Opción Obrera es la sección venezolana de la CRCI (Coordinadora por la Refundación de la IV Internacional)

Propulsamos el desarrollo de una política proletaria al seno de los trabajadores tras su independencia de clase y una organización de lucha para su liberación de la explotación e instaurar El Gobierno de los Trabajadores, primer paso hacia el socialismo.

Ante la bancarrota capitalista mundial nuestra propuesta es que:


¡¡LOS CAPITALISTAS DEBEN PAGAR LA CRISIS!
¡LOS TRABAJADORES DEBEN TOMAR EL PODER!



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domingo, 27 de noviembre de 2016

La muerte de Fidel Castro y la encrucijada cubana


La muerte de Fidel Castro y la encrucijada cubana

Ha muerto el líder del acontecimiento político más importante del siglo XX latinoamericano: la Revolución Cubana, por la cual toda una generación de jóvenes siguió las banderas del socialismo. El fallecimiento de Fidel Castro se produce en un momento crucial de la revolución en Cuba y en América Latina

Cuando fue juzgado después del asalto al cuartel Moncada en 1953, Fidel Castro transformó ese estrado judicial en una tribuna política para producir su famoso alegato: “La historia me absolverá”, todo un programa político que tenía su eje en la convocatoria a elecciones libres y en la vigencia de la Constitución demo-burguesa de 1940, que abrió el periodo de los gobiernos llamados “legítimos” (Ramón Grau San Martín y Carlos Prío Socarrás) hasta el golpe de Fulgencio Batista en marzo de 1952.

Consumada la revolución el 1° de enero de 1959, la jefatura guerrillera en el poder intentó ejecutar aquel programa: estableció un acuerdo con partidos burgueses opositores a la dictadura de Batista y nombró presidente a Manuel Urrutia, representante de aquella coalición. El 8 de enero una maniobra política quiso imponer en el gobierno a una junta militar, pero Castro y su Movimiento 26 de julio convocaron a la huelga general para derrotarla.

Más tarde, cuando Urrutia expulsó a Fidel del mando militar, una movilización obrera y campesina lo repuso en el cargo y el presidente debió renunciar. Se quebró la coalición con la burguesía y se decretó la expropiación de los emporios azucareros, muchos en manos de pulpos norteamericanos. Esto es: cuando los objetivos democrático burgueses que perseguía el movimiento revolucionario se demostraron de cumplimiento imposible si no se les quitaba a la burguesía y a los latifundistas su poder económico y político, la dirección cubana tuvo el mérito histórico de avanzar audazmente por ese camino, el de barrer a todo el antiguo poder estatal. En enero de 1961, después de que Castro personalmente comandara las milicias que rechazaron la invasión de exiliados (financiados, entrenados y armados por la CIA) en Bahía de los Cochinos, el gobierno cubano proclamó públicamente el carácter “socialista” de la revolución.

Así, los aliados democráticos del M26 se van del gobierno o son expulsados, terminan en el exilio. La revolución entra en crisis con sus postulados originales y, mientras echa del gobierno a los partidos burgueses y expropia a los latifundistas, prohíbe elecciones libres en los sindicatos e impide cualquier desarrollo independiente de las organizaciones obreras y del proletariado mismo. El poder exclusivo del M26 deriva en el poder personal de Castro y se instaura así un bonapartismo sui generis. Poco después, los reveses económicos (el fracaso de campañas agrícolas y sobre todo la derrota de las tendencias industrializadoras, impulsadas por el Che Guevara y el ala izquierda del M26) empujarían a Castro a refugiarse en la burocracia contrarrevolucionaria del Kremlin; es más: el Partido Comunista, que se había opuesto a la revolución porque se contradecía con el equilibrio político acordado por Moscú con las potencias imperialistas, pasó a formar parte decisiva del gobierno y el Movimiento 26 de Julio tomó el nombre del partido estalinista.

Desde entonces, y particularmente a partir del fracaso de la experiencia foquista de Guevara, Castro se empeñaría en evitar que otros siguieran el camino cubano. Respaldó la “vía pacífica” al socialismo propugnada por Salvador Allende en Chile (1970-1973) y luego, producida la revolución nicaragüense en 1979, señaló con énfasis que Nicaragua no tenía por qué hacer como él mismo había hecho en Cuba, de modo que el sandinismo no expropió a burgueses ni a terratenientes y reconstituyó el ejército regular destruido por la revolución.

En sus últimos años de gobierno efectivo, Castro respaldó a gobiernos nacionalistas como los de Hugo Chávez y Evo Morales, e incluso al de los Kirchner. Una manera de desandar el camino de Cuba en 1959-61.

La encrucijada

Fidel Castro acompañó los acuerdos del gobierno cubano con Barack Obama, si bien en algún momento dejó caer alguna observación crítica (“no necesitamos que el imperio nos regale nada”), acuerdos que ahora entran en nueva crisis por la victoria de Donald Trump. Debe subrayarse, en ese punto, que Obama no levantó el bloqueo; apenas lo moderó, y con cuentagotas.

Este proceso se desenvuelve, además, cuando la bancarrota capitalista empeora en extremo las condiciones económicas de Cuba. Una reconversión capitalista en la isla revolucionaria produciría una situación explosiva por el grado de miseria que acarrearía. Por otra parte, la economía cubana está deteriorada gravemente en sus centros neurálgicos: la producción azucarera, por citar un caso, se ha derrumbado de 8 millones de toneladas en la década de 1990 a poco más de 1 millón en la actualidad. La entrega de tierras en propiedad a campesinos y cooperativas encuentra también obstáculos severos en el atraso agrario del país.

En términos políticos, la autoridad de Fidel, perdida en la práctica desde que su salud lo obligó a retirarse del gobierno, se pierde ahora hasta en su sentido simbólico. La crisis del Estado cubano deberá necesariamente apurar la transición política, que finalmente se decidirá en el terreno de la lucha de clases dentro del país y, sobre todo, en el plano internacional.

En definitiva, el de Cuba es un proceso abierto. Junto a las tendencias restauradoras se desenvuelve otra, opuesta al régimen burocrático y favorable a la democracia obrera, a la defensa de las conquistas de la revolución, a la libertad de organización con ese fin. Las masas cubanas son conscientes de que se aproxima el momento del desenlace: Fidel ha muerto y Raúl está también ante el límite intraspasable de la naturaleza. La crisis mundial pone a los trabajadores cubanos ante ajustes similares a los que sufren sus compañeros de todo el mundo. La revolución latinoamericana bien puede recomenzar por la gloriosa Cuba.

