrara al actual ministro de Economía de Temer para la presidencia del Banco Central, luego de un acuerdo cerrado entre Lula y William Rhodes, entonces presidente del Citibank (W. Rhodes, Financial Times, 24/6/2004). El PSOL reivindica, de conjunto, el PT “de los orígenes”, o sea que sigue adhiriendo a la perspectiva estratégica trazada por la dirección fundadora del PT, incluso después de la experiencia y los resultados políticos de casi cuatro décadas. A partir de esta reivindicación del punto de partida ha seguido, de un modo propio, la ruta de su espejo retrovisor. En oposición a esta línea estratégica, es necesario un debate que establezca un nuevo punto de partida, o sea un programa y una política realmente socialistas.

A este debate debería integrarse el PSTU, que acaba de sufrir una escisión en torno de la cuestión del  reciente golpe de Estado, por un lado, y del carácter de las movilizaciones anti-gubernamentales a partir de 2013. Los planteos democratizantes de izquierda demuestran toda su inconsistencia ante el derrumbe de los procesos nacionalistas y la crisis de régimen que ha emergido como su consecuencia. América latina ingresa a una nueva etapa de mayores confrontaciones sociales y políticas, que superan los límites de sus Estados.

Golpismo

El juicio político contra la presidenta Dilma Rousseff y su eventual destitución constituyen un golpe de estado ‘tout court’, sin aditamentos, porque implican un viraje político reaccionario en las relaciones de clase existentes.

Reemplaza a un gobierno que ha revelado su inconsistencia para aplicar la política de ajuste que reclama el capital y para rescatar al personal político y a los grandes capitalistas de los procesos judiciales por corrupción. Inaugura un nuevo planteo de ofensiva contra las masas, sin esperar a nuevas elecciones ni a obtener un nuevo mandato electoral. El gobierno de Temer no es un intento de interinato constitucional, sino una nueva coalición política para una nueva política, que encare el rescate de la quiebra capitalista  y una ofensiva más decidida contra los trabajadores. No hay un cambio en el carácter de clase del gobierno sino una tentativa de modificar la relación preexistente entre las distintas clases.

Para la izquierda revolucionaria la lucha contra el golpe es una cuestión de principios, porque significa defender las posiciones conquistadas por la clase obrera frente a la ofensiva capitalista –de ningún modo apoyar al gobierno capitalista destituido. No defendemos ‘el mal menor’ sino la posición conquistada por el proletariado dentro de la sociedad y el Estado capitalista; por eso no esconde su hostilidad hacia el gobierno establecido. La izquierda democratizante, por el contario, atribuye un carácter progresivo a la gestión ajustadora de Rousseff, incluso cuando muchos, entre esa izquierda, habían criticado y hasta enfrentado la política ajustadora de esa gestión. De otro lado, quienes discrepan con la caracterización de un golpe de estado subrayan la identidad de clases entre ambos bandos capitalistas, ignorando que representa un salto en calidad del ataque del Estado capitalista contra las masas.

A quienes las formas constitucionales le quitan entidad al golpismo, es oportuno recordar que el gobierno constitucional que se inició en 1973 en Argentina, se desarrolló por medio de una sucesión de golpes ‘constitucionales’, que primero eliminaron al mandatario electo, Cámpora, luego a gobernadores del mismo signo político, incluso por medios policiales; más tarde a la creación de la triple A y a la militarización del país –un proceso que culminó con la dictadura militar. En aquel momento, el Partido Obrero advirtió acerca de la seguidilla de golpes que se enmascaraban en las formas parlamentarias y en la popularidad de Perón.

A pesar de la falacia de los términos del ‘impeachment’ (des-manejo contable de cuentas fiscales), Dilma Rousseff, el PT y la burocracia de los sindicatos rehusaron desconocer el voto del Congreso y plantear un conflicto de poderes.
La razón es que podría haber abierto una brecha para la intervención de las masas, por un lado, y para la intervención de las fuerzas armadas, por el otro, que habría sido en apoyo del Congreso. El árbitro del golpe de estado han sido las fuerzas armadas, aunque no se trate de un golpe militar. El golpe de Estado en Brasil no es más que el segundo acto golpista luego del derrocamiento del paraguayo Lugo, que también consistió en un ‘impeachment’ de sus propios aliados de gobierno –el partido Liberal. La burguesía brasileña apoyó con fuerza ese golpe, en una suerte de ensayo general del que daría luego en Brasil. El movimiento obrero y campesino ha retrocedido fuertemente en Paraguay como consecuencia de la victoria del golpe, mientras que, por otro lado, ha facilitado un aluvión de compras de empresas y tierras por parte de la burguesía brasileña, con la complicidad del gobierno de Dilma Roussef. La destitución de Lugo y de Rousseff por parte de sus propios aliados, constituye una prueba contundente de la falacia que apuesta a la colaboración de clases entre los partidos obreros o pequeño burgueses populares con la gran burguesía nacional e incluso el capital financiero internacional.

Uruguay y Chile

El Frente Amplio de Uruguay recorrió un proceso similar al del gobierno del Frente Brasil Popular. Vázquez llegó al gobierno en 2005 luego de un largo periodo de colaboración política con el imperialismo desde la gestión en Montevideo y el respaldo a los ataques patronales al movimiento obrero (huelga de la construcción). El FA se constituyó como un frente “policlasista”, al principio con el argumento que era el vehículo de las transformaciones democráticas, agrarias y antiimperialistas. El balance es un aumento del sometimiento al capital financiero,  la primarización mayor de la economía, la concentración de la tierra, la desindustrialización y el avance de la especulación bancario-inmobiliaria.

El Frente Amplio lleva adelante un ajuste contra el movimiento obrero, rebajando sueldos y jubilaciones, aumentando las tarifas y los impuestos al salario, y recortando el gasto estatal en salud y educación. El intento de prohibición de huelgas (medida que ya había aplicado Mujica contra los municipales) provocó una rebelión de las bases de los sindicatos en la enseñanza, al mismo tiempo que reforzó la integración de la burocracia sindical al Estado (el caso de Castillo es uno de los más ejemplares). Se está procesando una profundización de la tendencia a la ruptura de un sector del activismo con el gobierno. En este cuadro, la derecha del FA se encuentra yendo hacia un gobierno de ‘unidad nacional’, de otro lado las masas en la búsqueda de un nuevo polo político de carácter anti-capitalista. La tesis del ala izquierda del FA y en especial del partido comunista, de que los gobiernos frenteamplistas no son gobiernos del capital sino 'gobiernos en disputa' es una justificación para continuar su labor de furgón de cola del imperialismo y neutralizar las protestas populares hacia una puja interna dentro del Frente Amplio y del propio gobierno.

En Uruguay, de todos modos, se desenvuelve una crisis similar a la que puso fin al gobierno patronal encabezado por el PT, en Brasil, incluida la pretensión de Vázquez de desarrollar, como lo intentó Rousseff, un ajuste económico y social sin tener que proceder, primero, a un cambio de alianzas y régimen político. En oposición a las corrientes frenteamplistas o que ya han roto con el FA (Asamblea Popular) de recomponer “el FA de los orígenes” o remedar un chavismo a la uruguaya, el PT de Uruguay convoca a los obreros avanzados a construir un partido revolucionario.

Chile asiste, luego de la vuelta de Bachelet al gobierno, a una profunda crisis política a sólo dos años de que una agotada Concertación intentara revivir una “Unidad Popular”, integrando al Partido Comunista al gobierno. La crisis de la Nueva Mayoría hunde sus raíces en la incapacidad de contener a los diferentes movimiento de luchadores que recorren el país, el marco de un capitalismo chileno que ha confiscado de un forma abismal el salario de los trabajadores y saqueó recursos naturales. Trabajadores subcontratados de la minería, forestales, portuarios, del comercio y el retail, junto a un la tenaz lucha del movimiento estudiantil por una educación gratuita, en los últimos diez años han sido la manifestación del estrangulamiento de las condiciones de vida de las masas populares a manos de una burguesía  nativa aliada  con el capital imperialista internacional. Las consecuencia de cuatro décadas de políticas “neoliberales” de apertura comercial, privatizaciones (incluida la profunda confiscación de los ahorros jubilatorios por las AFP) y un trabajo flexibilizado extendido han sido la base de un brutal ataque a los trabajadores, que desarrollan hoy respuestas de lucha en todo el país.

Esta versión ultra reaccionaria de la colaboración de clase que es Nueva Mayoría sufrió desde el inicio un revés político, llegando a al gobierno con un 60% de abstención. Esta tendencia se sigue desarrollando como consecuencia de una profunda crisis política que coloca en el centro a todos los partidos tradicionales que han defendido por décadas la herencia de la dictadura. Esta versión degradada de la política frente populista está condenada al fracaso, ya que sus pretensiones de plantear un plan de “reformas” sin alterar las bases sociales ni las instituciones  creadas bajo la dictadura , no puede representar, bajo ningún termino, la canalización de las aspiraciones sociales de los trabajadores y los sectores populares.. Estamos  frente  a una política de rescate de la herencia  dejada por Pinochet  Esta situación se agravará producto de los golpes de la bancarrota capitalista, donde la caída de los precios del cobre están mermando la recaudación fiscal, empujando una política de ajuste y limitando un régimen de arbitraje por medio de la asistencia social. Los despidos han comenzado a masificarse en el país,  lo que han dado lugar a diferentes huelgas en el sector comercio y la lucha de los operarios del salmón en Puerto Montt, lo que está marcando un resurgimiento del movimiento obrero en base a piquetes, asamblea de base y huelgas ilegales.

En este cuadro de situación, se coloca la tarea central la batalla por la delimitación política del Frente Popular, basada en la iniciativa por recuperar a las organizaciones obreras y estudiantiles en base a una alternativa de independencia política. En Chile se comienza a abrir un nueva etapa política, donde el agotamiento de la experiencia concertacionista abre un campo de acción para construcción de una alternativa obrera y socialista.

