Opción Obrera es la sección venezolana de la CRCI (Coordinadora por la Refundación de la IV Internacional)

Propulsamos el desarrollo de una política proletaria al seno de los trabajadores tras su independencia de clase y una organización de lucha para su liberación de la explotación e instaurar El Gobierno de los Trabajadores, primer paso hacia el socialismo.

Ante la bancarrota capitalista mundial nuestra propuesta es que:


¡¡LOS CAPITALISTAS DEBEN PAGAR LA CRISIS!
¡LOS TRABAJADORES DEBEN TOMAR EL PODER!



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jueves, 30 de junio de 2016

Por la ruptura de la UE, por gobiernos de trabajadores


LUEGO DEL BREXIT Y LAS ELECCIONES ESPAÑOLAS
Por la ruptura de la UE, por gobiernos de trabajadores

El Brexit ha puesto a la orden del día la amenaza de disolución de la Unión Europea (UE). Es cierto que las tendencias a la disgregación ya estaban fuertemente instaladas en el escenario europeo. Pero la salida de Gran Bretaña representa un salto en este proceso.

El Brexit ha puesto a la orden del día la amenaza de disolución de la Unión Europea (UE). Es cierto que las tendencias a la disgregación ya estaban fuertemente instaladas en el escenario europeo. Pero la salida de Gran Bretaña representa un salto en este proceso.

En contraste con el escenario idílico de “armonía” y “cooperación” que pintaron sus promotores y apologistas, la Unión Europea ha emergido con su verdadero rostro. La UE no constituye una superación histórica de las fronteras nacionales. Su creación ha apuntado al rescate de Estados nacionales devaluados y desacreditados, y ha procurado restablecer la dominación política de la burguesía europea, comprometida por crisis políticas recurrentes y por la descomposición capitalista. Mucho antes que el Brexit, la crisis que estalló en Grecia fue la expresión más concentrada del grado de explotación y humillación a que fueron sometidos los pueblos de Europa, en especial los periféricos, bajo los dictados despóticos de la troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y el FMI), un órgano supranacional comandado por las grandes potencias y el gran capital.

No se puede colocar, obviamente, un signo igual entre el Grexit de un país oprimido y el Brexit de un país opresor. Pero hay una cuestión que debe ser apreciada en toda su dimensión. El voto de la clase obrera inglesa, afincada en el norte industrial, fue a favor del Brexit, siendo determinante para el resultado final que arrojó el referéndum. Los trabajadores, ya no de la castigada Grecia, sino de de una de las principales potencias, ven a la Unión Europea como una fuente de privaciones, en sacrificios sin precedentes, y de retroceso en sus condiciones de vida y laborales.

Polarización falsa

Los trabajadores ingleses, pero lo mismo vale para el resto de los de Europa, están atrapados en una polarización ficticia, alrededor de la disputa entre dos bloques capitalistas. Se los llama a optar entre permanecer o retirarse de la UE, cuando ambas salidas están unidas a una política de ataque en regla a los trabajadores.

Quienes abogan por la salida de la UE plantean una devaluación de la libra y lograr una mayor “competitividad” del Reino Unido, un eufemismo para abogar por una desvalorización de la fuerza de trabajo.

Un resultado semejante, por otras vías, es el que depara la permanencia en la UE, a través de la imposición de ajustes y recortes de conquistas sociales y laborales. Las ilusiones en que la Unión Europea podía ser una vía de progreso se ha desvanecido. Esta tendencia se extiende también a la clase obrera de las otras potencias europeas. Es el caso de Francia, donde asistimos a una rebelión contra la reforma laboral. En la base de este fenómeno, está la bancarrota capitalista, que transita su noveno año y que hace su trabajo implacable de topo. La crisis de sobreproducción y la amenaza de una depresión económica han acentuado las tendencias a una guerra comercial y financiera entre los Estados.

La atomización nacional del capital monopolista en Europa no ha sido superada ni por la creación de un Banco Central ni por una moneda única. Las “ventajas“ que prometía la política de libre comercio se ha transformado en su contrario, en un factor de agravamiento de la crisis. Los estados nacionales son más que nunca las herramientas de los monopolios en la lucha por la supremacía en el mercado mundial. Esta disputa, a su turno, alienta la competencia ruinosa entre los trabajadores, que los Estados imponen a través de ajustes en regla.