Por último, se debe subrayar lo obvio: es un momento de congoja. Los revolucionarios nunca han sido indiferentes al dolor de un pueblo ante la pérdida de sus grandes líderes, y más aún cuando se trata del jefe de una revolución que cambió la historia latinoamericana.

Alejandro Guerrero


jueves, 24 de noviembre de 2016

Venezuela, en vísperas de definiciones


Venezuela, en vísperas de definiciones


El carácter tardío de la mediación vaticana en Venezuela quedó ilustrado rápidamente por los acontecimientos de las últimas semanas. El descontento de la oposición respecto del resultado del “diálogo” radica en que éste no puede dar respuesta al único tema relevante: la crisis de poder. Por ello, el tema del desplazamiento de Maduro se cuela en forma permanente, sin acuerdos posibles. La derecha -MUD- asegura que vuelve a “la agenda de la calle” mediante la recolección de millones de firmas por el revocatorio, para presentar en la tercera reunión con el gobierno, prevista para el 6 de diciembre. La iniciativa apenas intenta disimular sus propias divisiones: una semana antes, Capriles había anunciado que “el 11 de noviembre era la fecha límite” para la satisfacción de sus demandas -liberación de presos y calendario electoral-, algo que ostensiblemente no ocurrió, sin que la coalición derechista ofreciera respuesta al nivel de las amenazas previas. En realidad, la MUD refracta el impasse del propio imperialismo, cuyas iniciativas “mediadoras” para contener la crisis latinoamericana vienen pisando arenas movedizas -Cuba, Colombia. El triunfo de Trump ha puesto patas para arriba esa agenda, desde el pacto nuclear con Irán hasta las transacciones con Raúl Castro, lo que se ilustra con los nombramientos de su gabinete. En ese marco, los sectores más derechistas de la MUD reclaman concluir en forma inmediata cualquier negociación con Maduro, porque los encuentros “no han dado resultados ni los van a dar” (Lilian Tintori en latercera.com). Hasta la Iglesia evidenció el callejón sin salida, pues “el presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana, monseñor Diego Padrón, aseguró que la institución religiosa 'no está contenta' con el desarrollo 'del proceso de diálogo'” (ídem).

Bancarrota económica

La sanata papal según la cual “dialogando se entiende la gente” como parte de “la cultura del encuentro” está lejos de ocultar que el trasfondo profundo es una bancarrota monumental -y a su turno, una crisis de poder que exige definiciones de todas las clases sociales-. De una “redistribución eterna” a partir de la renta petrolera, pasamos al inminente default de PDVSA, que el 21 de noviembre activó una “gracia” de 30 días para pagar compromisos de deuda por aproximadamente 539 millones de dólares. El dato es significativo, porque en ningún momento el chavismo interrumpió el pago religioso de estos cupones, lo cual desangra sistemáticamente una economía en terapia intensiva. El JP Morgan “todavía cree que PDVSA hará los pagos durante el período de gracia” (El Nacional, 21/11); sin embargo, es evidente que el default se aproxima. El desquicio económico es pagado íntegramente por las masas, que afrontan una canasta familiar que llegó a los 429 mil bolívares, mientras el salario mínimo no alcanza los 30 mil. Incluso considerando los “cestaticket”, una suerte de vale alimentario que impuso el gobierno para asegurar la reproducción de la fuerza de trabajo, el salario no cubre siquiera la cuarta parte de la canasta.

Las evidencias que aquí señalamos confirman que Venezuela marcha a un desenlace. Esto coloca sobre el tapete la necesidad que la clase obrera emerja en la crisis nacional como un factor político independiente. Es imperioso que la izquierda obrera y socialista postule un planteo de poder, que incluya la convocatoria a un congreso de trabajadores y una constituyente que reorganice la nación sobre nuevas bases.