Chavismo

Otro elemento que sobresale para el posicionamiento de la izquierda en esta nueva etapa, es la experiencia del nacionalismo bolivariano como movimiento popular o de masas. El chavismo ha realizado la mayor transferencia de ingresos de la renta petrolera hacia emprendimientos sociales (vivienda, educación, salud), posiblemente de toda la historia latinoamericana. Esta agenda fue el punto sobresaliente de su programa.  Ahora descubre, tardíamente, los límites de hierro de una economía rentista, cuya bonanza había calculado para un siglo; el pueblo de Venezuela asiste, no ya la discontinuidad de esos planes sociales sino a la incertidumbre de la preservación de lo realizado y a la posibilidad de su reversión. Esto se manifiesta en la disputa abierta acerca de la titularización de la propiedad de las viviendas construidas, debido a la inseguridad jurídica creada por la crisis y a la incapacidad del Estado para asegurar toda la infraestructura de mantenimiento y refacción, que quedaría en manos de las familias adjudicatarias.

Este gigantesco emprendimiento social fue llevado adelante por una organización paralela al Estado, las llamadas “misiones”. El chavismo, con un planteo en principio movilizador, ‘puenteó’ al Estado, en lugar de destruir el aparato burocrático de ese Estado y convertirlo en una maquinaria gestionada por órganos de poder de las masas. Apuntó, de este modo, a la descalificación y precarización de los trabajadores y servicios públicos de ese Estado, lo cual explica la oposición que generó en la salud y la educación. Lo mismo ocurrió con las cooperativas que reemplazaron a las empresas que se sumaron al sabotaje petrolero de 2002/3. Es también lo que hizo el kirchnerismo, en versión sainete con las cooperativas de empleo o las de viviendas regenteadas por la camarilla de Shocklender y Milagro Salas, entre otros. Apuntó, de conjunto, a una cooptación y regimentación de movimientos populares. La empresa capitalista, en Venezuela, no fue sustituida por emprendimientos de gestión obrera bajo un plan económico único y el desarrollo de una legislación laboral más avanzada. Las grandes empresas estatizadas vegetan bajo la incuria y corrupción de una burocracia oficial. El resultado de la gestión bolivariana no ha sido la consolidación del proletariado sino una atomización de gran alcance. Este es un rasgo fundamental de la desintegración económica que tiene lugar en la actualidad.

El proceso bolivariano penetró profundamente en la izquierda de Venezuela, que se convirtió en un alero del chavismo, pretextando que éste desenvolvía un proceso revolucionario, por ejemplo el Ccura y Marea Socialista. El llamado maoísmo se convirtió en “escuálido” al igual que algunos ex lambertistas. En ocasión de los eventos electorales, la izquierda ha participado, en diversas localidades, de frentes dispares y sin principios determinados por cálculos ventajistas ocasionales.

Es con este bagaje que ingresa a una nueva etapa extraordinaria, que anuncia cambios radicales de régimen, en un cuadro de crisis que involucra a todas las clases sociales y a todos los estamentos de Estado, incluidas las fuerzas armadas. Envuelve directamente al imperialismo yanqui, así como a Cuba y a la vecina Colombia, al conjunto de América latina y a gran parte de la Unión Europea. Los países ‘aliados’ de Unasur, hayan cambiado de signo político, se han pasado al campo diplomático que presiona por un cambio de régimen en Venezuela, como lo ilustra la posición de Uruguay. El macrismo argentino ha trocado su violencia inicial por una posición favorable a una transición pactada, como reclama el gobierno de Obama.

En Venezuela se procesa una regresión política importante. El régimen plebiscitario de Chávez, que reivindicaba para sí la masividad del voto popular, se ha convertido en un régimen de facto, que gobierna por decreto, violentando la soberanía de la Asamblea Nacional ganada por la derecha en forma abrumadora en las últimas elecciones. Este gobierno por decreto se sostiene por el apoyo de la cúpula militar, en el marco de un rechazo mayoritario de la población, según indican los sondeos que no son cuestionados. Las Fuerzas Armadas se han hecho cargo de la distribución de los alimentos. Del lado económico se encuentra en marcha un plan de ajuste y de devaluación externa del bolívar, que busca asegurar el pago de la abultada deuda externa del Tesoro y de Pdvsa. Circulan propuestas, en el gobierno, de vender activos estatales para pagar la deuda externa y mejorar la capacidad de importación del país. Lo que queda del capital extranjero se retira de Venezuela.

La “guerra económica” que denuncia el chavismo se desenvuelve en el marco de esta desorganización económica y de privilegiar el pago de la deuda externa. El cierre de las cuentas de bancos privados y del Banco Central, por parte del Citibank, es, por un lado, una expresión del estado de cesación de pagos de Venezuela y, por el otro, traduce la presión de un sector del capital financiero para acelerar el desenlace de la crisis política. El capital internacional se siente incentivado por la victoria del macrismo en Argentina, el golpe de estado en Brasil y el giro anti-chavista del gobierno frenteamplista de Uruguay. Los trabajadores son llamados a ocupar fábricas que se encuentran vaciadas o no cuentan con financiación. La militarización creciente del Estado, incluso si es una militarización ‘bolivariana’, no es progresiva sino reaccionaria. Históricamente, estos gobiernos de facto han presidido las transiciones entre regímenes políticos e incluso sociales, mediando entre las fuerzas en disputa. Recordamos el golpe ‘comunista’ de Jaruzelsky, en Polonia, que contó con el apoyo del Vaticano y sirvió a la transición hacia un nuevo régimen político. Precisamente por esto, sectores cada vez más vociferantes de la derecha venezolana reclaman un golpe militar contra Maduro, a las fuerzas armadas chavistas.

Una parte representativa de la oposición escuálida ha completado un programa propio a la crisis. Mendoza, el dueño de la principal empresa nacional, Polar, ha planteado un programa de acentuado carácter ‘macrista’: eliminación del control de los cambios y de los precios regulados, sostenido por una ‘ayuda’ o socorro financiero internacional, cuyas fuentes no determinó. El impacto de este ‘rodrigazo’ sería, en Venezuela, considerablemente más catastrófico que el del macrismo –el cual, dicho sea de paso, cuenta con el apoyo de todo el arco político, en especial del peronismo y del PJ. La transición política marcha a toda velocidad, aunque en la superficie prime el inmovilismo.

Entendemos que la izquierda venezolana debería arribar a un acuerdo práctico en torno a una reivindicación política de conjunto. Es la condición para que pueda intervenir como protagonista político independiente en esta crisis; podría reagrupar a los sectores que han roto con el Psuv con planteos progresistas. Debería abrir esa discusión con toda urgencia. En oposición al gobierno militarizado de facto, por un lado, y a un revocatorio de contenido derechista, que además luce incompatible con el ritmo acelerado de la crisis, nuestra propuesta tentativa es la convocatoria de una Asamblea Constituyente libre y soberana. El planteo debería servir para reunir asambleas populares que puedan postularse, eventualmente, como convocantes de esa Constituyente. Un planteo de este tipo serviría, en cualquier caso, para que la izquierda aparezca como una candidatura autónoma al poder, que le permita intervenir en las diversas fases por las que atravesará esta crisis, que promete ser explosiva y prolongada.

Crisis mundial

La crisis que se ha abierto en América latina no es un simple emergente de limitaciones políticas subjetivas; es decir de clase, programa y estrategia de la diversidad de gobiernos de tipo nacionalista. Es, antes que nada, una crisis de conjunto de sus estructuras sociales y políticas, enmarcada en una bancarrota capitalista de carácter mundial. El derrumbe de los fenómenos nacionalistas opera como un accidente histórico que pone al descubierto la declinación capitalista y la gravedad de la crisis en curso. Precisamente esto condiciona y contamina los procesos políticos de recambio que encabeza la derecha. La tentativa ‘restauradora’ de la derecha, abre una etapa de mayor potencial revolucionario. No inaugura una etapa de repliegue de la lucha de clases, sino de acentuación de esa lucha. Parte de la ruptura del equilibrio político precedente e inicia un período de desequilibrios políticos mayores.

Un  ejemplo elocuente es México, donde asistimos a un principio de rebelión contra el gobierno y la persecución que ejerce contra los trabajadores y la juventud. En Oaxaca, capital de Estado, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) encabezó una multitudinaria manifestación en repudio a la masacre de seis profesores y para exigir "castigo a los culpables" y la aparición con vida de 22 personas desaparecidas. La manifestación llegó al Zócalo y al Instituto Estatal de Educación Pública. La CNTE, del sindicato de maestros, rechaza la reforma educativa porque estipula que las plazas de maestros serán asignadas por el gobierno y no por el sindicato como ocurría, impone evaluaciones a docentes y denuncian la privatización de la enseñanza. Sigue sin esclarecer la masacre de 43 estudiantes de la  Escuela Normal Rural de Ayotzinapa en 2014. El enfrentamiento creciente entre los explotados, la juventud, y el gobierno de Peña Nieto está poniendo una bomba de tiempo en las propias puertas del imperialismo yanqui, en un país clave para el Tratado Trans-Pacífico (TTP).  La lucha de clases en México articula a América latina con la revolución en el centro del imperialismo mundial.

Esta etapa, en América latina, tiene lugar en una marco internacional concreto. La ruptura de la Unión Europea, con la salida de Gran Bretaña, constituye un salto en calidad en la bancarrota capitalista. La UE fue el emprendimiento contrarrevolucionario político más destacado de la burguesía mundial luego de la segunda guerra. Es un bloque económico, político y militar –en esto último como sucursal de la OTAN. Fue un instrumento de disciplinamiento del proletariado y el arma política más relevante para apuntalar la restauración capitalista en la ex Unión Soviética, encarada por la burocracia de cuño staliniano. Un cuarto de siglo después de la disolución de la URSS, se despliega la desintegración de su sepulturero. Las contradicciones violentas del capitalismo se han impuesto por sobre los reveses y derrotas del proletariado.