La izquierda entrampada

La izquierda ha quedado atenazada entre estas dos variantes capitalistas, y como furgón de cola de los bloques en disputa. Una franja mayoritaria de la izquierda democratizante rechaza plantear la ruptura de la UE. Considera que la unificación continental, aún en los términos actuales, es un eslabón y estadio progresivo en la batalla por una Europa socialista.

Esta negativa a pelear por la ruptura de la UE en términos de independencia de clase, favoreció el accionar de la derecha, la cual comandó la campaña en Reino Unido, con un eje chovinista y reaccionario, que procuraba disimular el tema económico de la separación. Uno de los principales heridos por esta elección es el ala izquierda del laborismo, que apoyó el Remain, pero prefirió hacer una campaña de bajo perfil y terminó siendo ignorada por su electorado.

La derecha logró explotar a su favor la corriente "anti-Brexit". Es lo que ocurrió en España, cuando –después del Brexit– se agitó el carácter chovinista y reaccionario de los aislacionistas, volcando a una fracción del electorado al voto al PP. La principal víctima de este proceso fue Podemos, aún cuando aboga por permanecer en la UE y ha ido adaptándose a las imposiciones de la troika. A la hora de permanecer en el campo de los ajustadores europeístas, el electorado eligió a su versión original, no a una copia desteñida.

Los trabajadores están pagando muy caro esta bancarrota política y teórica de la izquierda. Las tendencias a la disolución de la Unión Europa, que van de la mano de derrumbe de los regímenes políticos y de grandes convulsiones sociales, ponen a la orden del día la lucha por gobiernos obreros que rompan con la UE. El eventual retorno a las fronteras nacionales, bajo la emergencia de gobiernos de trabajadores, lejos de consagrar una involución histórica, representaría un progreso político y un salto en la perspectiva de los Estados Unidos Socialistas de Europa.

Pablo Heller


lunes, 18 de enero de 2016

ESTADO ESPAÑOL: CRISIS DE RÉGIMEN Y LAS MANIOBRAS SIN PRINCIPIOS DE PODEMOS


ESTADO ESPAÑOL: CRISIS DE RÉGIMEN Y LAS MANIOBRAS SIN PRINCIPIOS DE PODEMOS


La crisis mundial que se inició en julio de 2007 ha abierto, en forma incuestionable, un período de estallidos sociales y políticos. Expresiones de ello son las revoluciones y contrarrevoluciones en Medio Oriente, que ya envuelven a gran parte del mundo; el desarrollo convulsivo del conjunto de América Latina; y, como no podía ser de otro modo, la tendencia disolvente de la zona euro y de la Unión Europea.

Las elecciones de diciembre pasado en España vienen perfectamente al caso. Uno de los países más golpeados por la crisis mundial y por las políticas de rescate bancario, por un lado, y de ataques a los trabajadores, por el otro, ha asistido al desmoronamiento de sus partidos tradicionales. Junto con la agudización de la cuestión nacional, este derrumbe descubre una crisis de conjunto del régimen político, lo cual incluye, por supuesto (o, por sobre todo) a la monarquía. La tendencia a la disolución capitalista, que es el aspecto principal de la crisis mundial, cobra expresión en todos los poros de la sociedad y del Estado. Aunque la prensa del estado español y la internacional abunda por el momento en el relato de las maniobras parlamentarias, las entrelíneas de los analistas dejan ver el temor a un derrumbe político de otra magnitud. En una de sus últimas intervenciones, cada vez más frecuentes, el monarca borbón advirtió que tiene la potestad para movilizar a las fuerzas armadas para hacer frente a una secesión nacional. En períodos de crisis, la especie de que estos personajes ‘reinan pero no gobiernan’ se va por las alcantarillas.