Alejandro Lipco

sábado, 12 de noviembre de 2016

Trump: Una bala perdida del fascismo


Trump: Una bala perdida del fascismo



Podemos enumerar infinidad de razones para la victoria electoral de Trump. Pero la principal razón que está detrás de todas las demás es la tercera gran depresión. El mundo ha entrado en una nueva etapa después de la gran crisis financiera en 2008. Lo que comenzó después de ese momento clave fue una crisis económica con una profundidad pocas veces visto en la historia del capitalismo. Las depresiones se distinguen de las crisis periódicas, ordinario y de corto plazo por la imposibilidad de una recuperación espontánea. Las depresiones no pueden llegar a su fin sin convulsiones políticas, militares y sociales gigantescos. Durante este proceso, las viejas estructuras políticas de la sociedad se vuelven inadecuados para las necesidades de la nueva etapa. El viejo sistema comienza a desintegrarse en todo el mundo. Pero esta desintegración se presenta bajo diversas formas en los distintos países y regiones. El equilibrio político empieza a cambiar a los extremos,  a la  derecha o a la izquierda. En algunos lugares, esto significa, o bien fascismo o revolución, o ambos llegan a un primer plano. Donde uno falla, el otro se convierte en candidato para la energía.
Donald Trump es la encarnación del éxito de un fascismo especial, o más bien un protofascismo, donde la izquierda ha fracasado. Los lectores del periódico Gerçek y el sitio web saben que se utiliza el concepto de "proto-fascismo" para los movimientos que no tienen todas las características del fascismo, pero que podrían desarrollarse rápidamente estas formas y sustancias del fascismo cuando la ocasión y la necesidad se producen. El epicentro de estos movimientos en el siglo XXI son los países de la UE. Tales son los movimientos de extrema derecha, especialmente en países como Francia, Holanda, Alemania, Gran Bretaña, Suecia, Finlandia y Austria, a veces llamados "neofascista" y, a veces, de una manera muy engañosa, "populistas". Lo que distingue a Donald Trump es que él es un "rebelde" fascista. En la primera fase de la Tercera Gran Depresión, Trump-asi como la extrema derecha trataron de organizar un movimiento "Tea Party" y tomar el control del Partido Republicano, pero fracasaron. Donald Trump forma la segunda ola de la iniciativa, que sigue tratando de cambiar la política estadounidense hacia la derecha. A diferencia del "Tea Party" lo ha logrado. Pero el poder de Trump es diferente del fascismo clásico, así como  del "protofascismo" de hoy porque no hay ningún movimiento organizado como una entidad distinta del Estado . En este sentido, debemos considerar a Trump como una forma de reacción y una avalancha de barbarie completamente consistente con las tradiciones de un país donde la veneración por el individualismo alcanza su pico. Esto puede ayudarnos a distinguirla de la tendencia fascista en el resto del mundo. Esta característica es también uno de sus mayores debilidades.
Bernie Sanders no va a llegar a ser un ministro en el gabinete de Clinton!
La victoria de Trump provocó una profunda ola de desesperación en los EE.UU., al igual que las recientes victorias de Erdogan en Turquía. Se puede observar este fenómeno en los medios de comunicación social. El signo más notable es la caída de la página web de inmigración de Canadá. la gente acomodada, en los Estados Unidos, así como en Turquía, prefieren refugiarse en lugares seguros para luchar contra las tendencias fascistas! Pero si el fascismo triunfa, se hará un seguimiento de ellas en sus refugios! No tenemos ninguna duda de que lo harán.
Sin embargo, caer en la desesperación con respecto a la sociedad estadounidense sería un error flagrante. Hay dos razones concretas para ello. En primer lugar, considerado en su conjunto, estas elecciones vieron el surgimiento de no sólo un "fascismo cañón suelto", sino también de un "socialismo Maverick". Sin embargo, las direcciones que debe han dirigido esta tendencia socialista a un movimiento político organizado por salvarlo de este aspecto "Maverick" eludieron su deber y, por tanto, este proceso de renovación socialista tiene, por ahora, una parada.  
Está claro que estamos hablando de la reactivación de izquierda encarnada en el éxito de Bernie Sanders en las primarias del Partido Demócrata. Sanders representa el mayor éxito jamás obtenido por la izquierda en las elecciones de Estados Unidos. Sin embargo, justo después de perder las primarias debido a las barricadas instaladas en marcha contra la izquierda y las prácticas torcidas del aparato del Partido Demócrata,  hicieron un cambio de actitud y se unieron detrás de Clinton, a quien habían llamado "la candidata de Wall Street" durante las primarias. Esta fue una traición en toda regla a sus seguidores que emitieron 13 millones de papeletas para él, sobre todo entre ellos los trabajadores de cuello azul, y las luchas de los negros, las mujeres y los jóvenes, lo que le dio un inmenso apoyo y apareció como una fuerza masiva lleno de promesas. Sin embargo, esto no es ninguna sorpresa de un reformista "socialista" que ha trabajado durante décadas en el Senado del país imperialista-capitalista más grande.  
Sin embargo, Sanders no es el único que rendir cuentas por el fracaso de la izquierda. Estamos más preocupados con la rendición de cuentas de los verdaderos socialistas que la suya. El movimiento socialista de los EE.UU. tiene una responsabilidad considerable para la dispersión de la fermentación que surgió durante las primarias. Se llevó a cabo una "esperar y ver la política", con una concepción superficial de "nuestro tiempo vendrá", a pesar de la aparición de una grave tendencia del apoyo de la clase obrera y la movilización activa y militante de la juventud. Se ha perdido por lo tanto una oportunidad grave. La izquierda socialista podría haber aplicado una política hábil, empleando la táctica del frente único vis-à-vis la campaña Sanders sin crear ninguna ilusión sobre el líder reformista. Debería haber tratado de evitar la dinámica de los 13 millones de votantes en un tercer polo, un tercero y, por qué no, el partido obrero de masas. Incluso si la izquierda socialista fracasó, se habría creado un movimiento social joven, feroz hacia Trump y templado en la lucha,. Ahora bien, este potencial se convertirá en personas desalentadas, pesimistas y aisladas. Quién sabe, algunos de ellos podrían ya haber comprado sus entradas para Canadá. En política, el tiempo es  la esencia.
Debemos recordar a nuestros lectores que, si bien Sanders contendía, a Hillary Clinton, e incluso la posibilidad de su nominación, aunque de largo aliento, se vislumbraba en el horizonte, las encuestas de opinión que sugerían, en comparación con Clinton, Sanders tenía más probabilidades de vencer a Trump ! el aparato del Partido Demócrata, mediante el apoyo encubierto a Clinton  manipuló las primarias, saliéndole tiro por la culata! Pero, evidentemente, esto no es más que nueva evidencia de la tendencia de la burguesía para tomar esa decisión cuando se enfrentan al fascismo y al socialismo simultáneamente, a menos que se encuentren en situaciones desesperadas.
Las contradicciones de Trump
Desde las etapas iniciales de las elecciones en Estados Unidos que han afirmado claramente, basando nuestra evaluación sobre los aspectos principales de la Tercera Gran Depresión, que a pesar de los opuestos exactos del espectro político, Trump y Sanders representan dos respuestas distintas a una sola pregunta. La pregunta es la solución a los grandes problemas que enfrenta la clase obrera,  esta última se ha empobrecido  cada vez más  durante las últimas décadas en virtud de los constantes ataques del capital financiero. Estos problemas van desde las ejecuciones de viviendas debido a su falta de pago de las cuotas hipotecarias en las condiciones de la gran depresión a  la decadencia de sus barrios. Mientras que Sanders y los socialistas propusieron una solución a través de la lucha contra el capitalismo y el capital financiero, Trump, por el contrario, propone una solución a través de racismo. Cuando el primero falló, este último triunfó.
Sin embargo, es fácil  ofrecer soluciones a la clase obrera, cuyas condiciones de vida están hoy en decadencia, pero difícil de implementar estas soluciones en la profunda crisis del capitalismo. Las crisis capitalistas profundas, especialmente las grandes depresiones, hacen que cualquier tipo de paz, incluso una tregua entre los intereses de la burguesía y la clase obrera son imposibles. El hecho de que Trump ha declarado que va a resolver los problemas de la clase obrera sobre la base del racismo, no significa que él puede hacer simplemente eso. Ya, la bolsa de valores reaccionó fuertemente contra la elección de Trump. Trump es un capitalista de principio a fin. Su solución nunca podría ir en contra de los intereses generales del capitalismo. Pero la política de guerra contra el libre comercio, como  prometió Trump, perjudicaría necesariamente al capitalismo norteamericano y en consecuencia al capitalismo mundial, dado que los EE.UU. es la economía más grande en el mundo. Por lo tanto, ahora que Trump es un hombre de Estado, está atrapado entre la expectativa de sus seguidores y de las necesidades del capitalismo.
Este es el segundo contra-tendencia que muestra que  la sociedad estadounidense no ha caído en las garras de reacción de una manera unilateral e irreversible. Las vacilaciones de Trump, harán que las expectativas de la clase obrera desencadenen una tendencia a la lucha. Aunque el racismo sería el remedio venenoso de la sociedad en un primer momento, las cosas cambiarían en el tiempo. El ritmo y las formas concretas de esta contradicción son difíciles de predecir. Pero después de un período de gracia inicial, la clase obrera podría empezar a luchar contra Trump en formas que son difíciles de prever en este momento. Si esto puede converger con la reactivación provocada por la campaña Sanders, aún con vida, por el momento, y en el escenario más extremo  puede ser testigo de un resurgimiento de la izquierda.
Nuevas catástrofes en el horizonte, así como nuevas oportunidades
A menos que la izquierda  de la guerra contra el liberalismo, la bestialidad del  protofascismo hará, multiplicar las catástrofes. Las elecciones se celebrarán en Francia y los Países Bajos en marzo. En Francia, Marine Le Pen, la mujer presidente del Frente Nacional casi seguro que será la principal candidata en la primera vuelta de las elecciones. A pesar de que probablemente perderá la segunda vuelta de las elecciones, esto significa que protofascismo está llamando a las puertas del poder. En los Países Bajos, se espera que el movimiento proto-fascista liderado por Geert Wilders ganaría el primer lugar en las elecciones generales. Sin embargo, los movimientos proto-fascistas de estos países también se enfrentan a las mismas contradicciones. 2016 ha sido testigo de la lucha incansable de la clase obrera francesa contra la nueva Reforma Laboral, llamada la Ley de El Khomri. Esto significa no sólo protofascismo sino también la lucha de la clase obrera está en aumento.
A continuación, debemos entender que el futuro está lleno de peligros, pero no hay razón para la desesperación y el pesimismo. Estamos pasando  un período de luchas trascendentales. Si la izquierda socialista no puede hacer lo mejor de este potencial, el futuro podría ser sombrío. Pero si la izquierda socialista está a la altura de las circunstancias con su discurso y su organización un futuro brillante se puede aprovechar. Obviamente, este potencial podría ser abortado! Todo depende de la política y el éxito de la vanguardia revolucionaria de la clase obrera.