El llamado Brexit ha expuesto la vulnerabilidad del mercado internacional de capitales más importante del mundo. Obliga al estado a operar un segundo rescate del capital en el centro nervioso del capital financiero, cuando no se han cerrado aún las grietas financieras dejadas por el rescate de 2008 –incluso las han superado. Se conjuga con la bancarrota declarada de la banca italiana;  la corrida bancaria parcial en España;  y por sobre todo la insolvencia de los dos principales bancos de Alemania. En toda la eurozona se desenvuelve un proceso de desintegración, crisis políticas y luchas obreras –como ocurre en Grecia y Francia, por un lado, y Europa central, por el otro. La deuda nacional de estos países, a fuerza de rescates bancarios, orilla el 300% del PBI. Un termómetro contundente del impasse económico es la deuda pública colocada a tasas de interés negativa, que pasó entre enero y junio últimos de u$s 1.3 billones a u$s 13.5 billones. Implica una amenaza al sistema bancario y a las compañías de seguros, y constituye un registro inapelable de la tendencia a la deflación monetaria y a la depresión económica. El retiro de Gran Bretaña y la crisis de la zona euro pueden llevar, alternativamente, a una desintegración de esos espacios, o a su transformación en un espacio colonial de Alemania secundada por Francia.  En Estados Unidos, la victoria de Trump en la interna republicana, pone en evidencia una tendencia chovinista, que responde un crecimiento de la rivalidad económica e incluso militar entre las potencias capitalistas, que se manifiesta en el mar de China, en Ucrania y en las agresiones imperialistas en Medio Oriente y el norte de África.

Este cuadro mundial condiciona los recursos a disposición de las burguesías latinoamericanas para salir de las experiencias nacionalistas en sus propios términos. La enorme sobreproducción de mercancías y capitales explica que el frente nacionalista internacional de los llamados Brics pasara a mejor vida, pues todos sus integrantes enfrentan amenazas de bancarrota. La alianza brasileña con China ha dado paso a un reclamo de ruptura comercial de parte de la industria siderúrgica instalada en Brasil.

La crisis mundial tiene un desarrollo desigual, al igual que lo que ocurre con el capitalismo y la historia en general. China, por ejemplo, contrarrestó con un gasto público enorme el impacto de la crisis mundial en su economía, lo que llevó a un ‘boom’ de los precios internacionales de las materias primas. Las derivaciones de ese gasto fueron responsables del 30% del PBI de los países productores de esas mercaderías (Martin Wolf, The Shifts and the Shocks). China enfrenta ahora una hipoteca de deuda fenomenal y, por primera vez, ha autorizado procedimientos de quiebra. En los meses recientes, la acentuación de la caída de las tasas de interés en los mercados internacionales de deuda pública, ha producido un retorno parcial de los capitales de corto plazo a América latina, por sus tasas de interés elevadas. La bancarrota económica, asimismo, produce sus propios negocios: la venta de activos por parte de Petrobras le ha reabierto, aunque en forma precaria, el mercado de deuda extranjera. Esta volatilidad producto de la crisis no debe confundirse con el financiamiento de una expansión económica que por ahora no tiene fundamentos.  Argentina ha expandido su deuda pública en u$s 25 mil millones, en los últimos meses, para pagar a los fondos buitres y financiar la salida de utilidades y dividendos. Un nuevo ciclo de endeudamiento internacional tiene bases más restringidas que en el pasado y consecuencias más explosivas.

Si la experiencia macrista sirve de guía de ruta para las tentativas similares que se pergeñan en América Latina, el balance provisorio es claro: un aumento fenomenal de la inflación, un crecimiento del elevado déficit fiscal heredado, una suba descomunal de las tasas de interés  y una acentuada recesión económica. Los pergaminos democrático-electorales y el apoyo masivo de la oposición patronal a sus medidas más decisivas, no le han evitado enfrentar una resistencia, que ya es masiva, al ‘rodrigazo’ tarifario. El macrismo ha sido puesto a la defensiva, en su corto período de gobierno por una rebelión popular contra el tarifazo, que además ha provocado un principio de fractura en el aparato estatal (amparo judicial a favor de los usuarios). Se perfila, además, un nuevo ciclo de reclamos salariales, a pesar del apoyo de la burocracia sindical a la nueva gestión. El gobierno macrista aún tiene que reunir los recursos económicos y políticos para su política de ajustes, y luego imponerlos por medio de una severa lucha de clases. Es un régimen dividido entre camarillas capitalistas, sin base parlamentaria propia, condicionado en el gobierno por la exigencia de ganar las elecciones parlamentarias del año próximo.

La izquierda en la nueva etapa

En Argentina y también en América latina, esta crisis plantea el desafío de que la izquierda se convierta en una alternativa política, esta vez ya no bajo formas democratizantes, como en la década y media pasada, sino obreras y socialistas. Lo haría en confrontación con partidos patronales históricos en desintegración, burocracias sindicales desprestigiadas y la venida a menos de las fuerzas reformistas o democratizantes. Para eso es necesario un debate político y una comprensión adecuada de la coyuntura presente.

En Argentina, el Frente de Izquierda se ha convertido en un canal político de esa alternativa, en especial en 2013, cuando alcanzó su mejor performance electoral e incluso derrotó al peronismo –gobernante y opositor– en la capital de Salta. Se ha seguido desarrollando en el movimiento obrero, en especial entre delegados y comisiones internas. En abril pasado, una lista de izquierda y clasista, encabezada en todo sentido por el Partido Obrero, ganó el sindicato del Neumático (Pirelli, Firestone, Fate, etc), con el mismo carácter se han conquistado posiciones en el sindicalismo docente, entre los estatales, en seccionales de la CTA (Central de centroizquierda), en la industria de la construcción, de la alimentación, la gran industria del aluminio, entre otras. El programa del Frente de Izquierda plantea el desarrollo de la independencia política de los trabajadores y el gobierno de la clase obrera.

En contraste con esta perspectiva se ha desarrollado en el Frente de Izquierda una tendencia hacia el kirchnerismo, por parte del PTS. Es una repetición histórica degradada de la disolución de la misma corriente en el peronismo, en especial luego del golpe del 55; el apoyo al regreso de Perón, en 1972; la incorporación de parte del peronismo al Frente del Pueblo, en 1985. En cada encrucijada histórica esa corriente posó su mirada en un frente con el peronismo y en la adaptación política a la verborragia nacionalista. Tiene incluso en marcha una revisión histórica favorable al foquismo montonero; combina sin rubor el electoralismo y con una pose militarista (en la campaña electoral de 2011 reivindicaba en especial los escritos militares de Von Clausewitz; en la de 2013, el desarrollo de la democracia mediante la igualación del salario de los legisladores con los docentes). Esta adaptación se manifiesta igualmente en Bolivia, donde se abstuvieron sobre la reelección de Evo Morales en lugar de rechazarla, o en el pedido de ingreso en el PSOL, que impulsa a Luiza Erundina como candidata en las próximas municipales de San Pablo.

En diversas tentativas de coordinación sindical, tanto el PTS como IS rechazaron, como inoportuna, la reivindicación de la independencia política de la clase obrera, con el argumento de la necesidad de atender a ideología de los activistas peronistas. El seguidismo es postulado como táctica política. En la lista Negra del Neumático, sin embargo, hay activistas de primer nivel que siguen vinculados románticamente al peronismo y defienden esa independencia política de los trabajadores. La ruptura del PTS con el FIT, en ocasión del 1° de Mayo, se explica en esa línea. El pretexto pueril, a saber, que IS no caracterizaba como golpe la movida contra Rousseff, obedeció a la orientación de dar una señal de acercamiento al kirchnerismo, lo cual tuvo expresión en un frente parlamentario del PTS con la burguesìa opositora en defensa indiferenciada del gobierno de Dilma –para peor, con la perspectiva puesta en los resultados que podría brindar para las elecciones de renovación parlamentaria de 2017. El pretexto de la lucha contra el golpe en Brasil operó como una cortina de humo contra el desarrollo de la alternativa política del FIT al gobierno de Macri y sus apoyos políticos. El mismo sentido tuvo la votación parlamentaria del PTS a favor del plebiscito propuesto por el kirchnerismo para un pago a los fondos buitres en los términos de la reestructuración que rigió para el conjunto de la deuda canjeada, en contraposición a la posición revolucionaria del dictamen del PO planteando el no pago de la deuda, en lo que constituyó una formidable denuncia del régimen en su conjunto y en particular del kirchnerismo que aseguró el pago serial de la deuda externa con los fondos de los jubilados. La prensa digital del PTS apunta claramente en esa dirección, pues se ha convertido en una tribuna para el kirchnerismo, que es disimulada con entrevistas periodísticas a voceros de la derecha. Las divergencias polìticas, como ha ocurrido con la posición de IS, deben discutirse con tiempo y método y la participación activa del conjunto de los militantes. Las perspectivas políticas del FIT requieren una delimitación clara del centrismo político de las fuerzas que lo integran. El Partido Obrero se ha destacado por una delimitación rigurosa y una crítica sin concesiones a la experiencia autoproclamada “nacional y popular” –que constituye el contenido principal del avance de la izquierda. Esto en contraste con la oposición al kirchnerismo de la llamada “izquierda plural” (MST, Libres del Sur), que no reparó en esa tarea con aliarse a la oligarquía agraria en el conflicto de 2008, y formar listas electorales con representantes políticos de la industria automotriz de Córdoba y también con secuaces del macrismo.