A partir de los resultados electorales de diciembre, la formación de un nuevo gobierno luce improbable. Unas nuevas elecciones agravaría el impasse en lugar de resolverlo. La oposición del Psoe a formar un gobierno con el Partido Popular o a sostener un gobierno del PP por medio de la abstención, es mucho más que un tema de rivalidades partidarias. Como ocurriera en Portugal, un par de meses antes, donde también la derecha obtuvo la mayor cantidad de votos, el ‘socialismo’ ibérico se ve imposibilitado de pactar con el PP debido a la presencia de factores decisivos. En primer lugar, una bancarrota económica que no retrocede, como lo demuestra que las finanzas públicas, que este año enfrenta vencimientos por 400 mil millones de euros, se sostienen por el ‘auxilio’ del Banco Central Europeo. De otro lado, la desocupación persiste en un piso del 24% de la población activa; las comunidades autonómicas bordean la insolvencia; el impago de hipotecas sigue llevando a centenares de miles de familias el desalojo. En segundo lugar, las elecciones reflejaron un viraje hacia la izquierda (al igual que en Portugal) que los sondeos coinciden que se encuentra en ascenso. El giro se expresó en Portugal hacia el Bloco de Esquerda y en España hacia Podemos. El ritmo veloz del crecimiento de una izquierda que no existía con anterioridad, forma parte de la crisis política. Se trata de la expresión política de un enorme descontento popular y en la clase obrera que sufre una pérdida extraordinaria de derechos - en el marco de un reflujo igualmente grande del movimiento obrero.

La crisis, en su aspecto parlamentario, obtuvo un respiro en Portugal, que es bastante instructivo. El Partido Socialista rechazó una coalición con la derecha y obtuvo el apoyo ‘pasivo’ (parlamentario) para formar gobierno propio de parte del Bloco y del Partido Comunista. Para eso el PS tuvo que atravesar una crisis interna importante, que significativamente no llegó a una ruptura. En cuarenta años, desde la Revolución de los Claveles, no se veía un acuerdo PS-PC. El apoyo que le negó a Syriza, el PC de Portugal, siamés del griego, se lo dió al PS. La experiencia portuguesa ofrece dos conclusiones, no solamente la más obvia, que es la completa capitulación de la ‘izquierda’ ante un partido sólidamente anclado con la gran banca. La otra conclusión es que la burguesía se ve obligada a abandonar las coaliciones entre partidos tradicionales y recurrir a la ‘izquierda’ - en los casos del Bloco y de Podemos a la ‘nueva izquierda’. Este frente político es, por supuesto, una expresión de cinismo del conjunto de los socios, pero también un síntoma de que la burguesía no puede seguir gobernando como lo venía haciendo. La plataforma de gobierno de la coalición de hecho entre PS-Bloco-PC ratifica el alineamiento con la UE, la Otan y la Troika. La acción más destacada de este nuevo gobierno ha sido proceder al rescate del Banco Novo con 5 mil millones de euros de dinero público. Es cierto que también se ha comprometido a aumentar mínimamente el mínimo salario mínimo y no proseguir con algunos recortes sociales.

El episodio portugués (por ahora es sólo eso) ha ‘inspirado’ al jefe del Psoe, Pedro Sánchez, que rechaza formar un gobierno con el PP y busca hacerlo con Podemos, el cual ya gobierna con el PS, por ejemplo en Valencia - y también a Podemos, que nunca rechazó, por otra parte, la trapisonda portuguesa (Apoya, por otro lado, la política de privatizaciones y ‘ajuste’ de Syriza en Grecia). Oficialmente, lo que obstaculiza un acuerdo sería la reivindicación de Podemos a favor de un referendo de autodeterminación para Cataluña. Lo que ocurre, en realidad, es que el enorme retroceso electoral del Psoe ha agravado una crisis interna que no está relacionada con Cataluña. Los llamados “barones” del Psoe, incluso allí donde reciben al apoyo ‘pasivo’ de Podemos, como ocurre en Andalucía, acarician la posibilidad de gobernar con el PP pero sin la presencia de Rajoy. La cuestión catalana es usada convenientemente para bloquear una episodio a la portuguesa - como también fue intentado en Portugal. Los sondeos aseguran que en caso de nuevas elecciones Podemos podría superar en votos al Psoe, lo cual convertiría a la crisis de éste en un claro estallido.