por Sungur Savran DIP Devrimci İşçi Partisi Partido Obrero Revolucionario de Turquía

12 de noviembre 2016

jueves, 10 de noviembre de 2016

“La democracia en América”: de Tocqueville a Trump


“La democracia en América”: de Tocqueville a Trump

La victoria electoral de Donald Trump marca un giro político hacia el bonapartismo, o sea hacia un régimen de poder personal de contenido reaccionario. Se trata de algo que va más allá de la concentración de poder que otorga el sistema presidencial norteamericano.

La caracterización de Estados Unidos como una democracia de oligarquías agrarias, acompañada por un Ejecutivo simbólico, no es correcta históricamente y menos aún para su desarrollo ulterior. La guerra con México, la Guerra de Secesión, la anexión de hecho de Cuba, una seguidilla de crisis financieras a fines del siglo XIX y principios del XX y dos guerras mundiales propiciaron una fuerte centralización estatal; los organismos “reguladores” en todos los campos, y en especial en la seguridad nacional, se encuentran, a todos los fines prácticos, por encima del Congreso. Este fenómeno no hizo más que acentuarse a partir de un sostenido armamentismo nuclear, un nuevo ciclo de guerras a partir de la desintegración de Yugoslavia y, finalmente (si se puede decir así), la bancarrota capitalista que va por su octavo año (y cuyo epicentro fue, precisamente, Estados Unidos) –o desde mucho antes, si arrancamos de la crisis asiática de 1997, y ni qué decir de la crisis industrial y financiera de la década del ’70.

No es casual que Clinton advirtiera en su campaña contra el peligro de que Trump manejara el gatillo nuclear. Esa simple posibilidad es un epitafio para cualquier democracia política y, por supuesto, para el conjunto del régimen social vigente.

Campaña golpista

Ahora culmina una campaña electoral que se caracterizó desde el inicio por poner en evidencia una crisis política de magnitud excepcional: tanto en el Partido Demócrata, con la victoria sin precedentes de un “izquierdista”, Bernie Sanders, sobre Clinton, en veintidós Estados, y en especial por el “nocaut” técnico al aparato del Partido Republicano por parte de quien se exhibía como un “clown” mediático, un millonario de negocios turbios. Un resultado diferente al que se conoció finalmente habría tenido por consecuencia, por lo tanto, sólo un cambio en la hoja de ruta de esta crisis política, de ningún modo una cancelación.

También a esta crisis hay que ponerla en perspectiva histórica, pues ha sido precedida por el asesinato de John Kennedy y su hermano Robert; el desmoronamiento de la gestión Carter; la derrota en Vietnam y la destitución de Nixon; el fraude electoral que impuso a George Bush (h) sobre Al Gore. La demolición a la que asiste el Partido Republicano tiene una década de desarrollo, con la aparición del fascistoide Tea Party.

La campaña electoral que acaba de finalizar tuvo un definido carácter golpista, pues se caracterizó por las “filtraciones” del aparato de seguridad acerca de los candidatos y una lucha interna dentro de ellos, que el “trumpista” Robert Giuliani, el inventor de la “tolerancia cero” en su gestión en Nueva York, calificó de “rebelión”. La “limpieza” que hará Trump en el FBI dejará para el recuerdo a Stiuso, al Grupo Halcón, a Lagomarsino y a Nisman.

Es el inmovilismo, “estúpida”

Una victoria de Clinton no habría representado un tránsito en “la continuidad” sino el inmovilismo, y esto ante una crisis mundial que no cesa de crecer. Es decir, habría encabezado una administración sin certeza de fin de mandato.

La deuda pública, en la actualidad de 14 billones de dólares (que sumada a la de los Estados y municipios supera cómoda los 20 billones de dólares, un 120% del PBI, se proyecta a 22 billones de dólares para el año 2025 y a un total federal de 30 billones de dólares -sin contar los “entiltelments” –o sea los pagos futuros de seguridad social. El servicio de intereses pasaría, en el mismo período, de 250 mil millones a 800 mil millones de dólares. China, Japón, Rusia y Arabia Saudita tienen en su poder más de la mitad de la deuda pública norteamericana, y los cuatro asisten a crisis financieras severas. Las consecuencias catastróficas que tendría la venta de esa deuda para la economía mundial es un tema recurrente en los mentideros financieros internacionales.