La nueva etapa encuentra al FIT en una encrucijada. La adaptación al kirchnerismo de parte del PTS lo ha llevado a una la ruptura política, como ha ocurrido con el boicot al acto del 1° de Mayo (existe desde hace tiempo una ruptura de los acuerdos de cogestión de las representaciones parlamentarias y, por lo tanto, una usurpación política de las bancas conquistadas). En oposición a esta adaptación y a las tendencias democratizantes, el PO caracteriza que la etapa política presente ofrece una posibilidad considerablemente mayor para que la izquierda revolucionaria se postule como una alternativa política al derrumbe capitalista y al agotamiento e incluso disgregación de los partidos patronales de Argentina. La lucha por independencia de clase del proletariado es el peldaño político para establecer un gobierno socialista de la clase obrera.

El balance general revela la definitiva y completa bancarrota del llamado Foro de San Pablo, cuyos gobiernos se hunden como consecuencia de sus limitaciones políticas e incluso su colaboración con el imperialismo.

La izquierda latinoamericana aborda la nueva etapa de bancarrotas capitalistas y de regímenes políticos en América Latina, delimitada en tres bloques. Por un lado una derecha que reivindica el frentismo ‘plural’ y democratizante y que se esfuerza en borrar toda distinción entre la clase obrera y los explotados, de un lado, y la burguesía, del otro, y que se manifiesta en el apoyo y en la promoción de candidatos patronales. Por otro lado, una izquierda centrista, que oscila entre el frentismo democratizante y en especial en la adaptación al nacionalismo o democratismo burgués (como ocurre en Bolivia, Brasil y Argentina). Finalmente un polo revolucionario, el cual defiende el principio de los acuerdos prácticos con todas las corrientes en presencia cuando se trata de impulsar una lucha de masas, pero trabaja por la independencia del proletariado como labor preparatoria para un gobierno de la clase obrera. La estrategia de esta última corriente está resumida en la consigna de los Estados Unidos Socialistas de América Latina, incluido Puerto Rico.

Parlamentarismo, sindicatos

Las últimas décadas se han caracterizado por el lugar histórico inédito de los procesos electorales, resultado de un cruce de procesos históricos latinoamericanos e internacionales. Sea como fuere, dio lugar a un protagonismo electoral, también inédito, de la izquierda y en particular de la trotskista. En algunos países llevó a organizaciones trotskistas a los Congresos o Asambleas nacionales. Esta circunstancia puso a prueba la capacidad de estas organizaciones para desarrollar una actividad revolucionaria en el campo electoral y en el parlamento. Como es obvio, la capacidad para satisfacer este propósito depende, en primer lugar, de los programas y de las estrategias de las fuerzas de izquierda en presencia, que son, en su mayoría, democratizantes, o sea electoralistas y reformistas. Según se ha denunciado en la prensa de izquierda de Brasil, el PSOL ha aceptado aportes de grandes empresas para sus campañas electorales y el mismo partido ha justificado esta aceptación. Las oportunidades de reconocimiento político que ofrecen los procesos electorales para corrientes confinadas a una actividad sindical o marginalizadas en la lucha política, cuando no directamente sectarias, han operado como un poderoso factor de presión para la adaptación electorera a los prejuicios de la llamada ‘opinión pública’. Es el caso ya mencionado del planteo de igualar el salario de los legisladores a los docentes para acabar con “la casta política” y hacer “avanzar la democracia”. No es más que la charlatanería del Podemos de España. Al igualar con esta ‘casta política’ la persistencia de los dirigentes socialistas más antiguos, el palabrerío democrático fue convertido en contrarrevolucionario.

Para que los procesos democráticos puedan ser aprovechados por la izquierda revolucionaria es necesario hacer de ellos una caracterización adecuada. Lo mismo ocurre con el parlamentarismo: son, por un lado, la oportunidad de llevar la propaganda socialista a las grandes masas, pero al mismo tiempo un mecanismo de legitimación del estado y una presión para sustituir la lucha de clases por el arbitraje del sufragio y la representación popular. En el campo de la burguesía, las fracciones democratizantes o simplemente demagógicas, utilizan la labor legislativa para bloquear la acción directa de los trabajadores, casi siempre instigada por la burocracia de los sindicatos o con su colaboración. En Argentina, los parlamentarios del PTS dieron su apoyo abierto a una legislación ‘anti-despidos’ “consensuada” por fracciones opositoras de la burguesía que apuntaba a sustituir la lucha de los trabajadores por el arbitraje de la justicia laboral y a justificar la inacción de los sindicatos ante las suspensiones y despidos. El Partido Obrero  denunció desde el primer momento la “parlamentarización” del reclamo de la burocracia sindical, usando la tribuna parlamentaria durante 50 días de crisis y debate sobre el punto, para brindar en su dictamen un programa basado en el reparto de horas de trabajo sin afectar el salario –escala móvil de horas de trabajo–, en función de las huelgas y ocupaciones de fábricas para enfrentar los despidos y del planteo de huelga general contra el conjunto del ajuste. Curiosamente, el PTS había combatido, en los inicios del FIT, las propuestas de legislación, por parte de la izquierda, como puro electoralismo. Ignoraba la labor legislativa del PO, en el ámbito de la Ciudad, que logró la aprobación parlamentaria a la reducción de las horas de trabajo en el subterráneo y que desató una enorme lucha de los trabajadores y potenció el trabajo en la empresa para expulsar a la burocracia sindical y más recientemente un gran movimiento por las seis horas de enfermería. Así como en el parlamento nacional reanimamos un movimiento nacional por la reparación a 36 mil trabajadores de YPF y más adelante para el gremio telefónico abriendo rutas de desarrollo del clasismo.

Los golpes de estado en diversos países, aunque no directamente militares; las masacres en México y la alianza entre el estado y el narcotráfico; las masacres de campesinos en Paraguay; los paramilitares en Colombia; el asesinato de activistas de izquierda por bandas patronales en Venezuela; los continuados asesinatos de trabajadores y líderes sin tierra e indígenas en Brasil; las muertes de luchadores en Argentina, por parte de patotas de la burocracia y la policía, y el gatillo fácil; todo esto atestigua la fragilidad y la provisoriedad de la tan mentada etapa democrática en América Latina. La política que tiene por base la perspectiva de una durabilidad y profundización de los procesos democratizantes, carece de sustento.

El ascenso de la izquierda y de las corrientes trotskistas en América Latina se manifiesta fuertemente en los sindicatos. Un progreso ulterior, sin embargo, podría verse bloqueado por un agudo faccionalismo. Este faccionalismo exacerbado es, por un lado, el reflejo de un prolongado periodo de desarrollo marginal y sectario y, por el otro, de una inmadurez que se caracteriza por la sustitución de la delimitación política por la pelea de aparato. Esto ha impedido un desarrollo sindical que podría haber sido más enérgico, en especial en Brasil, en Argentina y en Venezuela. En la lucha contra este bloqueo propugnamos el frente único de todas las tendencias combativas en los sindicatos.

La Revolución Cubana

En las últimas décadas, la Revolución Cubana ha quedado replegada como foco de referencia para las masas de América latina, incluso por la aparición de nuevas experiencias políticas que desataron enormes ilusiones políticas en los explotados. La razón principal, sin embargo, ha sido el impasse completo que ha alcanzado el régimen político de la isla y su política de colaboración con las burguesías nacionales y el propio imperialismo. Existe una tendencia a descalificar su resultado histórico, sin embargo sigue representando una referencia para los trabajadores de América Latina, en especial por su capacidad de resistencia al mayor imperialismo de todos los tiempos –a noventa millas de sus costas. Mantuvo, además, su peculiaridad histórica frente a la restauración capitalista en la ex URSS y su entorno geopolítico y a la vigorosa penetración del capitalismo en China y Vietnam. La aceptación, por parte de EEUU,  de relaciones diplomáticas con Cuba, constituye un recule político del imperialismo, luego de más de medio siglo de bloqueo, con independencia de que tenga la misma finalidad de reanudar la colonización capitalista de la isla. El bloqueo sigue en pie, aunque disminuido, como un arma de extorsión para imponerle al país las pretensiones del imperialismo.

Con manifiestos zigzagueos, Cuba ha encarado, una salida a su estancamiento económico por la vía de una colaboración del capital internacional, y por una política de ajuste y de mayor diferenciación social. No tiene la posibilidad, sin embargo, de reproducir las características del camino de China hacia el capitalismo, porque no tiene la posibilidad de ofrecer un mercado interno al capital internacional, sino convertirse en una plataforma de exportación y un paraíso turístico e inmobiliario. En última instancia, convertiría a Cuba en una suerte de República Dominicana, Puerto Rico o Haití. Puerto Rico, la isla menor de las Antillas, enfrenta ahora un defol económico generalizado que ha reducido a la nada su condición de estado asociado de EEUU, pues ha pasado a ser gobernado por un comité de supervisión financiera y fiscal, con el cometido de que pague su enorme deuda externa. El camino chino ha conducido a la propia China a una crisis de potencial monumental y al mismo tiempo a un desarrollo cada vez más impetuoso de la lucha de clases de la clase obrera. La bancarrota capitalista mundial opera, por un lado, como un factor de presión para la apertura completa de Cuba al capital internacional y, por otro lado, como un límite insalvable a sus posibilidades, porque acentuará el impasse del régimen político y la lucha de los trabajadores.

Cuba sigue siendo una sociedad en transición, con la peculiaridad de que está gobernada por una fuerte burocracia estatal y una tendencia interna cada vez más amplia, que favorece la privatización de la propiedad pública. Esta condición le da al planteo de asociación con el capital extranjero una fuerte connotación restauracionista. Un régimen proletario buscaría atraer inversiones extranjeras, en condiciones de aislamiento y crisis, en función de un fortalecimiento de la dictadura del proletariado. Los grandes debates en el bolchevismo, en los años 20, muestran el rechazo al esquematismo autárquico. Si el proceso de China sirve de ejemplo, la perspectiva de una renovación revolucionaria en Cuba pasa por la lucha por la organización independiente de los sindicatos, el desarrollo de la autonomía política de la clase obrera y la perspectiva de un gobierno de trabajadores.