Podemos, estrictamente, se encuentra, por su lado, en una situación singular. En varias comunidades ha ido a elecciones en coalición con agrupamientos locales; obtuvo 42 diputados, por sí mismo, y 27 en los frentes. Es un bloque contradictorio, al punto que esos agrupamientos reclaman bancadas autónomas Podemos en el parlamento (como fuera establecido entre Podemos y esos sectores con anterioridad a las elecciones). La contradicción va más lejos, esto porque tanto Podemos como sus aliados reivindican el derecho a la autodeterminación nacional de las comunidades autónomas por medio de un referendo, pero son ambiguos sobre la secesión (sin la cual no ha derecho a la autodeterminación). Podemos defiende una “España unida” - como se encarga de recordarlo todos los días Pablo Iglesias. Entre el planteo de Pedro Sánchez, de convertir a la Constitución en federal, en respuesta a los planteos secesionistas, y el planteo de Podemos, de convocar a una Asamblea Constituyente para redactar una Constitución que incluya el derecho a la autodeterminación (sin precisiones), hay una brecha menos que corta. Es llamativo que no los separe programáticamente la cuestión de la República - lo que supone que Podemos y sus aliados nacionales serían monárquicos, como lo es el Psoe. Parafraseando: ‘No los separan las diferencias sino el espanto’. Un gobierno Psoe-Podemos-coaliciones autónomas podría acabar políticamente con los tres. La crisis política en España llega a un ápice cuando recrudece en forma brutal la crisis financiera internacional - un contratiempo insalvable para coaliciones que afichan pretensiones reactivadoras y reformistas, pero un apriete, contradictoriamente, ante la posibilidad de que emerjan situaciones pre-revolucionarias. Aunque las encuestas prevén un reforzamiento de Podemos en caso de nuevas elecciones en abril, el resultado político para podemos es incierto: por un lado, porque sus coaliciones nacionales podrían avanzar más que Podemos, pero por sobre todo porque una polarización PP-Podemos es lo último que desea la dirección de Podemos.

Entretanto, mientras que el movimiento nacional en Cataluña ha sido afectado por los reveses que han propiciado sus direcciones políticas tradicionales (burguesas y pequeño burguesas), se acrecienta el descontento social en el cual se asienta ese movimiento, como consecuencia de la crisis financiera e industrial. Entre la España monárquica, de un lado, y los movimientos nacionales, del otro, nos colocamos con estos últimos, sin apoyar la posición nacionalista. Sostenemos el derecho a la autodeterminación (incluida la posibilidad de secesión) y el establecimiento de una República plurinacional gobernada por los trabajadores. Nos oponemos a cualquier opción federal en el marco monárquico; es antagónico a los derechos nacionales. La cuestión nacional, en el estado español, se ha convertido, al menos en esta etapa, en una palancal fundamental de la lucha por la República. El involucramiento del ex rey Juan Carlos con las corruptelas de su familia, por un lado, y la conspiración de la fiscalía del estado para imponer la impunidad de su hija, han acentuado la aversión popular por la monarquía. El tema no es un eje de agitación de la llamada ‘izquierda’, la cual, sin embargo, reivindica su progreso como consecuencia de la lucha contra la corrupción. El conjunto de la evolución de la crisis española pone de manifiesto los pies de barro de la tentativa que expresa Podemos.

El espacio político a ganar por parte la izquierda revolucionaria en el estado español, se asienta, en primer lugar, en la explotación política de todas estas contradicciones mediante la propaganda y la agitación y, en segundo lugar, en la prosecución de un incansable trabajo militante en las grandes industrias y en la juventud.

Jorge Altamira, Partido Obrero Argentina

jueves, 1 de octubre de 2015

Dos formas de explicar la crisis política abierta en España tras los resultados electorales en Cataluña


Dos formas de explicar la crisis política abierta en España tras los resultados electorales en Cataluña

Traemos dos artículos publicados en Prensa Obrera de Argentina con días de diferencia. El primero de ellos, de Pablo Heller, explica con minuciosidad cómo desde la izquierda revolucionaria se analiza un resultado electoral que si bien no fue adverso a la causa de la soberanía catalana respecto al Estado español, prefigura el desarrollo de muchas contradicciones para conquistarla donde la Unión Europea y las burguesías española y catalana no son mirones de palo, todo lo contrario, defensores a ultranza del centralismo español, mientras las tendencias centristas –Convergencia Democrática (CD) y Esquerra Republicana– autonómicas y soberanistas mantienen la propuesta de independencia en el marco de sostener su integración al interior de la UE, todo bajo el aderezo de la crisis mundial del capital que al interior de ésta se presenta aumentada.