La “recuperación económica” a la que se alude para reivindicar a Obama, no solamente tiene mucho de dibujo, ya que no hace referencia al decrecimiento de la población activa (que busca trabajo) ni al empeoramiento de la calidad del empleo y la remuneración de la fuerza de trabajo. El crecimiento del PBI es bajo –2 por ciento anual–, inferior al potencial, y tampoco registra el desgaste acelerado de la infraestructura y su más acelerada obsolescencia. ¡La productividad del trabajo está en retroceso! La deuda por estudios universitarios se encuentra en niveles de quebranto –es de un impagable billón y medio de dólares. Un Estado entero, Puerto Rico, fue declarado insolvente. El déficit de inversión es de tal magnitud que los bancos privados tienen atesorados casi tres billones de dólares. La emisión de dinero de la Reserva Federal, sea para rescatar bancos o financiar a tasa cero a las corporaciones, ha agotado todas sus posibilidades. La caída del comercio se verifica en el retroceso de la velocidad de circulación del dinero que se emite.

Cuando Obama anunció un aumento del 25% en las contribuciones a la salud, apenas dos semanas antes de los comicios, la intención de votos para Trump dio un salto y también dejó al desnudo la desfinanciación del seguro universal –entre otras cosas por la suba imparable de los medicamentos y de los tratamientos privados. De este modo, Trump recibió un empuje incluso con anterioridad a que el FBI informara que volvería a investigar a Clinton por su manejo de servidores privados para asuntos públicos.

Contra la clase obrera

Es así que, en el debate político de la crisis económica, la iniciativa la llevó el “clown”, no la que hacía gala de “experiencia”. Clinton desarrolló una agenda “cultural” vacía en torno del clima, al género y el racismo –lo que no impidió que la votaran menos afroamericanos que a Obama y que una mayoría de mujeres “blancas” (una curiosa distinción estadística) votara a su rival. Contra las previsiones de todas las encuestas, que preveían una menor participación electoral, por la alta “imagen negativa” de los dos candidatos, se registró un récord de concurrencia. Trump hizo eje en el “empleo” (la clave para su victoria), en forma engañosa. Planteó una política proteccionista y una desvalorización de la deuda pública como instrumentos de una re-industrialización de Estados Unidos –en realidad, una política de guerra comercial y financiera. Se valió del slogan “crear empleos” para disimular el pasaje de la guerra comercial “normal” a la devaluación y a los aranceles. El especulador inmobiliario, que aprovecha la valorización ficticia del terreno urbano, dejó al desnudo el carácter crecientemente rentístico de la economía norteamericana. Es precisamente esto lo que también puso en evidencia el Brexit.

Como buen representante de la reacción capitalista, se opuso al aumento del salario mínimo y a la defensa del derecho al trabajo por medio de los sindicatos. Se comprometió a bajar el impuesto a los réditos del 35 al 15 por ciento. Llegó a plantear la derogación de las normas de regulación bancaria (piso de capital) que cuestionan los bancos, y hasta nombraría, anunció el muy leído Político, a un agente de Goldman Sachs secretario del Tesoro –como ocurre con el Banco de Inglaterra y el Banco Central Europeo.

Estamos ante un amasijo de medidas contradictorias, pero con un hilo conductor: guerra comercial y financiera y ataque a los derechos laborales; es decir, lo que, con menos estridencia, ha venido ejecutando la administración Obama. Lo mismo ocurre con el reforzamiento del Estado policial, que ya se encuentra militarizado. En el cierre de campaña, Trump puso mayor énfasis que nunca en que incrementaría en forma sustancial el gasto militar, como si las guerras de Obama-Clinton fueran un juego de niños.

Queda por ver si el capital norteamericano tiene la misma caracterización de Trump y si comparte la oportunidad de operar un salto cualitativo en la puja comercial y financiera para acaparar una mayor parte de la plusvalía mundial. En Gran Bretaña ya hay una reacción contra el Brexit y se perfila una crisis política; podría ocurrir algo similar en Estados Unidos. La política de extorsiones que Trump plantea contra los rivales de Estados Unidos en el mercado mundial, supone una mayor militarización y guerras. La sola noticia de la victoria de Trump ha acelerado el derrumbe de monedas como la lira turca o la libra egipcia; la salida de capitales podría producir una devaluación del peso argentino y afectaría el blanqueo.

De estas contradicciones y antagonismos emerge el carácter potencialmente bonapartista del magnate; Marx había observado que el lumpenaje puede representar una forma adecuada de gestión del Estado capitalista, sólo si antes ese Estado se apropia de la sociedad civil de un modo tan intenso como para viabilizar o instrumentalizar una gestión de lúmpenes. No es el caso de Estados Unidos por ahora, sacudido por las fuerzas centrífugas de la bancarrota capitalista mundial y una fuerte división de la burocracia del Estado y de sus partidos, y una potencial polarización política.

Lucha de clases

Para cerrar este análisis hay que volver al principio. Durante las primarias de esta campaña y enseguida después, los sondeos de opinión mostraron algo más que interesante: solamente Bernie Sanders podía ganarle un “tête à tête” a Trump, e incluso a Clinton en una partida “à trois”. Sanders prefirió ir a la cola de la opción liberal frente a la fascista, luego de haber denunciado el carácter capitalista y proimperialista de Clinton (“representante de las corporaciones”) e incluso su “corrupción” y el manejo “fraudulento” de la interna que los había enfrentado en el Partido Demócrata. Desmovilizó de este modo a quienes lo habían votado en masa y abandonó el trabajo de llevar al campo de la izquierda que representaba, a los trabajadores afectados por la crisis más despolitizados. La posibilidad de una polarización política fue entregada a lo que termina siendo una victoria de la reacción política. Una responsabilidad mayúscula en todo esto corresponde a la burocracia de los sindicatos, que bloqueó una candidatura opuesta al bipartidismo y puso a su aparato al servicio de una probada camarilla antiobrera –como lo ha sido la familia Clinton.

En el lapso breve de unos meses quedó expuesta la inconsistencia política del centroizquierdismo pero, al mismo tiempo, la volatilidad de la crisis política del Estado burgués. Entre una candidata de la “lucha cultural” y uno de la “guerra (reaccionaria) de clases” y ganó este último. La historia se repite.