Los gobiernos de Cuba y de Estados Unidos constituyen los promotores principales del llamado proceso de paz en Colombia, que cuenta con el apoyo de la UE y de la ONU. El largo proceso guerrillero en Colombia ha entrado hace mucho tiempo en una clara descomposición y ha sufrido derrotas militares contundentes. Las negociaciones de paz apuntan a integrarlo al régimen político y al Estado capitalista, el propósito declarado de las propias Farc. El resultado, sin embargo, sigue incierto debido al crecimiento vertiginoso del paramilitarismo y al agravamiento de la cuestión agraria. Un acuerdo de paz no va a resolver ninguna de las contradicciones explosivas de Colombia. Las nuevas condiciones políticas deberían ser aprovechadas para convocar a la construcción de un partido revolucionario.

Tareas

El propósito de estas tesis y de la Conferencia sobre América Latina es que sirvan al debate político y a la elaboración de un programa. No puede existir un partido sin programa, sin embargo eso es lo que ocurre en América Latina. Los asistentes a la Conferencia adoptan un plan de trabajo de difusión de las tesis y su discusión en la izquierda, el movimiento obrero y la juventud.

Partido de los Trabajadores (Uruguay), Partido Obrero (Argentina), Partido Obrero Revolucionario (Chile), Tribuna Classista (Brasil), Opción Obrera (Venezuela), Emigdio Idoyaga (Paraguay), Osvaldo Coggiola (Brasil).


jueves, 23 de junio de 2016

Conferencia Latinoamericana


En qué punto nos encontramos de la bancarrota capitalista y sus consecuencias en América Latina? ¿Cómo estos cambios se han traducido en la arena política? ¿En qué punto se encuentran las fuerzas de izquierda revolucionaria?

Convocatoria a una Conferencia Latinoamericana, a realizarse en Montevideo (Uruguay),16 y 17 de Julio de 2016

REAGRUPAR A LA IZQUIERDA REVOLUCIONARIA Y EL MOVIMIENTO OBRERO COMBATIVO POR UNA ALTERNATIVA SOCIALISTA FRENTE A LA BANCARROTA CAPITALISTA QUE SACUDE AMERICA LATINA



La bancarrota capitalista mundial


Contra los que pronosticaban que el capitalismo ya había superado la bancarrota desatada por la caída de los bancos norteamericanos en el 2007, esta se presenta con sus premisas agravadas. A pesar de los billonarios rescates monetarios volcados por los Bancos Centrales, que ha llevado a estos al límite de su capacidad de endeudamiento colocando también a los Estados en una situación de virtual bancarrota, la crisis persiste y amenaza con nuevas catástrofes y hundimientos.

En Europa se multiplican las amenazas de quiebras bancarias (Deutsche Bank, etc.), hay estados que se están hundiendo bajo el peso de las deudas públicas contraídas y la crisis social con sus picos catastróficos de miseria y desocupación se ha enseñoreado en varios países. El desarrollo de la bancarrota capitalista amenaza con hacer estallar la Unión Europea y es un acicate a las guerras imperialistas en Europa y en el Medio Oriente. La bancarrota capitalista actúa como un disparador de crisis políticas que hacen naufragar a los partidos tradicionales de la burguesía y provocan respuestas de lucha de las masas. No solo hay que mirar el panorama de Grecia, sino también el de España y ahora Francia donde la clase obrera y la juventud se movilizan contra las medidas de ‘ajuste’ que intenta llevar adelante el gobierno socialdemócrata de Hollande. La crisis de los refugiados es una consecuencia directa de la guerra del Medio Oriente, fogoneada por el imperialismo y se ha trasformado en una enorme catástrofe humanitaria, cuyas consecuencias han terminado de estallarle en la cara a las principales potencias de Europa.

Japón no ha logrado salir de la misma en casi tres décadas y tiene un endeudamiento estatal del orden del 300% de su PBI.

El proceso de restauración capitalista sobre la URSS, China y demás ex estados obreros que fue concebido como una de los principales factores contrarrestantes de la crisis mundial capitalista ha terminado convirtiéndose en uno de los principales motores de su agravamiento. En China, en primer lugar, la crisis de superproducción (acero, etc.) le plantea destruir una parte fabulosa de sus industrias. Se habla del cierre y despido de 6 millones de obreros de la siderurgia. Los mercados donde la producción de las fábricas chinas era volcada están abarrotados. Este párate chino ha provocado el desplome de las naciones emergentes que colocaban parte importante de su producción de materias primas (petróleo, minerales, forrajes, alimentos, etc.) en la maquinaria productiva de la China de capitalismo en restauración.

Pero, el epicentro de la bancarrota, que se manifestó en el 2007 en los EEUU, continúa allí. Los billones de dólares volcados por la Reserva Federal han acentuado la sobreproducción. Un ejemplo de ello está en el mercado del petróleo. Crédito fácil y barato ha sido invertido en el desarrollo de la industria yanqui del fracking, lo que ha colaborado en incrementar notablemente la producción mundial de hidrocarburos y desplomado sus precios, quebrando a numerosas compañías que habían crecido en este proceso. El hundiendo de los precios del petróleo arrastro a la bancarrota a numerosas empresas y países (Rusia, Venezuela, Brasil, etc.). Un amague de la Reserva Federal de aumentar las tasas de interés tuvo que ser rápidamente retirado ante la amenaza de llevar la economía mundial a una depresión Sigue en aumento la cesación de pagos en las hipotecas y la situación de los bancos tampoco ha sido saneada, sino contenida con “contabilidad creativa” (que considera en los balances créditos incobrables a su valor original).

América Latina sacudida por la crisis mundial

La bancarrota capitalista mundial está golpeando con toda fuerza a América Latina, provocando el desplome de sus economías y regímenes políticos. La crisis en China y en las naciones imperialistas ha disminuido significativamente la compra de materias primas desplomando el precio de las mismas. El petróleo, el cobre, el hierro, la soja, todas las materias primas en general, han retrocedido. Este vendaval arrastra a los regímenes nacionalistas y progresistas latinoamericanos pero también a los gobiernos de filiación neoliberal.

La bancarrota capitalista ha terminado por acelerar el derrumbe del nacionalismo burgués y el progresismo, que dominaron la escena en los últimos 15 años y que surgieron como respuesta política a la crisis mundial y al agotamiento histórico de los partidos tradicionales y sirvieron de contención al proceso de rebelión popular abierto por el estallido de los regímenes llamados neoliberales En el caso de Bolivia, Evo Morales con el concurso de Lula y Néstor Kirchner fue el bombero del proceso revolucionario. El MAS colocado como expresión de los procesos insurreccionales del 2003 contra Sánchez de Lozada y sus continuadores, pacto con el viejo régimen una salida electoral que dejo intacto el aparato estatal. El chavismo, por su parte, llego al poder luego del ‘caracazo’, como una expresión de la movilización popular frente al agotamiento definitivo de los partidos tradicionales de la burguesía (AD y Copei). En cambio, en la Argentina, los Kirchner llegaron al poder de la mano de Duhalde, colocado como un recurso de emergencia, para enfrentar la disolución del régimen capitalista y las jornadas revolucionarias del Argentinazo a fines del 2001

Perú - exhibido por el establishment como uno de los “modelos a imitar”- tampoco ha sido ajeno a este vendaval El hecho de que el nacionalista Humalla tempranamente haya pegado un giro neoliberal no ha eximido al país de una crisis económica severa que ha dido de la mano de un creciente desprestigio del gobierno y un enfrentamiento con los trabajadores.

Un balance necesario

En el período de ‘bonanza’, la burguesía latinoamericana no usó los ingresos para avanzar en un proceso de industrialización ni en una mejora de su infraestructura productiva, para sentar las bases de un desarrollo nacional independiente. Estos ingresos extraordinarios fueron usados para ‘honrar’ la deuda, subvencionar-rescatar a sectores capitalistas en crisis, indemnizar generosamente a los capitalistas cuyas empresas fueron estatalizadas y como botín de las oligarquías capitalistas que se formaron en torno a los gobiernos nacionalistas y centroizquierdistas.

Los elevados ingresos por la exportación de commodities actuaron como garantía de un nuevo ciclo de endeudamiento en la región. Fue un fenómeno generalizado el fuerte crecimiento de las reservas de los Bancos Centrales de los países latinoamericanos. Esto produjo la ilusión de que la deuda externa de estas naciones latinoamericanas se había finalmente ‘domado’, que estaba bajo control, cubierta por las excedentes reservas de divisas. Estamos, ahora, frente al proceso inverso: fuga de capitales hacia las metrópolis, dejando nuevamente en pie las usurarias deudas externas de las naciones atrasadas con el capital financiero

Mientras se invocaban ‘modelos productivos’, las experiencias nacionalistas continentales agravaron la primarización económica y la desindustrialización. Es que para desarrollar un verdadero proceso de desarrollo e industrialización nacional, debiera avanzarse en tomar medidas anticapitalistas: confiscación sin pago de las empresas nacionalizadas, terminar con el latifundio, banca única estatal, monopolio del comercio exterior; y apoyarse para ello en la movilización de las masas trabajadoras. Pero este es un límite de clase que el nacionalismo burgués no puede superar. El horizonte de “redistribución del ingreso” de los regímenes nacionalistas burgueses se limitó a una extensión más o menos desarrollada de la asistencia estatal, en el marco de una precarización laboral generalizada. En el caso más avanzado, el chavismo, la renta petrolera se utilizó para un gran desarrollo asistencialista, especialmente de los sectores más pobres y postergados del pueblo, pero no se intentó siquiera transformar la estructura social de atraso y dependencia petrolera. La precariedad de este armado es puesta ahora de manifiesto por la crisis mundial y el derrumbe de los precios del petróleo.