El segundo artículo, de Jorge Altamira, amplía y profundiza lo escrito por Heller, resaltando el papel de la UE, o más concretamente, del imperialismo europeo con la extraordinaria ayuda del imperialismo yanqui. Además propone lo que una izquierda revolucionaria en España y en el mundo debería plantear respecto a la cuestión nacional española: apoyar resueltamente el derecho a la autodeterminación nacional, con un programa de unión republicana y socialista de los pueblos de la península ibérica.

A continuación, y por orden de aparición, ambos artículos.

Cataluña, luego de las elecciones

Las dos formaciones políticas que defienden abiertamente la secesión de Cataluña, Junts pel Sí y la CUP, conquistaron una mayoría absoluta de escaños en el Parlamento autonómico, cosechando 72 lugares de un total de 135.

De todos modos, ambas fuerzas no superaron la barrera del 50% de los sufragios –suman poco más del 47%–, una cuestión relevante si tenemos en cuenta que las elecciones constituían una suerte de plebiscito por la autonomía. La discrepancia entre proporción de escaños y de votos se explica por las particularidades del régimen electoral vigente, que establece pisos y le otorga una mayor representación a las jurisdicciones con menor densidad poblacional.

Campaña intimidatoria
Las elecciones de Cataluña tuvieron lugar en medio de una campaña feroz, que intentó amedrentar al pueblo sobre las consecuencias de la independencia. Esta campaña fue sostenida por un abanico de fuerzas que va desde la burguesía española, pasando por la gran burguesía catalana y que se extiende a la Unión Europea y a la Casa Blanca. Obama en persona, apenas días antes, en una reunión mantenida con el monarca español, destacó la necesidad de una "España unida". Los representantes de la Unión Europea advirtieron de que no iban a admitir la incorporación de Cataluña en su seno. La propaganda oficial, impulsada por el gobierno de Rajoy, señalaba que Cataluña, fuera de la zona del euro, estaría condenada a un desmadre financiero y a la amenaza de un corralito. Las asociaciones bancarias y las principales instituciones financieras amenazaron con retirar los fondos y cerrar sus filiales si ganaba el Sí.

Semejante cruzada tiene su explicación. La independencia catalana echaría más leña al fuego a las tendencias a la desintegración ya existentes en la UE y representarla un golpe letal a la integridad de España y al Estado español, que ha asumido sobre sus hombros el rescate del capital en quiebra y aplica una política de austeridad. Por otro lado, la independencia implica el fin de la monarquía en el nuevo Estado.

El movimiento independentista
Tomado en su conjunto, la suma de escaños de los partidarios del secesionismo supone un retroceso respecto de lo que esas formaciones obtuvieron en 2012, cuando lograron un total de 74 escaños.

El retroceso, sin embargo, se concentra en la actual coalición gobernante, liderada por el actual jefe de gobierno, Artur Mas. Se constata, en cambio, un ascenso de la CUP que constituye el ala izquierda del movimiento independentista.

La CUP denuncia al actual gobierno de Cataluña por su política de ajuste, por su ataque a las condiciones de vida de la población y por sus tendencias al compromiso con el Estado español. Mientras la CUP plantea una declaración unilateral de independencia, la hoja de ruta de Junt por el Sí consiste en un proceso tortuoso de apertura de negociaciones con el Estado español. Su proyecto independentista pasa por sustituir la dependencia del odiado centralismo español por la dependencia de Berlín y Bruselas. Una Cataluña independiente en estos términos, sería un protectorado y un colonia financiera de la troika y, como tal, condenada a llevar adelante una rigurosa política de ajuste.

El gobierno catalán de Artur Mas ha presentado la independencia como el gran pasaporte para una mejora sustancial en las condiciones de vida de la población. Pero la agenda del oficialismo gobernante excluye echar atrás la reforma laboral o la de las pensiones. En este punto, no hay diferencias entre Mas y Rajoy. La autonomía fiscal que pregona el oficialismo catalán tiene como destino pagar la deuda, mayores subsidios al capital, menos impuestos a los beneficios y no las necesidades populares.

La oposición
Como principal partido de la oposición en el Parlamento autonómico catalán se sitúa la formación derechista Ciudadanos, con casi el 18 por ciento de los votos y 25 diputados, casi el triple de los que obtuvo en las elecciones de 2012. A continuación, se ubica el socialismo y, después, fuertemente relegada, la coalición encabezada por Podemos con apenas el 9% de los votos. Podemos está casi empatada con el partido de Rajoy que está absolutamente desprestigiado.