Jorge Altamira


miércoles, 9 de noviembre de 2016

Trump y la desintegración del orden político internacional

Trump y la desintegración del orden político internacional



Antes que el xenófobo y fascistoide Donald Trump se alzara con la presidencia de los Estados Unidos, el régimen político y económico de la mayor potencia del planeta ya había dado poderosas muestras de desintegración. La deuda pública norteamericana, que se triplicó en la última década, supera el 100% de su producto bruto. El rescate capitalista de la bancarrota del 2007-2008 ha hipotecado las finanzas públicas. Pero no sacó al país del pantano económico, lo que se expresa en la caída de la inversión y el rendimiento del trabajo, por un lado, y en el agravamiento de la miseria social, por el otro. Los que buscan los “brotes verdes” en la economía yanqui se solazan con una caída de la tasa de desocupación del 10 al 5% entre 2009 y hoy. Pero ese indicador oculta que, en el último lustro, se ha triplicado la proporción de norteamericanos de entre 25 y 50 años que han dejado de buscar trabajo. Del mismo modo, la desocupación juvenil roza el 15%. La victoria de Trump, incluso en bastiones históricos del aparato demócrata, ha traducido una monumental insatisfacción popular, de cara al crecimiento de la polarización social y la inseguridad de la existencia. A comienzos de este año, Trump era sindicado como uno de los “freaks” de la interna republicana, esto es, un candidato sin chances y por fuera del respaldo del aparato partidario. Su victoria expresa la desintegración, no ya de su propio partido, sino del conjunto del régimen político norteamericano. Pero esa crisis, en la primera potencia del planeta, expresa al conjunto del orden económico y político que emergió de la caída de la URSS.

Defol encubierto y proteccionismo

A pocas horas de su victoria, Trump anunció un plan de obras públicas que debería financiarse en base a un aumento de la emisión y de la deuda pública. Pero ese reendeudamiento vendría acompañado de una licuación de la “vieja” deuda, como consecuencia de una desvalorización del dólar que ya se ha puesto en marcha. Este defol encubierto es un golpe severo a los grandes acreedores de EEUU, como China y Japón. Por otra parte, el antagonismo con China sería reforzado con trabas a las importaciones de ese país, las cuales, de todos modos, ya existen bajo la actual administración. Obama-Clinton, además, han parido un tratado “transpacífico” dirigido, precisamente, a aislar comercialmente a China. Como muchos de sus anuncios, los planteos proteccionistas de Trump son la expresión extrema de tendencias preexistentes – en este caso, de la agudización de los antagonismos comerciales que impone la bancarrota capitalista internacional, una de cuyas expresiones es la sobreproducción y sobreinversión en China. Estos planteos, sin embargo, entran en choque con los intereses de las corporaciones y sus esquemas de fabricación “globales”, que se extienden a los países asiáticos o a la maquila mexicana. A partir de estos límites, los llamados de Trump a incentivar la producción local podrían servir de coartada para impulsar una reforma laboral antiobrera al interior de sus propias fronteras, extorsionando a los obreros que lo votaron a resignar condiciones laborales y salariales a cambio de un eventual puesto de trabajo. Como todo nacionalista, Trump utilizará la coartada de la guerra comercial para acentuar la presión sobre la clase obrera. Pero también se servirá de ello como presión hacia México, Europa, China y América Latina, para arrancarle mayores concesiones a las inversiones de las corporaciones norteamericanas.

El nuevo presidente derechista también ha anunciado “mano dura”, una advertencia que tiene lugar en medio de grandes rebeliones de los negros y latinos pobres contra los atropellos policiales. También en este punto, Obama-Clinton hicieron “escuela” con duras represiones y el reforzamiento del Estado policial. Entre los escándalos que sacó a la luz la campaña electoral, se revelaron los vínculos privados entre Hillary y los “servicios” de inteligencia (FBI), o sea, un estado conspirativo. En ese marco, muchos núcleos de inmigrantes registraron altas votaciones en favor de Trump, a expensas de quienes reclamaban el voto en nombre de las “libertades públicas”.

Guerra y crisis mundial

En el curso de esa campaña, Trump llamó la atención con sus arrebatos belicistas en materia de política exterior. Pero también en este punto, recorrerá la saga que ya han abierto los demócratas. Cuando la campaña electoral finalizaba, Obama-Clinton lideraban una escalada militar de la OTAN sobre la ciudad de Mosul, en nombre de combatir a un Ejército Islámico que prohijaron sus aliados turcos y sauditas bajo la vista gorda de la administración demócrata. Pero el objetivo estratégico de esta ofensiva a sangre y fuego es la re-ocupación militar de Irak y, principalmente, la plataforma de una avanzada decisiva sobre Siria. El intervencionismo militar directo e indirecto del imperialismo yanqui está a la orden del día, y Trump cabalgará sobre esa tendencia. El magnate derechista, mientras tanto, le ha reclamado a la Unión Europea su “falta de colaboración” en el sostenimiento financiero de estas empresas bélicas. Ello preanuncia la tentativa de avanzar sobre la maltrecha unión del viejo continente, que asiste a un agravamiento de sus bancarrotas financieras en Alemania e Italia. Trump, al mismo tiempo, coquetea con una alianza con Rusia, otro expediente contra la UE y, principalmente, contra China. Pero un acuerdo con Putin sería también un intento de penetración financiera en Rusia, cuya economía debe ser rescatada de otra crisis de sobreproducción- la de los hidrocarburos. Las tendencias a la guerra y a la recolonización económica son una expresión necesaria de la crisis capitalista, que debe proceder a una liquidación de capitales sobrantes y de fuerzas productivas largamente postergada.

De Washington al “patio trasero”

De conjunto, la victoria de Trump es un golpe al gigantesco andamiaje político de contención de la crisis capitalista que ha tenido como ejes al Departamento de Estado, al Vaticano, a la troika europea y –con menos modales- a la OTAN. Si estos concertadores han fracasado, también es cierto que las expresiones derechistas que han emergido de estas crisis tampoco han alumbrado una salida. El establishment norteamericano y mundial buscará ahora una “aproximación” a Trump y, naturalmente, a su agenda derechista. A su turno, Trump ha anunciado que gobernará “para todos”, en un intento por arrimarse al gran capital y al sistema político que había cerrado filas con Clinton. Pero por debajo de estos movimientos, subyace el impasse social y económico de los Estados Unidos, que no puede resolverse con gestos diplomáticos. La camarilla de Trump tendrá que vérselas con esas contradicciones y arbitrar sobre un Congreso dominado por los ajustes de cuentas y las tendencias a la desintegración de sus partidos. El sistema político de la principal potencia del planeta ha ingresado en un régimen de manotazos y crisis permanentes.