Brasil: golpe parlamentario

Ingresamos en una nueva etapa política caracterizada por la fractura del Estado y la economía capitalista y el derrumbe de regímenes políticos. El centro de gravedad de la situación política continental se encuentra en Brasil en el que acaba de aprobarse el juicio político a la presidente y es inminente el desplazamiento de Dilma . El impeachment es un golpe de estado, aunque hay quienes impugnan esta caracterización con el argumento de que la destitución de Dilma ha corrido dentro de los canales institucionales como si eso fuera algo aséptico desde el punto de vista político, en una muestra de cretinismo constitucionalista. Estamos frente al tercer golpe parlamentario en Latinoamérica, luego del derrocamiento de Zelaya en Honduras y Lugo en Paraguay. La envoltura constitucional, en todos los casos, ha sido el vehículo para una profunda modificación de las relaciones sociales de la clase capitalista contra las masas.

No se nos escapa que en Brasil se enfrentan dos bandos capitalistas y que el PT en el poder se empeñó en aplicar una política de ajuste y de cercenamiento de las conquistas de los trabajadores. Pero este régimen se ha agotado y son los partidos políticos aliados al gobierno y la clase capitalista - empezando por la poderosa burguesía industrial paulista, que sacaron el dinero con pala, durante su mandato-, quienes han terminado soltándole la mano. Asistimos al tránsito de regímenes de contención de los trabajadores a gobiernos de ofensiva franca contra las masas. En un escenario dominado por una enorme crisis de dominación política. Este golpe institucional apunta a resolver esa crisis y reconstruir la autoridad del estado e impedir que por sus rendijas se cuele la insurgencia popular. Por otro lado, el golpe en Brasil se inscribe en una batalla que tiene un alcance continental por una reconfiguración económica más general de los negocios y los recursos de Latinoamérica. Asistimos a una disputa entre la burguesía nacional, el imperialismo y China por el reparto de los recursos y los contratos de obras públicas financiados por el estado. El agotamiento del progresismo y nacionalismo burgués, pretende ser explotado para promover un salto en la recolonización del subcontinente por parte del imperialismo. Esto se entrecruza con un quiebre al interior de Brasil de las distintas fracciones burguesas. La apertura de la economía brasileña, en especial, hacia China , ha sido beneficiosa para los sojeros pero ha terminado por crear una competencia ruinosa para sectores enteros de la poderosa burguesía industrial, en primer lugar, en el rubro del acero.

Los trabajadores no podemos ser indiferentes ante el desenlace de esta crisis

Una definición concluyente contra el golpe no es sinónimo de apoyo al gobierno de PT. Por el contrario, la lucha contra el golpe plantea más que nuca una demarcación con el nacionalismo que como ha quedado demostrado está en descomposición. La lucha contra los golpistas es una continuidad bajo otra forma de la misma batalla política contra el gobierno de Dilma y Lula, que venimos impulsando estos años. Una derrota del golpe, en este contexto, no afianzaría al PT sino prepararía las condiciones para superarlo pero por la acción de las masas y no de la oposición patronal La lucha contra el golpe no puede hacerse mediante el seguidismo al PT. Dicho seguidismo es el pasaporte a una frustración segura e implica colocarle un chaleco de fuerza a las energías que puede desplegar el movimiento popular en el que anida una rechazo tanto a oficialista como opositores, salpicados por la corrupción en el mismo nivel que los primeros.

Junto con el distanciamiento de la clase capitalista que le saló la mano, el PT viene sufriendo un deterioro acelerado de su propia base de apoyo popular. Las concentraciones convocadas por el PT vienen retrocediendo en cantidad de concurrentes .La jornada de movilizaciones y paros que convocó la CUT, coincidentes con la sesión del Senado que debía decidir la suerte de Dilma, pasó sin pena ni gloria.

Este triste desenlace no proviene de la fortaleza del golpismo sino de las limitaciones insalvables del PT. Dilma, Lula y sus seguidores no tienen para ofrecer un programa alternativo al que plantea la derecha. Hasta último momento, se empeñaron ellos en protagonizar el giro neoliberal y el ajuste que ahora tardíamente denuncian que pretenden llevar adelante sus contendientes.

La burguesía ha mandatado a Temer a avanzar en el trabajo sucio de un ajuste a fondo. Pero el vicepresisdente arranca, en medio de un tembladeral. En primer lugar, carga con la hipoteca de encabezar un gobierno sospechado por los mismos cargos de corrupción que se le imputan a Dilma. El 60 por ciento de los senadores encargados de decidir la suerte de Dilma están procesados por la justicia.

Temer ya ha adelantado un paquete que supone un ataque muy severo a los jubilados y asalariados, a lo que se agregaría un recorte importante de los planes sociales.

El nuevo gobierno, deberá demostrar si cuenta con la capacidad y los recursos económicos y políticos para pilotear la crisis. Ingresamos, a una nueva transición política de carácter convulsiva. El desenlace actual no cierra la crisis sino que es un episodio de la misma. El fracaso de Temer podría precipitar la convocatoria a elecciones adelantadas. Temer debe mirarse en el espejo de los Macri, y en la impasse que atraviesan los ajustadores argentinos.

Los trabajadores deben condenar resueltamente el golpe y oponerse al gobierno de Temer, pero desde una postura independiente. Los dirigentes del PT prometen una resistencia que no llevaron adelante cuando fueron gobierno. Se trata de una impostura: Dilma no cayó resistiendo al capital sino pactando con él. La clase obrera debe emerger con factor independiente en la crisis. En estas circunstancias cobra mayor relevancia la convocatoria a un congreso de delegados de base de las centrales obreras, organizaciones y tendencias del movimiento obrero para enfrentar al ajuste y discutir un salida obrera frente a la crisis nacional. Los sindicatos combativos - empezando por Conlutas- y la izquierda deben ponerse a la cabeza de esta iniciativa. Un Congreso de Trabajadores abrirá a la clase obrera la posibilidad de terciar en la crisis política, en un escenario que hoy ésta dominado por los partidos burgueses.

La batalla por la independencia política

La experiencia de Brasil reproduce un debate existente de un modo general en la izquierda latinoamericana. Frente al avance derechista, se han desarrollado dos tendencias contrarias a la lucha por la independencia de clase. Por un lado, en nombre de la lucha contra la derecha, se plantea la existencia de un mismo campo de lucha con el nacionalismo burgués. Esto es un crimen porque el nacionalismo burgués ésta en descomposición; porque es él el que intenta imponer las políticas de ajuste antipopular y de acuerdo con el capital financiero y, lo fundamental, porque no lucha realmente, sino que realiza campañas verborrágicas y busca pactar con los golpistas. Los planteos de frentes con el nacionalismo burgués paralizan a la izquierda y la transforma en furgón de cola del mismo (en su fase no de ascenso y lucha, sino de contención y capitulación) y mantiene confundido al movimiento obrero que se orienta a enfrentar los ajustes que se descargan sobre las masas.

Resulta igualmente un crimen la neutralidad o el apoyo a los ataques derechistas contra los gobiernos nacionalistas impotentes, en nombre de las ‘libertades democráticas’ o la batalla contra la corrupción.

Una parte de la izquierda en Argentina considera que el pase del kirchnerismo a la oposición y el ascenso del macrismo al gobierno plantean objetivamente la necesidad de un frente común con los primeros. Esto, porque el nacionalismo burgués en la oposición se vería empujado a jugar un papel de resistencia a las medidas de ajuste que lleve adelante el gobierno derechista. Pero los K no cayeron siendo la cabeza de la resistencia por las reivindicaciones obreras y populares sino compitiendo con la derecha por ver quién piloteaba el ajuste. El macrismo ha continuado los avances reaccionarios del kirchnerismo. Esto se evidencia, por ejemplo, en el negociado de la venta de dólares a futuro en las puertas de una devaluación monetaria impulsada por el kirchnerismo. El macrismo convalidó este fraude .El peronismo se ha dividido adaptándose a las necesidades generales de la burguesía (respaldo al pacto con los fondos buitres) brindándole un apoyo en el Parlamento para que salgan las leyes reclamadas por el gobierno. El kirchnerismo, no ha sacado los pies del plato, integrado como minoría dentro del aparato del PJ. La ‘resistencia’ kirchnerista” es una impostura.

Venezuela

Venezuela asiste, luego de la derrota del chavismo en las elecciones parlamentarias, a una suerte de doble poder entre el Ejecutivo y la Asamblea Nacional. Un escenario convulsivo de golpes y contragolpes en el marco de una crisis económica de características catastróficas.

El gobierno plebiscitario (que se jactaba del apoyo mayoritario que recibía de la población) ha dejado de existir y sobrevive solamente por el apoyo del estado mayor de las fuerzas armadas. El pasaje del bonapartismo plebiscitario al bonapartismo de facto marca la disolución irrefrenable de la etapa política bolivariana.

En este marco, se ha acentuado la acción de la diplomacia internacional y del Vaticano por estructurar una salida consensuada del régimen chavista. Dicha presiones se han potenciado incluso más a partir del golpe parlamentario en Brasil que culmino con le desplazamiento de Dilma. Dicha salida “dialogada” cuenta con el guiño de la fracción mayoritaria de la oposición que es consciente de la envergadura de la crisis y que dicha crisis podría desembocar en una explosión social y política. Resurge entonces el tema del golpismo, en este caso el ‘auto-golpe’, desde el campo militar chavista, para armar un gobierno de transición con la oposición

El oficialismo y buena parte de la izquierda latinoamericana han atribuido a la ‘guerra económica’ la derrota electoral, encubriendo la responsabilidad de la camarilla gobernante en la desorganización económica. El boicot económico que se desenvuelve contra el gobierno es consecuencia directa del fracaso del intervencionismo estatal, que nunca alteró la base de la gestión capitalista de la economía.