La formación de Pablo Iglesias ha pagado muy caro su ambigüedad respecto a la causa de la independencia y es, por lo tanto, una de las grandes derrotadas de las elecciones.

Salida
El resultado electoral abre un escenario complejo y convulsivo. El presidente de Cataluña y la coalición que lo apoya, Juntos por el Sí, plantearon previamente que si lograban mayoría absoluta de escaños, se considerarían habilitados para poner en marcha un proceso que culminaría el año que viene con la aprobación de una nueva Constitución. Este proceso se pondría en marcha, aunque la causa independentista no haya logrado reunir el 50 por ciento de los votos.

Dentro de la mayoría incluyen a los escaños de la CUP, pero dicha fuerza cuestiona que Artur Mas pueda seguir siendo presidente.

Entretanto, la escalada de la monarquía española no se detiene. El parlamento español acaba de ampliar las facultades del máximo tribunal de España para destituir autoridades regionales, una disposición que apunta a voltear al nuevo presidente catalán electo. El gobierno de Rajoy ya tiene en la gatera la intervención del Estado catalán, si hiciera falta.

Estamos frente a una crisis política excepcional que pone en jaque el conjunto del régimen político. Frente a las aprietes y amenazas del Estado español, Artur Mas y su partido ya han capitulado en el pasado, con lo cual, todo indica que lo harán nuevamente. Pero la última palabra va a estar en las calles y no se puede descartar que esta escalada –y con más razón una intervención– podría encender un estallido popular.

La movilización independentista, que se acrecienta en Cataluña, constituye un golpe al Estado español, vasallo de la Unión Europea imperialista y en esa medida es un acicate y aliento a los lucha de los explotados no sólo de Cataluña sino de toda la nación española que están enfrentando el ajuste y que empalma, asimismo, con la oposición creciente contra la monarquía.

La CUP, con el 10% de los votos, une el reclamo de la independencia a una agenda que plantea poner fin a la política de austeridad, derogar la reforma laboral y revertir los recortes salariales y sociales, y privilegiar las necesidades populares mediante el no pago de la deuda. Llamamos a apoyar y defender el derecho a la independencia de Cataluña como un aspecto de una reorganización integral del país sobre nuevas bases sociales, mediante gobiernos de trabajadores en Cataluña y en toda España y para abrir paso a una Unión Republicana y Socialista de los Pueblos Ibéricos.

Pablo Heller

Cataluña, una crisis de conjunto del Estado español

Las elecciones en Cataluña, el domingo pasado, habían despertado expectativas en el campo internacional por su relación con una eventual separación de Cataluña de España. Los llamados partidos soberanistas Convergencia Democrática (CD) y Esquerra Republicana– han dado a conocer una hoja de ruta con ese destino en un plazo de dieciocho meses. La separación de Cataluña constituiría un acontecimiento de envergadura para el conjunto de la Unión Europea, azotada por la bancarrota capitalista y las crisis de Grecia y de los refugiados. Sería una declaración de inviabilidad para el estado español; en las gateras se encontrarían las autonomías afines de Valencia y Navarra y en definitiva el País Vasco.

La votación ha desatado una crisis dentro de esta crisis, esto porque los soberanistas no reunieron los votos suficientes para formar gobierno y por lo tanto implementar sus planes; necesitan para ello el concurso de la CUP, una lista soberanista de izquierda, que se opone a que ese gobierno lo encabece CD y su jefe, Artur Mas. Al mismo tiempo, el partido que gobierna España, el PP, sufrió un durísimo revés, lo cual representa un golpe para el centralismo estatal. Los plazos de la crisis se desplazan entonces hacia noviembre próximo, cuando tendrán lugar las elecciones para el parlamento español.

El recrudecimiento del independentismo catalán está asociado directamente a la crisis mundial, cuya repercusión en España ha sido catastrófica. Durante la mayor parte del tiempo que siguió a la transición del franquismo, la cuestión nacional estuvo ocupada por el País Vasco y por ETA –no por Cataluña o por el soberanismo catalán. Los gobiernos nacionalistas, en Cataluña, se sumaron, a partir de la crisis, a la brutal política de ajuste que aplicaron tanto el PP como el PSOE, en el conjunto del Estado, y encararon la crisis, ellos mismos, con una política de fuertes recortes a los gastos sociales y a los salarios. El recrudecimiento soberanista es, claramente, una expresión del agotamiento de esta política. En un período de quiebras, la pretensión de una redistribución de los ingresos fiscales del conjunto de España a favor de Cataluña, simplemente acicatea la crisis para el conjunto del Estado. La deuda pública de España es de cerca del 120% del PBI y se convierte en casi un 250% si se suma la deuda externa privada.