La escalada de reendeudamiento anunciada por Trump, junto a la inestabilidad financiera internacional, podrían servir de pretexto para una suba de las tasas de interés que, de todos modos, ya había anticipado la actual administración del Banco Central norteamericano. Pero un reflujo de recursos hacia Estados Unidos dejaría pedaleando en el aire a los “emergentes” que se han servido de las tasas de interés bajas o incluso negativas para reciclar y aumentar sus propias hipotecas, como ocurre, en primerísimo lugar, con el gobierno Macri. El multitudinario elenco de diputados, senadores y legisladores argentinos que viajaron en estas horas a EEUU para saludar la victoria de “la amiga de Wall Street” ha vuelto trasquilado. El gabinete del “retorno a los mercados” se ha topado con la desintegración económica y política “del mercado” al cual ha apostado su futuro.

Izquierda

La victoria de Trump en la interna republicana no fue el único fenómeno que dio cuenta de una desintegración de los partidos históricos de la burguesía americana. Entre los demócratas, la candidatura de Sanders, que se embanderó con reivindicaciones sociales, le dio una dura batalla a Clinton. Todas las encuestas durante las primarias daban cuenta que Sanders le ganaba a Trump, lo que no aparecía seguro con Hillary como candidata. Los 10 millones de votos que obtuvo Sanders en las internas muestran que no hay una derechización homogénea de la situación política, sino un principio de polarización que Sanders no desenvolvió. Aunque luego de la interna sus bases y activistas le reclamaban una postulación independiente, Sanders se alineó con Clinton con el argumento de “enfrentar a la derecha”. Con el mismo planteo, buena parte de la opinión pública progresista o democratizante del continente llamó a votar a Hillary Clinton. Pero los obreros que seguían a Sanders optaron por Trump, hartos de los rescatistas democráticos del capital financiero. Así, el progresismo mundial cayó en el más temido de sus pecados políticos –o sea, fueron “funcionales a la derecha”. Estamos ante una poderosa lección para la izquierda de Estados Unidos y mundial: si la polarización social que desarrolla la crisis es la excusa para que la izquierda se alinee con los agentes centristas o clericales del capital financiero, entonces esa izquierda cargará con la responsabilidad de entregarle la dirección de las masas a los fascistoides.

La función de una izquierda revolucionaria, por el contrario, es hacer emerger una polarización política de la crisis capitalista, entre los defensores del capital y la guerra, de un lado, y un programa y una salida para los explotados, del otro. En EEUU, el fascista y flexibilizador Trump no tiene nada para ofrecerle a la clase obrera, que tiene planteado hacer emerger un partido propio de esta desintegración política. En Argentina, esta convicción debe servir para que trabajemos, en los días que quedan, para que esa perspectiva se exprese a través de una gigantesca demostración política del Frente de Izquierda, en la cancha de Atlanta.


Marcelo Ramal Partido Obrero Argentina

miércoles, 25 de mayo de 2016

Trump, la fractura americana


Trump, la fractura americana

Hace un par de días, Donald Trump, el candidato virtual del partido Republicano, a la presidencia de Estados Unidos, volvió a mover los titulares, pero esta vez ‘a la Rodriguez Saa’ : dijo que tenía la intención de reestructurar la deuda pública del país. Añadió que aprovecharía una caida en la cotización de la deuda en los mercados, para efectuar una re-compra parcial. Como antecedente de una maniobra semejante citó sus propios negocios - que ha consistido en forzar a sus acreedores a aceptar descuentos o quitas. Colocó, así, como a la distraida, una bomba de tiempo en los mercados financieros, aunque sin poner en marcha el mecanismo del reloj. ¿Trump es, como dicen sus adversarios, un “political troll”?

Defol

La deuda del gobierno de EEUU está arriba de los u$s 14billones y la del conjunto de la Unión de u$s20 billones; representa casi un 90% y más de un 120%, respectivamente, de un PBI calculado en u$s16billones. Este nivel hipotecamiento no ha servido para mover a la economía y nunca fue concebido para emprender un rescate de la infraestructura pública en ruinas. Para atacar estas ‘materias pendientes’ Trump pretende recortar impuestos e impulsar un plan de obras públicas que redundarían en un déficit fiscal de u$s10 billones en la próximas década. El acreedor principal del estado es, como ocurre en Argentina, el Banco Central, pero le siguen China, Japón y Arabia Saudita, y una enorme tropa de fondos financieros. La sola victoria electoral de Trump desataría una ola de ventas de la deuda norteamericana y una caida fuerte de su cotización - además de la devaluación del dólar y el encarecimiento financiero. Convertiría a la crisis fiscal en financiera. Sería en ese escenario que Trump haría efectiva su maniobra de recompra de la deuda a precios de saldo, sin esperar, como ocurrió en Argentina, la invasión de los ‘fondos buitres’. Trump tendría la ventaja adicional, por supuesto, de que re-compraría la deuda mediante la emisión de la propia moneda.

Esta breve descripción pone en evidencia que en EEUU se ha impuesto una candidatura electoral alternativa de carácter proteccionista y nacionalista. Trump ha ganado, sin embargo, las primarias del partido que representa, por el contrario, el ala extrema del liberalismo económico y de la ‘globalización’. Plantea poner fin a la tercerización a otros países de la producción norteamericana, a la que incluso pretende ‘castigar’ con barreras arancelarias. Citó el caso de la fábrica Carrier, que anunció el traslado de la mayor parte de sus plantas a México. Como sacado de un libreto K-K, el hombre es un ‘mercado-internista’. Aseguró que reitraría a EEUU del Nafta (el acuerdo comercial con Mexico y Canadá). Con esta estrategia política, Trump asegura que EEUU pasaría de un crecimiento menor al 2% anual a otro del 6%, y que por esta vía solucionaría la recesión industrial, la baja calidad del empleo, los problemas fiscales y el peso elevado de la deuda pública. Ha anunciado que penalizaría las importaciones de China, lo cual explica su posición ‘defolteadora’ con la deuda pública que tiene a China entre los principales acreedores. Con estos supuestos económicos, Trump ha insinuado, en forma repetida, que revisaría las alianzas internacionales de EEUU, y que incluso entraría en una pseudo alianza con Rusia frente a la Unión Europea. Ha amenazado a esta última con un desmantelamiento de la OTAN, si no contribuye en mucha mayor medida a los gastos de esa alianza militar. No está pensando en dejar a Europa a la deriva sino a convertirla en un protectorado; lo prueba la penetración norteamericana en Europa del este, el Báltico y Ucrania. Ha amenazado a Japón con discontinuar la alianza militar si no abre en mayor medida su economía.