El sabotaje económico que denuncia Maduro tiene una de sus fuentes en la boliburguesía, la burguesía amiga, cuyo crecimiento ha promovido el propio gobierno. El chavismo es impotente para combatir a la derecha por la sencilla razón de que carece de un programa distinto y superador al que ha llevado a la bancarrota económica. Maduro pretende sobrevivir ejecutando él el giro económico que reclama la burguesía. La devaluación y medidas de ajuste implementadas por su gobierno terminaron avivando aún más los enormes desequilibrios de la economía venezolana.

Las numerosas nacionalizaciones que ha llevado adelante el chavismo no han servido para desarrollar las fuerzas productivas nacionales. En el caso de Sidor, por ejemplo, trabaja a un mínimo porcentaje de su capacidad. Queda nuevamente de manifiesto que el carácter progresivo de las nacionalizaciones está condicionado a la orientación general del régimen político: el estatismo bajo control de la camarilla chavista y la boliburguesía fue un factor de quiebra de las arcas públicas que no abrió ninguna perspectiva de desarrollo.

Esta política, que fue haciendo aguas por todos lados, fue arrasando las propias conquistas bolivarianas, desde el control nacional de PDVSA hasta las medidas sociales sobre los más explotados. La contracara de este proceso es el fabuloso enriquecimiento de la camarilla capitalista ligada al gobierno chavista, que accede privilegiadamente a las divisas que se obtienen en el mercado oficial.

El agotamiento irreversible del chavismo pone al rojo vivo la necesidad imperiosa de una acción política independiente de la clase obrera. En Venezuela son numerosísimos los sectores sindicales combativos. Seria decisivo que se agruparan y que impulsaran en común una campaña por la convocatoria a un Congreso de Trabajadores y de la izquierda para que la clase obrera venezolana emerja como un factor político independiente en la crisis nacional.













La verdadera grieta

Una de las lecturas más extendidas sugiere que estamos asistiendo a un cambio de ciclo -del populismo al ascenso de la derecha. La tesis de un ‘cambio de ciclo’ ve a la ‘derecha’ avanzando estructuralmente en el continente y pretende condenar a las masas trabajadoras de América a un péndulo político-social: a la crisis del neoliberalismo viene la alternativa del nacionalismo burgués y cuando éste se hunde vuelven las variantes neoliberales. Y así sucesivamente por el tiempo de los tiempos. El neoliberalismo y el nacionalismo burgués serían las estaciones terminales del desarrollo político-social. Lo cual condena a la humanidad a vivir entre diversas variantes del capital. Pero este Dilema es falso: la verdadera oposición se da entre las salidas capitalistas sean estas nacionalistas burguesas o neoliberales por un lado y las aspiraciones de la clase obrera y las masas explotadas, por el otro.

La llegada –como en Argentina- de la derecha al poder no es más que una salida de emergencia, pues el macrismo no cuenta con los recursos políticos y económicos para enfrentarla y resolverla. La derecha tendrá que demostrar su capacidad para poner en caja a las masas y proceder a una fabulosa expropiación de salarios y conquistas a los trabajadores para tratar de detener la caída de la tasa de ganancia de los capitalistas. Esto no será posible sin fuertes crisis políticas y choques con las masas trabajadoras que lucharán por defender sus condiciones de vida. Este tránsito político, en el cuadro de crisis mundial y de un potencial de lucha y resistencia que conserva el movimiento popular, puede conducir a situaciones prerevolucionarias o revolucionarias.

Los cinco meses de macrismo, en Argentina, demuestran que las transiciones de los llamados gobiernos ‘populistas’ a la derecha financiera se caracterizan por una acentuación de las contradicciones económicas, una agudización de la lucha de clases y una tendencia a la crisis política. Sólo para quienes el ‘populismo’ es la única alternativa popular, esta transición es caracterizada como una ‘derrota’, y no como una oportunidad política obrera y socialista. Es desde este estadio más elevado de la crisis de dominación como debe abordarse la nueva etapa.

Bolivia: las lecciones del referéndum

En Bolivia, la derrota de Evo Morales en el referéndum por su reelección constituye un vuelco político. Sufrió un retroceso enorme en los distritos que constituyen su base política. La derrota del presidente “indígena” plantea una crisis en la COB y en un conjunto de Federaciones y Departamentales que llegaron al punto más alto de estatización del movimiento obrero en décadas. Una parte del voto al No ha sido indisimulablemente de la clase obrera -la abstención ha sido marginal.

Reivindicamos el voto por el NO en el referéndum, conscientes que un pronunciamiento político de los trabajadores en ese sentido constituye un canal para impulsar un polo político independiente de la clase obrera. El voto por el NO se reveló acertado y superador tanto del seguidismo, como del abstencionismo en que se encolumnaron diversas corrientes de la izquierda. Por un lado, asistimos al voto a favor del SI encabezado por la burocracia sindical tributaria del gobierno de Morales. Un sector de la cúpula de la COB que encabezó en su momento la formación de un partido de los trabajadores -una construcción superestructural amañada de la burocracia y tributaria de Evo- fue uno de los embanderados de la campaña oficialista.

Otra vertiente de la izquierda promovió la abstención, con el argumento de que se trataban de dos bandos patronales. Esta apreciación omite el hecho de que el plebiscito es una de las armas principales de la que usualmente se vale el bonapartismo para afirmarse y perpetuarse en el poder. En la medida que Evo es quien detenta el poder político y concentra en sus manos las palancas del mando, el naufragio del voto por el No socava la autoridad del estado burgués y constituye, por lo tanto, un golpe de conjunto a la clase capitalista. La explotación política que pueda hacer un sector opositor es secundaria en relación a este hecho. Lo peor de todo lo constituye condenar a los trabajadores al inmovilismo, dejándolos a merced de las presiones del nacionalismo indígena y de las tendencias burguesas que se oponen hoy al gobierno del MAS anticipando la necesidad del giro político ajustador que se deriva del agotamiento del actual régimen político

De lo que se trata es de impulsar en cada fase de la crisis la intervención independiente de la clase obrera a través de un programa de reivindicaciones transitorias para que esta avance en su constitución como polo político antagónico al capital en todas sus variantes.

El gobierno de Evo, en resumen, no ha podido sustraerse al cimbronazo de la crisis mundial. El gobierno del MAS tampoco aprovechó la onda expansiva de los países emergentes para promover un desarrollo independiente. Contra lo que dice el relato oficial, no propició la nacionalización de los recursos minerales sino que lo rechazó –primero en un plebiscito en 2004, luego cuando expulsó del gobierno a la fracción nacionalista. También rechazó la implementación de una reforma agraria, esto cuando pactó con la oligarquía de la llamada “media luna”, la reforma constitucional. El boom fiscal propició una enorme especulación inmobiliaria, que encareció la cotización del suelo, y una revalorización del peso que afectó negativamente a la débil industria boliviana.

El horizonte económico, no augura un escenario favorable para que Evo pueda revalidar el poder, más bien lo contrario. Las petroleras y las mineras y las patronales en general como ocurre en Argentina, van a reclamar un recorte de la apropiación fiscal de la renta del sector.

La izquierda revolucionaria tiene la responsabilidad de tomar la iniciativa y, a través de ella, recuperar las organizaciones obreras para una política de clase y para disputar la dirección política de las masas.

Los frentes populares son contrarevolucionarios

Si bien el centro del panorama político de la contención de masas estuvo centrado en las corrientes nacionalistas burguesas, los PC de origen stalinistas coadyuvaron a este proceso. Apoyando abiertamente a estos gobiernos. En Uruguay y Chile, el PC jugo un papel primordial en formar Frentes Populares, como regímenes directos de contención a las masas. En Chile, la crisis del gobierno centroizquierdista de la Concertación, golpeado por los movimientos de lucha estudiantiles por la gratuidad de la enseñanza universitaria, llevo a que se incorporará al gobierno de la “Nueva Mayoría” el PC, para poder cumplir más acabadamente con la estrangulación de las luchas populares. En Uruguay, el PC ha sido puntal de la constitución del gobierno del Frente Amplio, jugando sus burocracias políticas y sindicales papeles fundamentales en contener a las masas. Pero la bancarrota capitalista mundial ha golpeado con fuerza la estabilidad uruguaya: en el último año perdió el 52% de las reservas buscando mantener un grado ‘inversor’ por parte de las calificadoras imperialistas de las deudas externas. Los intentos del gobierno frenteamplista de Tabaré Vázquez por imponer decretos antihuelgas fueron derrotados por movilizaciones masivas, entre ellas la gran huelga docente. Producto de la crisis, Uruguay marcha a un estallido económico con todos los ingredientes de sus vecinos (crisis en la petrolera Ancap similar a la de Petrobras de Brasil, etc.) y al mismo tiempo a un agotamiento creciente de la experiencia del Frente Amplio.

La sistemática batalla por un delimitación que viene realizando el PT uruguayo con respecto al Frente Amplio durante más de una década ha tenido una expresión en el auditorio que ha conquistado en las últimas elecciones .Esta circunstancia amplia las bases para la lucha por la construcción de una alternativa obrera y socialista.

La revolución cubana y el gobierno de Obama

Cuba ha entrado en una nueva fase transicional, donde la burocracia castrista pretende avanzar más decididamente hacia un proceso de restauración capitalista. En la isla se está produciendo un pronunciado proceso de diferenciación social. La ‘apertura’ de Obama, que arrancó por un reconocimiento de que en más de medio siglo el imperialismo no pudo doblegar a la Revolución, no significo, sin embargo, la derogación del bloqueo económico que tantos perjuicios ha causado a la economía cubana. El Congreso norteamericano condiciona este levantamiento a que la burocracia castrista avance por el camino de la restauración capitalista, dando garantías para la inversión extranjera.