La gran banca de Cataluña ha estado entre las grandes beneficiadas por el rescate del Estado –la Caixa, BBVA y Sabadell. Se opone, obviamente, a una separación. El soberanismo, sin embargo, expresa a un fuerte sector patronal, el Círculo catalán de Negocios, que reúne a 800 empresas, incluidas las de mayor tamaño (Le Monde, 27/9). Es precisamente este sector el que reclama con toda nitidez esa redistribución, denunciando una pérdida fiscal de 300 mil millones de euros en treinta años. Reclama, asimismo, una reorientación de los negocios hacia afuera de España, al que considera un mercado agotado, con la mirada puesta en Asia y en la asociación con capitales de China –en especial en infraestructura.

Los problemas asociados con la distribución del presupuesto público son, sin embargo, comunes a todos los estados, no por eso plantean una cuestión nacional. Cataluña no hubiera podido, por sí sola, salir al rescate de las numerosas cajas bancarias que fueron absorbidas por la Caixa, o sea sin el concurso del estado español y el Banco Central Europeo. Por eso, el nacionalismo catalán reivindica el sometimiento nacional de una Cataluña soberana a la Unión Europea y a la Otan. Por encima del tema fiscal, lo que decide la cuestión nacional, para la burguesía, es la solidez del Estado como protector de las relaciones sociales existentes.

Estas limitaciones explican la cobardía del nacionalismo catalán, que ha aceptado las restricciones de la Corte Constitucional del estado español a convocar a un referendo. Ahora propone una hoja de ruta para desarrollar un estado nacional autónomo desde arriba, donde el gobierno que asuma crearía las instituciones necesarias –como un banco central, una cancillería e incluso fuerzas armadas. El estado que emergería de la hoja de ruta tendría el control de una Asamblea Constituyente, que sería convocada con posterioridad. Los resultados electorales del domingo pasado no alcanzan, sin embargo, para avalar este proyecto artificial. Tanto Cataluña como España se encuentran en un impasse.

Las elecciones estatales de noviembre podrían llevar esta crisis a nuevos niveles. La piedra de toque de ellas es la cuestión del separatismo y la modificación del régimen político establecido luego de la dictadura franquista. El Psoe, por ejemplo, propone que una Convención Constituyente reforme el sistema actual y que permita, en ciertas condiciones, el derecho de autodeterminación. Es un recurso para salvar al Estado actual, en primer lugar la monarquía y las fuerzas armadas al servicio de la monarquía. Las elecciones catalanas del domingo pasado forman parte de una negociación que se desarrolla en el conjunto del estado español; los soberanistas buscan concesiones de otro interlocutor a la cabeza de España. En resumen, se asiste a una crisis de conjunto del estado español. Es un desarrollo político de gran importancia del periodo de bancarrota capitalista internacional.

Las elecciones del domingo pasado pusieron en evidencia un retroceso de la izquierda tipo Podemos y de Izquierda Unida, y el avance de una nueva formación de características macristas –Ciudadanos– que oficia de sustituto del PP. El elemento ‘juvenil’ ha oficiado como ‘renovación’ tanto para la izquierda como para la derecha. El bipartidismo ha sido enterrado por una decena de fracciones.

¿Cómo deber plantarse la izquierda revolucionaria frente a la cuestión nacional en España? Debe apoyar resueltamente el derecho a la autodeterminación nacional, con un programa de unión republicana y socialista de los pueblos de la península ibérica. O sea que debe sostener, en las condiciones de la España monárquica, la independencia republicana de Cataluña, como consecuencia del ejercicio del derecho a la autodeterminación, al mismo tiempo que impulsa la unidad de los trabajadores del conjunto del Estado español por el establecimiento de una República federativa y socialista Ibérica. Con este programa debe combatir al nacionalismo catalán (soberanista o independentista) de contenido burgués. La tarea histórica no es crear nuevos estados nacionales, ni menos camuflarlos con la UE y la Otan.

Jorge Altamira