Los planteos de Trump dejan al desnudo, antes que nada, el impasse del capitalismo norteamericano y del conjunto de la economía mundial. Trump se atreve a atacar el tejido económico internacional por la simple razón de que ese tejido se encuentra en proceso de fragmentación. La economía mundial es demasiado chica para absorber la enorme sobreproducción de China, que está llevando al cierre de la siderurgia en Gran Bretaña, Francia y España. Lo mismo ocurre con la posibilidad de que la economía y los Tesoros nacionales puedan seguir valorizando un capital financiero internacional (ficticio) que supera holgadamente los mil billones de dólares.

Trump surge en la línea del antiguo Tea Party, pero no se queda en los límites de una ‘filosofía’ neo-liberal unida a la violencia. La OTAN se ha convertido en un simple paraguas norteamericano. El mundo asiste a una gigantesca intervención norteamericana enteramente unilateral, que tampoco se limita a las invasiones u ocupaciones militares tradicionales, puesto que se vale de la cibernética, el manejo de ejércitos extranjeros, un sistema de asesinatos por medio de drones y una parnefalia de medios de intervención, como el golpe en Brasil, que fue preparado luego de un largo periodo de espionaje de la administración y empresas brasileñas. La confrontación con China tampoco es un invento de Trump: las sanciones contra las importaciones chinas están en vigencia en Estados Unidos; se ha firmado un tratado con las naciones del Pacífico (en especial Japón) para presionar a China a abrir sus puertas financieras y comerciales; hay escaramuzas militares en el mar de China. La llamada ‘comunidad internacional’ resiste ahora el otorgamiento a China del status de economía de mercado, para que no se acoja a los beneficios comerciales de la Organización Mundial de Comercio.

Las contradicciones de los planteos de Trump son, sin embargo, flagrantes y no se limitan a la fantasía de pretender que el capital se repliegue sobre sus fronteras nacionales. Los capitales norteamericanos e internacionales del gas y petróleo no van a poner en peligro la posibilidad de exportar el ‘shale gas’ a Europa y Asia, ni el gas natural a México. Apple no va a dejar de subcontratar con Foxcom en China el armado de sus ‘phones’. Antes que ir a una guerra por el comercio del acero, el capital internacional preferirá redimensionar el comercio internacional (como ya lo hizo con calzados y textiles) y dejar la siderurgia a China (una industria madura) y escalar la tecnología de última generación. Incluso la industria automotriz tradicional podría convertirse en chatarra con la emergencia del auto a batería y la conducción automatizada. El matrimonio de Ford con Apple está consumado. La agenda proteccionista de Trump es limitada: en el caso de los bancos es claramente ‘internacionalista’: rechaza la regulación (Frank-Dodds) que exige un reforzamiento de sus capitales con relación a sus negocios (porque son “muy grandes para quebrar”), para librarlos de cualquier cadena en la disputa del mercado financiero internacional - ¡como ya viene ocurriendo!

El antagonismo entre la economía mundial, por un lado, y los estados nacionales, por el otro, vuelve a cobrar una agudeza colosal; es lo que refleja la metrópoli propia del imperialismo. En numerosos países, la política burguesa tradicional es sustituida por los Trumps, con éxito variado. Citemos a casi todos los países de Europa, donde el ‘trumpismo’ proclama un más fantasioso retorno a las fronteras nacionales. El europeísmo ha perdido varios referendos y esto ocurre al interior de los estados como Gran Bretaña y España. Asistimos a la desintegración del orden posterior a la disolución de la Unión Soviética.

La economía política de Trump supone una política nacionalista y por lo tanto, en última instancia, una movilización de masas. Al asunto de la vigencia del fascismo se añade el de la polarización política, que en general es precursora de los fenómenos fascistas. La cuestión migratoria o la racial no puede sustituir, para la gestación de un fenómeno fascista, a la polarización entre capital y trabajo. El aumento de las privaciones y la miseria de las masas tampoco es lo mismo que la polarización política - para ello aquella miseria debe convertirse en lucha de clases. En Estados Unidos ha avanzado en forma implacable la represión en todas sus formas y la militarización de la policía. Trump representa una reacción defensiva del aparato de represión, incluida la justicia, ante la elección de autoridades municipales progresistas, migrantes o negras, y ante la movilización creciente de estos sectores. Esta pelea fundamental ha ocupado parte de la campaña electoral, que se manifestó en los choques entre miitantes del campo de los ‘indignados’ y los guardias del magnate. El fenomenal ascenso de Bernie Sanders prefigura una tendencia a la polarización política, pero para que ésta domine el escenario será necesaria la intervención en la lucha de la clase obrera norteamericana en todos sus componentes.

Las primarias han dejado al desnudo la desintegración de los partidos capitalistas históricos de EEUU. La crisis del partido republicano podría ser terminal e incluso plantea una crisis de régimen político del país. Trump representa la victoria de una camarilla y de un caudillo - de un candidato al bonapartismo. Esto plantea un derrocamiento del ‘establishment’ del partido y, más allá, una confrontación de la base parlamentaria de este partido con Trump en el caso de una victoria republicana. Una contradicción, en suma, entre un ejecutivo con tendencias bonapartistas, por un lado, y un parlamento (incluidos los representantes demócratas) que sigue representando al conjunto de la burguesía norteamericana. Una victoria de Hillary Clinton alteraría este escenario en términos de grado. Estados Unidos podería ingresar en un sistema de cuatro partidos, como ocurre en la actualidad en España. Esta situación convertiría al parlamentarismo norteamericano en un campo de disputas diseminado.

No debería sorprender que USA encare la crisis a lo búfalo.

Jorge Altamira 24 05 2016 Partido Obrero Argentina