En Obama ésta también la búsqueda de un aliado estratégico para ayudar a contener las crisis de los regímenes nacionalistas en América Latina y el eventual surgimiento de procesos revolucionarios. Ha tomado en cuenta el papel jugado por el castrismo para establecer ‘la paz’ con las guerrillas de la FARC en Colombia, desactivando la insurgencia agraria frente a la fabulosa concentración de la tierra a manos de latifundistas durante las últimas décadas. El Vaticano es uno de los grandes inspiradores y arquitectos de este deshielo.

Los recientes viajes de Obama a Cuba y la Argentina no es una gira triunfalista. Es parte de una estrategia preventiva, frente a un continente en ebullición y para cerrar ‘grietas’ en el ‘patio trasero’ de los yanquis con vista a enfrentar crisis agudas a nivel internacional. El viaje de Obama parte de la preocupación existente por la debacle económica y la creciente insurgencia en Venezuela y Brasil. Vino a apuntalar a un débil gobierno macrista para poder contrabalancear la inestabilidad brasileña en curso.

La marcha de la restauración capitalista en Cuba dependerá en gran medida, también, de la evolución de la crisis mundial y latinoamericana e incluso de la propia crisis yanqui. Porque los propios EEUU, ubicados en el ojo de la tormenta de la bancarrota capitalista, han sido también golpeados por el agotamiento de su régimen bipartidista que ha hundido las candidaturas del establishment. Esta descomposición es la que explica la irrupción por derecha de la candidatura fascistoide de Donald Trump en el Partido Republicano, y por izquierda la de Bernie Sanders en el Partido Demócrata.

Es necesario que los revolucionarios del continente ayudemos a elaborar un programa para recomponer a las masas cubanas como factor activo en la actual coyuntura. Planteando en primer lugar, la conquista del derecho de organización y deliberación para el movimiento obrero, para decidir los destinos de Cuba. Propugnamos el levantamiento incondicional del bloqueo de Cuba; que los derechos de los trabajadores puedan ser defendidos por sindicatos independientes, libremente elegidos; que la defensa de la salud y la educación gratuita sea garantizada por una gestión directa de los trabajadores. Y el mantenimiento del monopolio del comercio exterior y de la banca, como herramientas esenciales de una economía, que formalmente continúa estatizada y planificada.

La clase obrera y la juventud

La bancarrota capitalista ha detonado una crisis industrial, provocando despidos y suspensiones masivas e incluso cierre de empresas. Es necesario enfrentar esta tendencia de debacle social, impidiendo que la crisis del capital sea pagada por los trabajadores. Si se impusiera esta tendencia degradaría la cohesión y fuerza de los trabajadores. Hay que oponerse activamente a esta amenaza y oponerle un programa : prohibición de despidos y suspensiones, reparto de las horas de trabajo sin afectar el salario; expropiación y puesta en funcionamiento bajo control y gestión obrera toda fábrica que despida masivamente; organización de los desocupados para imponer estos reclamos. En oposición a la carestía, llamamos a defender un salario equivalente a la canasta familiar y su actualización automática en función de la variación del costo de vida. No pago de la deuda pública usuraria. No a tarifazos y al desmantelamiento jubilatorio que propugnan los regímenes burgueses. 82% del salario en actividad para el jubilado.

Del mismo modo, denunciamos los planes de saqueo y recolonización imperialista en la región, que van de la mano del desguace y desmantelamiento de Petrobras, PDVSA e YPF, y le oponemos la unidad de los pueblos latinoamericanos en defensa de sus recursos y la nacionalización de la industria petrolera en función de un plan de industrialización regional.

También en el estudiantado se nota una creciente movilización que choca contra el Estado y sus intentos de descargar la crisis sobre los trabajadores y la juventud. A la vanguardia de este proceso se encuentra la juventud universitaria de Chile que viene librando fuertes combates por la gratuidad de la enseñanza universitaria. El estudiantado secundario de Brasil viene de un proceso de luchas que logro frenar la aplicación de planes de reforma académica limitacionista y privatista-tercerizada. En Paraguay también la juventud universitaria ha salido masivamente a la calle luchando por la duplicación del presupuesto, contra un gobierno que lo quiere reducir y obteniendo importantes victorias destituyendo rectores autoritarios. En Uruguay el estudiantado universitario y secundario se ha movilizado junto a los docentes contra el ajuste frenteamplista. En la Argentina, la FUBA, la principal Federación Universitaria, liderada por la izquierda revolucionaria encabeza una campaña nacional de movilización contra el ajuste de Macri y en defensa de conquistas democráticas (ingreso irrestricto, gratuidad universitaria, etc.). El estudiantado suele ser la levadura que se evidencia en el inicio de procesos revolucionarios. Esta juventud es la que primero se moviliza contra la explotación y la arbitrariedad capitalista, como lo ha evidenciado la campaña contra el asesinato de Mariano Ferreyra en Argentina que llevo a la cárcel a los burócratas y matones que lo mataron. O la amplia y extendida movilización de la juventud mejicana por la ‘desaparición’ y asesinato de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, donde se encuentra involucrado el conjunto del aparato estatal. Llamamos a impulsar la coordinación de la movilización juvenil y estudiantil a nivel continental en defensa de la educación laica, estatal y gratuita y por los derechos del estudiantado y la juventud, es una tarea que deben promover los revolucionarios.

Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina


El nacionalismo burgués ha fracasado en su declamado objetivo de unidad latinoamericana. El ALBA impulsado por el chavismo se ha hundido. El MERCOSUR nunca paso de ser un conjunto de arreglos aduaneros y comerciales en beneficio de monopolios imperialistas instalados a ambos lados de las fronteras de los países integrantes, En su momento de auge el bolivarianismo chavista no pudo avanzar en sus proyectos de integración energética. La UNASUR no fue más que un intento de las contratistas brasileñas de avanzar con sus constructoras y sus empresas de armamentos. Ahora, bajo el impacto de la crisis mundial se agravan todas las disputas comerciales y enfrentamientos dentro del propio Mercosur. Las burguesías regionales buscan arreglar por separado con la Unión Europea y con el imperialismo yanqui. La carrera devaluatoria al interior de la región es una competencia por la mayor explotación y precarización de los obreros de sus respectivos países. El imperialismo yanqui ha arrastrado a la conformación del Acuerdo Transpacífico (TTP) a Chile, Perú y Méjico obligando a abrir sus fronteras comerciales a la penetración directa del capital norteamericano en ramas fundamentales y como aliadas en la guerra comercial que intenta llevar contra China. Un acuerdo de Argentina o Brasil con el TTP (Macri y Dilma vienen de manifestar su interés por avanzar en una “aproximación comercial” con los países latino americanos adheridos al tratado) implicaría no sólo un acta de defunción del Mercosur; sería el puntapie incial de una nueva etapa de colonización del imperialismo en la región y de un avance de las condiciones de precarización laboral.

Denunciamos las limitaciones insalvables de la integración capitalista de América Latina y el saqueo de los monopolios internacionales que se asocian al reclamo de integración, y planteamos la nacionalización de la banca y el comercio exterior, , gobiernos de trabajadores y la unidad de los pueblos a través de los Estados Unidos Socialista de América Latina.

Pongamos en pie una alternativa socialista a la bancarrota capitalista


La Conferencia Latinoamericana que estamos convocando tiene como eje reagrupar a la izquierda revolucionaria por una salida propia de la clase obrera a la crisis de la región. Esto plantea una delimitación implacable del nacionalismo burgués y del centroizquierdismo. Esta demarcación es una condición para derrotar a la derecha y las amenazas golpistas en momentos en que el nacionalismo y progresismo de contenido capitalista pacta y capitula con la reacción. Llamamos a tomar resueltamente la iniciativa. El abstencionismo en las grandes crisis nacionales en curso, aunque se lo disfrace con un hiperactivismo en el ámbito sindical o reivindicativo, es un indicador de adaptación al orden social vigente y funcional al estado capitalista y sus partidos. Impulsamos la intervención de la izquierda revolucionaria en la crisis política en la perspectiva de desarrollar partidos obreros y la fusión con la clase obrera.

Esta tarea es inseparable de la lucha para enfrentar y derrotar los planes de ajuste. Estos planes ya están en marcha y se van a agravar como consecuencia del desarrollo de la bancarrota capitalista. En este punto, convergen nacionalistas y derechistas, que pretenden descargar el peso de la crisis capitalista sobre las masas y someter a los trabajadores latinoamericanos –devaluación, austeridad, recesión mediante – a una competencia ruinosa entre ellos. Llamamos a elaborar un programa y una salida frente a la crisis, y convocar a la izquierda y las organizaciones combativas de los trabajadores a una acción internacional en común.

Reivindicamos el método del frente único. Cuando en el 2012 se realizo la anterior Conferencia Latinoamericana en San Pablo (Brasil) se venía de la constitución del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) en Argentina. La experiencia recorrida por el FIT argentino es aleccionadora: estamos en presencia de un frente de las organizaciones de izquierda que proclama la independencia de clase, lo cual contrasta con los frentes y la política de colaboración de clases reinantes en América Latina. Reivindicamos ese desarrollo del FIT como frente único de clase contra el capital, sus partidos y su Estado; en oposición a las tentativas por convertirlo en un campo de diputas y pendencias reflejando las presiones del nacionalismo burgués. El objetivo estratégico que debe presidir un reagrupamiento de la izquierda es la de la independencia de clase, que es lo único que puede abrir el paso a un polo y canal político alternativo a los partidos y coaliciones patronales. Rechazamos el faccionalismo y la autoproclamación, que es la pantalla o el vehículo para desabarrancarse al democratismo, la colaboración de clases y la mimetización al orden social vigente. Defendemos el frente único que se apoya en un principio básico pero fundamental que consiste en colocar, por encima de todo, el interés general de los trabajadores.