¡Y sin embargo, Cuba perdura!
Takis Politis
Artículo escrito por el profesor y amigo Takis, en la página info-war.gr, el lugar desde donde se escribe la nota es Santa Clara, provincia de Las Villas, sitio donde yacen los restos del Che Guevara. Takis ha impartido clases en la Universidad de Tesalia en Grecia, en la Universidad Bolivariana de Venezuela y en la Universidad Marta Abreu en Cuba, además es insigne defensor de la causa palestina.
Estaba parado frente a la pequeña tienda en la plaza
principal de Santa Clara, de donde yo salía con un sándwich en la mano.
Nuestras miradas se cruzaron. Al pasar junto a él, no me habló; en cambio, bajó
la vista. Apenas me alejé cuatro o cinco pasos y me detuve. Me giré hacia él y
lo observé mejor. Era un hombre delgado y erguido, de unos sesenta años. Me
acerqué y le pregunté si tenía hambre. Asintió. Le extendí la mano con el
sándwich. Sus ojos brillaron, tomó el sándwich, me dio las gracias, me llamó
hermano y se marchó. Lo seguí discretamente con la mirada. En la esquina de la
plaza, lo vi cortar el sándwich por la mitad y ofrecerle la otra mitad a otro
vecino.
Poco antes del mediodía, caminando por la calle Maceo, pasé
por un conocido restaurante privado de la ciudad. Desde lejos, ya había visto
una larga fila de gente en la acera, cerca de la entrada. Cuando me acerqué lo
suficiente, me detuve para ver qué sucedía. Mi pregunta fue respondida muy
rápidamente. Dos empleados salieron del restaurante y comenzaron a repartir
pequeñas bolsas de comida. Le pregunté a una señora mayor, una de las que
esperaban en la acera. Desde hace algún tiempo —me dijo—, el restaurante
privado tiene la costumbre de ofrecer arroz cocido con frijoles a nuestros
conciudadanos que lo necesitan, antes de que comience a recibir clientes.
En la esquina de Bruno Zayas y José Martí, llueve. Los
vehículos en la calle Martí tienen prioridad. Un coche de lujo viene de Martí.
Desde Zayas, por el lado de la plaza, una bicicleta cargada con dos grandes
cestas baja a toda velocidad. Frenar con el pie en la rueda delantera de la
bicicleta fue inútil. La bicicleta violó la prioridad y se metió en Martí; la
camioneta frenó, pero no fue suficiente. La calle estaba llena de frijoles y
arroz. El ciclista miró con desesperación la comida derramada en la calle y la
llanta de su bicicleta, visiblemente desgastada. El conductor del coche se baja
y le pregunta si necesita ayuda médica. También le pregunta por el valor de la
mercancía derramada. Saca dinero de su bolsillo y se lo da al ciclista. Tres o
cuatro jóvenes ya han salido del gimnasio de enfrente y están reparando la
bicicleta con las herramientas que tienen. La noticia se extendió rápidamente
por todo el barrio. ¡Han llegado medicamentos a la farmacia! Había una larga
fila, el sol ardía y los ancianos se refugiaban bajo la escasa sombra de la
acera de enfrente.
Lydia, mi vecina, una médica jubilada que había participado
en misiones médicas cubanas en el extranjero, también estaba en la fila. Me
llamó, me acerqué a ella, me preguntó —como siempre— si tenía comida, y después
de asegurarle que sí, empezó a hablarme de lo mucho mejor que estaban las cosas
cuando Fidel vivía. Llegó su turno y entró en la farmacia. Pronto salió con dos
cajas de medicinas en la mano y la oí preguntar si alguien en la fila seguía
esperando tal o cual medicamento. Una anciana respondió afirmativamente, Lydia
se acercó y le dio una de las cajas. Como me explicó después, eran las dos
últimas cajas de ese medicamento que les quedaban en la farmacia.
Esta arraigada conciencia colectiva de la sociedad cubana explica en gran medida la resiliencia de este pueblo a lo largo de décadas. Las criminales sanciones estadounidenses sumen a toda la isla en la oscuridad durante muchas horas al día, creando enormes problemas en todos los ámbitos de la actividad y la vida cotidiana, dificultando cada vez más la vida de todos nosotros.
¡Y sin embargo, Cuba resiste! Los planes que elaboran los
centros de estudios estadounidenses no pueden evaluar, ni mucho menos
extinguir, esta llama de solidaridad social que impregna a todo el pueblo
cubano, independientemente de las diferentes perspectivas que puedan tener
sobre los problemas del país.
Este pequeño pueblo, con su inmensa humanidad, con sus
numerosas misiones médicas a los rincones más remotos del mundo, ha
desarrollado un enorme sentido de solidaridad tanto internacionalista como
social. Y, por supuesto, esta conciencia colectiva constituye una huella social
de la senda y la cultura socialistas del país. Un país que fue liderado durante
décadas por un hombre singular que nació hace exactamente 100 años, el 13 de
agosto de 1926: Fidel Castro.



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